Matusalén y yo

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

Séptima generación de Adán, que murió a los 930 años, tataranieto de Quenán, que murió a los 910 años, bisnieto de Mahalalel, que murió a los 895 años, nieto de Yéred, muerto a los 962 años e hijo de Henoc, que no murió porque fue llevado por Dios sin pasar por la estación fúnebre, Matusalén, el más anciano de cuantos vivieron, murió cuando contaba 969 años sobre su osamenta. Su hijo, Lamec, murió joven, a los 777 años, y su nieto, Adán, elegido de Dios para sobrevivir al diluvio, alcanzó los 950 años. Así lo declara el Libro del Génesis.

Voltaire nos trae esta noticia de Moseri: “Hay setenta sistemas de cronología de la Historia Sagrada, a pesar de que ésta la dictó Dios mismo” Y se entristece: “¿Qué hilo puede guiarnos en el laberinto de las disputas entabladas desde el primer versículo de la Biblia hasta el último? La resignación. El Espíritu Santo no quiso enseñarnos la cronología, la física y la lógica. Sólo deseó que fuéramos hombres temerosos de Dios y que nos sometiéramos a él no pudiendo comprenderle”
[i].

Y yo, menos protestón que ese francés, menos cauto también, me resigno a la cronología y a la noticia bíblica y declaro que cuando escribo esto (abril de 2009) llevo vividos 832 años, casi tantos como Mahalalel. Por eso, creo que el título no es una desmesura. Aún más: creo que si bien mi nombre no será recordado en el Libro del Origen, tengo algunas chances de batir el récord de Matusalén.

Por otra parte, ¿qué son los años sino formas arbitrarias de medir el tiempo? ¿Y si en vez de tomar el giro de la Tierra alrededor del sol eligiéramos su rotación umbilical? ¿O la duración de la preñez humana o algún otro ciclo de la naturaleza? Dice Borges (Einstein ya lo había dicho con autoridad científica) que el tiempo es una delusión y que todos los tiempos se resumen en un solo instante. Y que ese instante es la eternidad, la negación del tiempo.

Por eso yo elijo tener tantos años, para medir mi edad con el patrón bíblico, el que midió las edades de Adán y de Matusalén y de Noé. Pero no me resisto a ser más joven y, entonces, medirla con el patrón solar, en cuyo caso aquellos patriarcas también deberán contentarse con dos dígitos para sus edades: Adán con 77 años y medio, Matusalén con poco menos de 81 y Noé con poco más de 79. Y decir que algunos porteños que hoy recorren las calles de Buenos Aires son más viejos que Matusalén.

La medida bíblica para decir cuánto vivieron aquellos patriarcas es el periplo lunar. Luna bondadosa, desde luego, porque en su deriva alrededor de la Tierra nos regala más edad que el sol que, artero, al tiempo que nos ilumina acorta nuestras vidas. Por eso el Cronista Divino eligió el año lunar para anotar las edades de aquellos hombres.

¿De qué se quejaba entonces el ilustre Voltaire, si, de acuerdo a la medida del Génesis, el vivió más que Matusalén?

No sé si con estas lucubraciones yo he viajado a los tiempos de Matusalén o le he traído a él hasta nuestros días. Quizá eso importe menos que el haber conciliado nuestras edades con las de aquellos precursores de la humanidad. Y haber hecho un aporte a la credibilidad del libro más eminente entre todos los libros. Aún más: quizá estas razones sirvan para creer en la bondad del Creador que, si bien una vez nos expulsó del Jardín del Edén, nunca más nos castigó desde entonces, no acortó nuestras edades y hasta consintió que emuláramos en eso al propio Matusalén.

Como ves, amable lector, las perplejidades bíblicas son solubles en agua y pueden resolverse si se las confronta con la ciencia y se las mira con bondad. No es verdad que Abraham fuera incestuoso ni que consintiera en sacrificar a su hijo; estas cosas vienen de un malentendido bíblico que puede aclararse en beneficio de la fe. Si mi pluma me es dócil y mi entendimiento se aclara y se expurga de la prédica de los apóstatas, alguna vez escribiré sobre estos temas.

Libro eminente

La apostasía te descalifica frente a los que necesitan verte calificado, frente a quienes quieren creer lo que la ciencia no ha atestiguado todavía. La apostasía es un pecado capital equiparable a la traición, pero con el agravante de que el apóstata, ungido para decir el Verbo Divino, lo niega. Charles Darwin no fue un apóstata porque su débito no era con Dios sino con la ciencia; pero quienes ahora, después de la carta de Juan Pablo II sobre la evolución de las especies
[ii], lo desacreditan y lo devuelven a los viejos tiempos, esos sí son apóstatas porque exponen las enseñanzas bíblicas al escarnio de una ciencia que ya ha echado bastante luz sobre el asunto. Quiero decir que así como yo quise sentarme a la misma mesa con Matusalén, los custodios actuales de la fe debieran amistar con quienes han encontrado caminos de concilio entre la fe y el saber.

Un diálogo entre Adán y Darwin, imaginado por una mente más fecunda que la mía, podría esclarecer los secretos y las perplejidades del Libro del Génesis, de las que no he hablado en esta nota. Luego llegará el tiempo para hablar de las leyes y de los mandatos y de los milagros y de otras cosas más. Y los hombres tendrán paciencia y esperarán a que ese tiempo llegue, porque si supieron esperar desde el principio unos, desde hace dos mil años otros, y desde la Hégira
[iii] los que pueblan el Oriente medio y central, ¿por qué no habían de esperar los tiempos de la ciencia, infinitamente más breves?

La creación del tiempo

“En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz. Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas. Y llamó Dios a la luz Día y a las tinieblas llamó Noche. Y fue la tarde y la mañana de un día”
[iv].

Dios acababa de crear el tiempo, su obra más importante, la que lo consagraría por encima del resto. Porque todas las otras cosas que creó, las bestias y el hombre entre ellas, son alhajas de aquella creación eminente. Las demás cosas no son, en verdad, obras dignas de Dios único y omnipotente, son industrias que los hombres han ido replicando y hasta perfeccionando con el correr de aquella primera creación, el tiempo. Después los hombres pusieron las medidas según convenía a sus apetitos. Pero no agregaron un solo instante al tiempo porque no poseían ese talento.

Por eso Matusalén y yo podemos medir nuestras edades. Porque más allá de cuál artificio usemos para contar nuestros días, él y yo somos tributarios de la muerte. Por eso, también, debiéramos contar nuestras edades con el patrón del Creador, y decir que llevamos tantos días sobre la faz de la tierra.

Excusa

No quiero terminar estas anotaciones sin reverenciar la fe de unos y de otros. Todos merecen mi respeto, cualquiera sea su creencia o la medida de su devoción. Pero nadie merece mi silencio o mi obsecuencia. He dicho algunas cosas con seriedad y hasta con gravedad, otras con ironía, pero ninguna con irreverencia. Y en lo que el lector pueda encontrar de juego en estas líneas, deberá consentirlo porque, después de todo, ese es el único oficio que nos hace dichosos a los hombres. En este sentido, creo que si alguna vez dejáramos de jugar Dios nos amonestaría por eso.

[i] Voltaire, Diccionario Filosófico, RBA, Barcelona 2002, t. I, p. 30, al ocuparse de la entrada Abraham.
[ii] Dijo Juan Pablo II el 24 de octubre de 1996: “La evolución física del hombre y las otras especies es ya más que una sola hipótesis. Es ciertamente destacable que esta hipótesis se haya enraizado progresivamente en la mente de los investigadores, luego de una serie de descubrimientos en diferentes esferas del conocimiento. La convergencia no ha sido buscada ni provocada por los diferentes resultados de estudio llevados a cabo con independencia entre unos y otros, lo que constituye en sí mismo un importante argumento a favor de la teoría”.
[iii] El califa Umar I señaló el año de la Hégira como el primero de la era musulmana, que comienza el 16 de julio de 622 d. C.
[iv] Génesis 1. 1-5.

Chuang Tzu y la mariposa

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

"La paradoja se resuelve si comprendemos la unidad esencial de las cosas".

Conviene empezar leyendo la famosa aporía del chino según la versión de Octavio Paz: “Cierta vez soñé que era una mariposa, revoloteaba como los pétalos en el aire, me sentía feliz de hacer lo que quería y ya no me preocupaba de mí mismo. Pero hete aquí que no tardo en despertar, me palpo sin perder un instante, ¡y yo era Chuang Tzu! Y me pregunté: ¿soñaba Chuang Tzu que era la mariposa o la mariposa soñaba que era Chuang Tzu?

Dice el traductor que “Chuang Tzu [...] es el maestro de la paradoja y del humor, puentes colgantes entre el concepto y la iluminación sin palabras”. Digo yo que anotar esta fábula en mi caso es, cuando menos, una audacia. También una irreverencia. Pero puedo excusarme: decir que mi pluma no responde a patrones o a categorías y que es el editor quien le da espacio; decir que tal vez el autor escribió la paradoja para que yo la leyera dos mil quinientos años después. Otras excusas pueden todavía abogar en mi beneficio*, pero es del filósofo chino y de su invención que debo ocuparme.

¿Qué es la realidad? ¿Su sustancia es de una naturaleza diferente a las otras cosas? ¿O no hay tal diferencia, tan sólo hay observatorios varios desde los cuales las cosas son percibidas? Y aún, ¿es atinado que los hombres hablemos de realidad? He aquí el marco en el que elijo poner la fábula.


Hace algún tiempo la casualidad quiso situarme frente al televisor en momentos en que uno de los personajes del filme Aguirre, la ira de Dios, de Werner Herzog, conjeturaba que, acaso, la vida sea una ilusión detrás de la cual subyace la realidad de los sueños. Esa conjetura me remitió a un cuento mío en el que un padre le cuenta a su hija una fábula y ésta lo interrumpe para viajar a la historia narrada. Y una vez ahí, no puede discernir de qué lado del gran espejo de la vida ocurren los hechos, de qué lado discurre, digamos, la realidad. La realidad y la ilusión, el soñador y lo soñado, el narrador y lo narrado en mi cuento, el hombre y la mariposa en la historia que ahora nos convoca, no son, quizá, cosas distintas. Sospecho (sólo sospecho) que la respuesta al dilema que nos ofrece el chino puede estar en la unidad de las cosas. Si el ebrio y el loco no logran saltar sobre su propia sombra por mucho que lo intentan es porque en su embriaguez y extravío no comprenden esa unidad.

La bella paradoja que estoy anotando se muestra ardua, de difícil resolución a los ojos de los hombres de este lado del mundo, del Occidente racional y pragmático acostumbrado a descomponer las cosas en tantas partes como sea posible, a analizarlas para hallar lo múltiple en lo que sustancialmente es uno. No así, los hombres del otro hemisferio seguramente se sentirán más cómodos frente al mismo texto, porque ellos recorren el camino inverso: hallan la unidad en lo que a los ojos se muestra plural.

Chuang Tzu denuncia la fragmentación de la conciencia del soñador-soñado, habla de sus sensaciones durante el sueño, dice que mientras “revoloteaba como los pétalos en el aire [...] ya no me preocupaba de mí mismo”. Ciertamente, es difícil traducir de una lengua exótica y remota unos términos y unas figuras tan particulares.


Fácilmente aceptamos la realidad, acaso porque intuimos que nada es real” nos dice Borges desde El inmortal: He aquí el hallazgo del genial argentino, el dibujo casi fantasmal que se interpone entre el terruño cómodo de la convención y la república extendida y azarosa de la ilusión. Pero sabe Chuang Tzu, sabe Borges, saben los poetas (yo no lo soy y creo saberlo también) que nunca el hombre podrá discernir sin duda cuál es el linde entre la realidad y el sueño, entre los hechos y la ilusión. Aún más, creo que una y otra cosa no son diversas, que la fábrica de la realidad y del sueño, del soñador y lo soñado, la cuna y la matriz de Chuang Tzu y de la mariposa, son una sola.

La construcción del chino no quiere cambiar las cosas, no busca escapar de la existencia por los entresijos de la ilusión, no pretende cumplir una función. Quizá esa fábula ya no quiere lo que en su momento quiso su autor. Porque la creación artística (me lo dijo un exquisito escultor mientras domeñaba el mármol, me lo confirmó luego mi propia observación), una vez desprendida de las manos de su hacedor, adquiere vida propia y busca su particular destino, si es que tiene alguno. La obra ignorada o desdeñada en los tiempos de su creación, la que no fue apreciada al nacer, puede, a lo largo del tiempo, ser merecedora de reconocimiento y portadora de significados variados. La historia del arte es pródiga en ejemplos.

Por eso Chuang Tzu y la mariposa, el soñador y el soñado, lo que tenemos por real y lo que consideramos sueño, quizá sean una sola cosa que no puede separarse, una manifestación inequívoca de la existencia.

Mil años después de Chuang Tzu, Yalal al-Din Rumi inquirió hermosamente: “El aliento del flautista... ¿pertenece a la flauta?”.

* En mayo de 2003 el Café Filosófico Heráclito convocó a un filósofo, un psicólogo y un poeta para examinar esta fábula. La ausencia inesperada del último me obligó a ocupar su lugar, y fue así como confronté mis reflexiones con las de la filósofa india Premlata Verma, traductora al hindi del Martín Fierro y de textos de Borges, y con las del psicólogo y escritor argentino-guatemalteco Marcelo Colussi. Fruto de aquella participación inesperada son estas disquisiciones.

La Iglesia Católica debe reconciliarse con el hombre

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

Dos hechos relevantes produjo la Iglesia Católica en un solo lustro: en 1992 la reivindicación de Galileo y en 1996 la aceptación como verosímil de la teoría darwiniana sobre la evolución. Para este último paso Juan Pablo II hizo una distinción entre materia y mente por un lado, y alma espiritual por el otro. Lo primero pudo haber tenido la evolución postulada por Darwin. Lo otro, el soplo que sacraliza al hombre para transformarlo en persona, es obra de Dios. En su carta a este respecto Juan Pablo II dijo que “la teoría de la evolución de Darwin, durante casi 140 años la máxima herejía frente a los ojos católicos, fue erróneamente desechada”.

De esta manera la Iglesia iniciaba un camino que podía conciliar el dogma católico y la ciencia. Se trataba, pues, de interpretar algunos textos sagrados en sentido metafórico. En este caso el Génesis, nada menos.

Iglesia y sexualidad

Siguiendo esta línea de aproximación, en el libro Dios y el mundo el entonces cardenal Ratzinger decía: “La Iglesia considera la sexualidad una realidad central de la creación. En ella la persona está conducida al Creador en su máxima cercanía, en su suprema responsabilidad. Con ello participa personal y responsablemente en las fuentes de la vida. La sexualidad es algo poderoso, y eso se ve en que pone en juego la responsabilidad por un nuevo ser humano que nos pertenece y no nos pertenece, que procede de nosotros y sin embargo no viene de nosotros. A partir de aquí, creo yo, se entiende que dar la vida y responsabilizarse de ello más allá del origen biológico sea algo casi sagrado”.

Pero el 10 de junio de 2005, en una audiencia colectiva ofrecida a los obispos de Sudáfrica, Botswana, Swazilandia, Namibia y Leshoto, el ya papa Benedicto XVI les instó a que “sigan en el esfuerzo de combatir el virus [del HIV] que no sólo mata sino que amenaza seriamente la estabilidad económica y social del continente”. Y ante esos prelados que en sus diócesis reúnen al sesenta por ciento de los enfermos, agregó: “Las enseñanzas tradicionales de la Iglesia aportan la prueba de que la castidad es el único medio seguro de prevención del Sida”. Y ahora, al visitar Camerún en marzo de 2009, profundizó este dislate. Un paso adelante (el del papa muerto), y un paso atrás (el del papa que ahora reina sobre las almas católicas).

Si el Vaticano, tradicionalmente refractario a los cambios, ha intenta acordar con la ciencia en asuntos tan graves como la situación de la tierra en el universo y el origen de la especie humana, ¿por qué no lo hace también con los hombres en los temas referidos a su sexualidad? ¿Cuánto más habrá que esperar para conciliar las necesidades vitales de los hombres con los mandatos de Dios? A despecho de los imperativos biológicos y de los hallazgos de la ciencia, la Iglesia Católica les impone a sus fieles la abstinencia sexual, prohíbe el divorcio, condena la anticoncepción y eleva a la categoría de crimen el aborto y la clonación, cualquiera sea la circunstancia o el fin con que se los practique. Estas son conductas que tienen relación directa o indirecta con la sexualidad, como el celibato sacerdotal y la prohibición del sacerdocio femenino.

Creo que la Iglesia ya no podrá mirar al cielo solamente ni podrá limitarse a afianzar su poder terrenal. Deberá mirar también en dirección a los hombres para reaccionar con realismo ante sus necesidades y los desafíos que le propone este tiempo. Creo sin vacilación que el Vaticano deberá subirse a la historia para acompañar a sus fieles en cada contingencia de su vida. “Un elemento importante que ha de tener en cuenta la Iglesia es no perder su intento de encarnación en la realidad de la historia de los pueblos”, dice con razón Justo Laguna.

Es deseable que la Iglesia produzca cambios en estos aspectos. Que el nuevo pontífice encuentre la herramienta conceptual y discursiva apropiada para modernizar la Iglesia sin lastimar su dogma.

Iglesia y política

Mucho se ha dicho sobre la intervención de la Iglesia en política, por eso no abundaré al respecto. Revisaré fugazmente su presencia en el escenario mundial durante la última centuria.

El Vaticano ha estrechado alianzas con los factores de poder, suscribiendo a uno de los partidos durante la llamada Guerra Fría. Pero déjeme el lector que eluda todo enrolamiento partidario y procure describir tan objetivamente como me es posible la conducta política de la Iglesia Católica. Y decir que fue durante la segunda mitad del siglo XX que se advirtió un cierto escozor en algunos sectores internos por el desdén de la Iglesia hacia los pobres. El afán crematístico de un capitalismo que repetidas veces fue objeto de reproches por parte de Juan Pablo II, contó, sin embargo, con su apoyo decisivo para la construcción del mundo unipolar de hoy. Y quienes propiciaron el regreso a las enseñanzas fundacionales fueron apartados, unas veces con maneras más o menos urbanas, otras veces no. Ese fue un error histórico que la Iglesia cometió en el siglo pasado, porque no necesitaba aliarse con uno de los imperios para conjurar el avance del otro. Necesitaba de una militancia vaticana consecuente con el credo y la moral cristianos. Ciertamente, hay una identidad que la Iglesia debe recuperar. Y es la identidad cristiana.

“La Iglesia tendrá que intervenir en la legislación y recordar siempre las grandes constantes humanitarias de la organización social humana (sic). Porque cuando el derecho carece de bases morales comunes, pierde su validez. Visto así, la Iglesia asume una responsabilidad global”. Confieso mi preocupación por estos dichos del ahora pontífice.

La pirámide eclesial

No hay en el mundo credo o religión que cuente con una organización jerárquica como la Iglesia Católica. Ella conjuga dos órdenes: el monárquico y el aristocrático. La monarquía es electiva pero vitalicia, y los atributos de su mando son venidos de la divinidad. El monarca es infalible y ejerce el vicariato de Jesucristo, Dios e hijo de Dios, sobre la tierra. El orden aristocrático está subordinado al papa, es su largo brazo para llegar a todos sus súbditos, a todos los lugares.

Una estructura de esta clase, que gobierna sobre las almas y custodia las necesidades mundanas de más de mil millones de personas, que ha marcado durante siglos el destino de continentes enteros y que ha estrechado alianzas que derribaron imperios, se debate ahora en una sugestiva contradicción: por un lado la apertura a la ciencia y a las otras religiones, y por el otro lado la cerrazón dogmática y el extrañamiento de su grey.Son señales que causan preocupación.

(1) Sobre este particular puede verse mi artículo La Iglesia Católica en camino de reconciliarse con la ciencia, en La Nación del 5 de enero de 2000; también en Heráclito Filosofía y Arte, entrega 12 del 18 de agosto del mismo año.
(2) Decía Pío XII que la creación del Jardín del Edén pertenecía a la historia en el verdadero sentido. La creencia en Adán en sentido literal era vital según este pontífice, porque preservaba la doctrina del pecado original, principio cardinal de la fe. Obsérvese el cambio radical que en este sentido introdujo Juan Pablo II.
(3) Ver suplemento Enfoques del diario La Nación, 22 de mayo de 2005. La cita corresponde a la conversación que el entonces cardenal Ratzinger mantuvo con Peter Seewald en 2002 y que fue publicada por Galaxia Gutenberg en Barcelona, 2002.
(4) Ver nota de Julio Algañaráz en diario Clarín del 11 de junio de 2005.
(5) Justo Laguna, Luces y sombras de la Iglesia que amo, Sudamericana, 5° ed., Buenos Aires 1996.
(6) En Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, junio de 2005, en una nota crítica titulada El buen viejo anticlericalismo, Carlos Gabetta anota: “No es casual que sea en Estados Unidos, la única gran potencia, donde esta alianza es hoy más evidente”.

El pensamiento binario

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

Una veintena de años transcurrieron desde que el mundo cambió su ingeniería de poderes y su geografía política, y un debate de grandes proporciones se ha instalado desde entonces en torno a las ideologías que dominaron el mundo durante los siglos XIX y XX. Nuevos actores aparecieron en la escena internacional. Unos enconos se apagaron y otros se encendieron al calor de los cambios y, entretanto, la ciencia imperturbada siguió prodigando hallazgos en las comunicaciones, en la biogenética, en la robótica y en cuanta disciplina ha abordado el hombre, achicando el mundo y poniendo al alcance de la mano lo que hace poco era inaccesible.

Y sin embargo algunos no han aprendido de estas cosas. Ataviados con viejos ropajes y enarbolando banderas que ya han sido arriadas, siguen edificando muros que separan a unos hombres de otros. Muros que separan a gentes que necesitan convivir e integrarse para resistir el embate de estos tiempos. La historia reciente y los cambios habidos parecen haber sido estériles para ellos.

Hoy quiero hablar del maniqueísmo y de la forma en que algunos reaccionan cuando sus ideas son controvertidas o sus acciones son observadas por quienes tienen otra visión de la realidad. Quiero hablar de esa insustancial simplificación de lo complejo que en términos pedestres llamo blanquinegrismo, de ese reduccionismo paleolítico que la estupidez humana ha traído hasta la modernidad. A propósito, dice Savater que la estupidez “es una categoría moral, no una calificación intelectual” porque “se refiere [...] a las condiciones de la acción”. Y se apresura a citar a Anatole France: “El estúpido es peor que el malo, porque el malo descansa de vez en cuando pero el estúpido jamás”.

Es, pues, preciso construir un sistema de pensamiento que nos permita ver los medios tonos y los matices variados de la realidad. Para ser protagonistas virtuosos de la historia tenemos que botar de nuestro espíritu todas las formas de intolerancia, de fanatismo, de maniqueísmo. Diversidad, multiplicidad y templanza son atributos que conducen a buen puerto cuando se acompañan con fervor, con alegría de actuar y con coraje.

Manes, pensador del siglo III

Heresiarca persa, sacerdote cristiano según unos, afecto a la medicina según otros, Manes ensayó el sincretismo entre las enseñanzas de Cristo y la religión de Zoroastro. Fundador de la secta de los maniqueos, postuló la existencia del bien y del mal como únicos principios creadores. Sin medios tonos y sin concesiones a la duda, consagró el radicalismo como forma de pensamiento.

Esa concepción dual del mundo y del hombre no explica la realidad como opósitos que se sintetizan en una resultante, sino como la perpetua e irreducible confrontación de los opuestos. Más cerca de Heráclito que de Hegel, Manes predicó ese rudimento conceptual.

¿Por qué, entonces, me remonté a aquel tiempo de la historia y a ese lugar del mundo? ¿Acaso la modernidad no ofrece suficientes casos de pensamiento dual? Ciertamente, el presente es pródigo en ejemplos, pero ninguno de ellos ha logrado acuñar un vocablo que lo nombre ni ha ilustrado con tanta justeza ese arcaísmo. Por eso traje este ejemplo multicentenario, para emparentar esta enfermedad de la inteligencia con su origen religioso, para mostrar la longevidad de nuestro desatino cuando planteamos las cosas en términos de todo o nada, de yo o el caos, de bueno o malo, de verdadero o falso. En suma, cuando desdeñamos nuestra condición de seres inteligentes cuyas capacidades no se limitan a discernir los opuestos, sino que pueden diferenciar matices y conciliar ideas.

La calidad del pensamiento y la calidad de la acción

La tendencia a interpretar la realidad sobre la base de una valoración dicotómica anuncia una muy baja calidad de pensamiento, de la que no puede sino seguirse una baja calidad de acción. Se es bueno o malo, y entonces se hace el bien o el mal; eres mi amigo o mi enemigo, por lo que sólo puedo amarte u odiarte; profesas el liberalismo político o el comunismo, lo que te pone de mi lado o en mi contra, ocupas la misma porción de territorio que yo quiero para mí, y eso alimentará nuestro encono y nos llevará a la violencia, nunca a la mesa de negociaciones. Esta concepción maniquea de la realidad, cuando no admite concierto y transacción, deviene en intolerancia, en fanatismo, en fundamentalismos de diferente signo, y conduce a la discordia y al conflicto, quizá a la guerra. También conduce al propio enclaustramiento, a la segregación del otro y a la organización sectaria de las sociedades. Majadería travestida de valor y derechura, no es sino la forma más primitiva del pensamiento.

Siempre es útil teorizar sobre las cosas que nos conciernen. Más aún cuando las teorías casan con la realidad, porque entonces pueden iluminar el entendimiento. En este sentido, debo decir que veo con alguna preocupación nuestra manera de relacionarnos. Controversias atávicas que nacieron al abrigo de condiciones políticas que ya han cambiado, subsisten sin embargo, fruto de ese pensamiento dicotómico del que estoy hablando. Antiguas diferencias que los hechos nuevos sepultaron bajo los escombros siguen alentando rivalidades que, unas veces soterradas y otras veces no, desalientan a quienes tienen una visión más abarcativa de la vida. Maniqueísmos irreductibles que en algunos casos han trepado a la cabeza de las instituciones y que desalientan a quienes buscan una mayor integración social.

La realidad es policromática

Porque la realidad es multicolor y profusa, porque el hombre no se reduce a pensamiento y acción: también es vocación, anhelo, espíritu difuminado en el paisaje de la vida. Porque el conflicto es connatural del hombre y por eso precisa de la tolerancia y de cierta actitud benevolente para hallar cauces de solución. Porque aún en los asuntos que conciernen a los estados y a los pueblos, a veces fieramente enfrentados, es preciso atender a intereses políticos, económicos, culturales y de otro orden, para componerlos y encontrar soluciones más o menos permanentes. Es por estas cosas que veo con preocupación la tendencia de algunos a radicalizar el pensamiento, a exacerbar las diferencias y a dirigir la acción en un solo sentido.

No predico un relativismo conceptual ni un eclecticismo a ultranza. Tampoco ofrezco la blandura como sistema de vida o panacea de las controversias que afligen a los hombres y a los pueblos. Al contrario, propugno un sistema de pensamiento que quiebre el cascarón que asaz nos envuelve, para arrojarnos al mundo, a la vida, al aire fresco de la realidad siempre cambiante, para caminar vigorosamente hacia la solución de nuestros problemas a sabiendas de quiénes somos, cómo somos, qué lugar ocupamos en la fauna humana.

Las deposiciones de la historia

Historiar la evolución del pensamiento binario sería fatigoso para este autor y quizá también para el lector, pero no sería ocioso. Mostraría cómo las mayores desdichas de la humanidad son el producto de ese reduccionismo, cómo las guerras, los genocidios y las más crueles acciones vienen del fanatismo, de la intolerancia religiosa. El desdén por el otro, la discriminación y la violencia son las expresiones radicales del maniqueísmo, que se manifiesta bajo las especies del fanatismo, del fundamentalismo, del integrismo, en suma, de la intolerancia. Deposiciones malolientes de la historia que, sin embargo, pueden verse aquí y allá, en todas partes. Son cunas donde se arrullan las desventuras del mañana, guaridas donde acechan los usufructuarios de las mayores desdichas.

Hoy, cuando el mundo se achica día a día, cuando el intercambio y las comunicaciones nos acercan y tienden a abrir los claustros y abolir las diferencias, cuando la especie humana, tras construir torres de Babel en todo el planeta, pronto comenzará a derribarlas, los hombres debemos encontrar caminos que confluyan, paisajes que armonicen e intereses que puedan conciliarse.

¿Puede concebirse un mundo donde no exista el dinero?

A principios de 2000 escribí sobre la abolición del dinero. Ya antes había fantaseado a este respecto, construyendo y destruyendo utopías. Castillos de naipes nacidos de mis anhelos que, como todos los anhelos, suelen transgredir las fronteras de lo posible. Hoy entrego una versión abreviada de aquellas anotaciones. Quizá sirvan para alentar ficciones, quizá para levantar construcciones más consistentes que las mías.

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

¿Cuál es la naturaleza del dinero[i] y cuál la del trabajo humano? ¿Es preciso que el trabajo sea retribuido con dinero? Reflexionar sobre estas cuestiones es mi propósito de hoy.

Primitivamente las cosas valían tanto como la necesidad que tenía el hombre de ellas. Luego adquirieron un valor
[ii] relativo o de cambio, esto es, valían en relación a las otras cosas. Una cabra por diez alforjas de trigo. Finalmente sobrevino una especie de metálico acuñado o un documento escrito por el soberano al que le fue asignado un valor: así nació el dinero. Quien tenía el dinero podía tener las cosas y podía, también, tener para sí el trabajo ajeno. A la íntima creencia de que el hombre era sagrado siguió la creencia de que, entonces, era sagrado también su trabajo y el dinero que lo retribuía.

Creo que las teorías que se han ensayado sobre el valor son erradas. Rareza, oferta y demanda, necesidad, convención social y otras predicaciones, aún cuando pueden anunciar el precio de las cosas, son impropias para asignarles valor. Sólo el trabajo le asigna valor a las cosas.

Entonces, ¿qué es el trabajo humano? No intentaré definir el concepto porque arriesgaría ser dogmático. Diré, sí, que el trabajo participa de la naturaleza humana por ser su manifestación más conspicua. También diré que dos modos tiene el hombre de preservarse como especie: su reproducción y su trabajo. El hombre ha de reproducirse y ha de trabajar para perdurar sobre la faz de la tierra. Quizá esa, y sólo esa, sea la inmortalidad que alguna vez le fue prometida. En tal sentido, puede decirse que el hombre es sagrado. Y por eso lo es también su trabajo.

Vale la pena recorrer fugazmente la evolución del trabajo humano. En una primera etapa el hombre subsistió colectando frutos y cazando animales. Con el tiempo este hombre nómada se transformó en sedentario cultivando el suelo y conociendo la posesión colectiva de la tierra. Ulteriormente construyó sus utensilios y ropas, deviniendo artesano y manufacturero. En esta etapa de su evolución el hombre se apropió de los bienes y comenzó el desarrollo del individuo propiamente dicho. Nacían así los rudimentos de la propiedad privada, del Estado y del dinero. La esclavitud fue dando paso a la servidumbre y algunos derechos inherentes a la personalidad fueron reconociéndosele a los estamentos bajos de la sociedad. Desde luego es más reciente la invención y aplicación de las máquinas a la producción de bienes, y su consecuencia la concentración de la riqueza. En esta instancia todo el trabajo humano se concentró en su símbolo, el dinero.


Pero los procesos de producción han de sufrir todavía una nueva revolución. Será ahora el turno de la revolución tecnológica, que mediante sus recursos de robotización e informatización expulsará mano de obra, con sus obvias consecuencias de ociosidad y depreciación del trabajo. Las riquezas ya concentradas en la etapa capitalista volverán a reconcentrarse y las relaciones económicas se desarrollarán en el ámbito planetario. El dinero, que según vimos es trabajo humano acumulado, es sacralizado en esta etapa como nunca antes.

Si bien los sistemas políticos han prometido un futuro diferente, diríamos esperanzador para el hombre, no han dicho con verosimilitud cuál será el estadio final de la evolución del trabajo. Las teorías liberales, y sobre todo su aplicación en las sociedades capitalistas, muestran una continua mutación en desmedro del trabajo humano. Por su parte el socialismo, llevado a la práctica en el siglo que culminó, no ha podido sostenerse sobre sus pies y el reconocimiento más o menos igualitario del trabajo no ha dejado resultados que morigeren los rigores del mundo crematístico de nuestros días.

Es claro que no existe una relación necesaria entre trabajo humano y dinero. El trabajo participa de la condición humana, el dinero no. El dinero es aquella invención que, simbolizando el valor del trabajo, permite acopiarlo sin que se degrade por causa del tiempo o de su propia naturaleza. Puede, conceptualmente, considerarse el trabajo con entera independencia del dinero.

Utopía: ¿puede concebirse un mundo donde no exista el dinero? Porque de ser ello posible quedaría abolida la explotación de unos hombres por otros, al tiempo que la humanidad en su conjunto aplicaría su energía a quehaceres concordantes con su propia condición, aproximándose a la meta de su felicidad.

Quizá por ahí transite el camino hacia una nueva sociedad humana.

[i] Cuando hablo de dinero me estoy refiriendo a todas sus formas, a todas sus manifestaciones, materiales e inmateriales, incluidos los registros de datos que importan valores.
[ii] Deliberadamente omito hacer una distinción entre los conceptos de valor y de precio. Elijo, pues, eludir un tema que necesariamente derivaría en consideraciones ideológicas.

Mi esposa, mi mujer, mi compañera. Mi pareja

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

Pongo el título con pluma de varón, no con vocación machista. Por eso, si mis lectoras quieren cambiar el género no me fastidiarán. Antes bien, me ahorrarán aclaraciones fatigosas. Y escribo lo que sigue como sociólogo, sin serlo, como psicólogo social, sin serlo, como antropólogo, sin serlo. O siendo, de todas estas cosas, un poco, sólo un poco. Como soy un poco economista, un poco médico y un poco moralista.

Creo sin hesitar que ninguna acción humana me es ajena, ningún discurso me está vedado ni puede impedírseme que escriba sobre las cosas que me atañen. Así, mi derecho viene de mi hechura humana, no de títulos o talentos ausentes. Y también viene de dos generosidades, la del editor y la del lector, que hasta hoy han consentido mis dislates.

Por otra parte, ¿siempre has de leer las mismas cosas, esos ardides de la política, esas austeridades de los credos, esas promesas de los mercaderes y las crónicas adonde tan pronto te enfrentas a un nuevo hallazgo de la ciencia como a un accidente de tránsito, al precio del crudo en la plaza de Nueva York o al resultado de un comicio?

Inicio, pues, mi excursión discursiva de este día. Quieran los dioses que mi razón prime sobre mi pasión, quiera descansar la tradición y el escrúpulo en su sitio para dar paso a los nuevos legisladores, a los jóvenes que, forzando vejestorios, vienen a decir cómo quieren que sea el mundo en sus días. Quiero ser como la uva nueva, no como la pasa que escamotea sus rugosidades en el amasijo de los panes dulces. Quédense otros con los dimes y diretes que yo elijo pasear mi humanidad en la primavera de las generaciones.

Se trata de revisar el viejo concepto de matrimonio, de ver cómo en un viaje de vértigo el siglo XX nos llevó de ese viejo instituto a la unión de nuestros días, sin ritos ni abalorios, cómo esa tradición multimilenaria cedió al embate de unas pocas generaciones. En el decurso de un siglo escaso la tradición depuso su soberbia, la moral desdobló su insinceridad, cayó con estrépito el estrado de la ley y en la antesala del templo se quemó el estandarte de la moralina.

De casados, concubinados, monógamos y polígamos


Todo esto debí decir para atreverme al asunto. Y como no es bastante todavía, pido el auxilio de David Hume, el escocés: “El mundo es tal vez el bosquejo rudimentario de algún dios infantil, que lo abandonó a medio hacer, avergonzado de su ejecución deficiente; es obra de un dios subalterno, de quien los dioses superiores se burlan; es la confusa producción de una divinidad decrépita y jubilada, que ya se ha muerto”*. Quizá sea así y por eso el hombre, ese presuntuoso émulo del Creador, ahora quiere perfeccionar la obra y ensaya otra forma de organización familiar, más libre, más espontánea, más conforme a los vaivenes del espíritu que a las mandas divinas o terrenales. Quizá sean estos jóvenes de ahora los nuevos apóstoles de una humanidad que ha empezado a cambiar de golpe, cuestionando el valor y la sacramentalidad del matrimonio.

Cuando los de mi edad decíamos “mi esposa”, algunos, tibios todavía, se atrevieron a decir “mi mujer”. Poco después los osados nombraron a sus evas “mi compañera”. Y por fin vinieron los nuevos y, sueltos de huesos, consagraron el concepto y la voz que había de saldar todas las cuentas: “mi pareja”, dijeron. Y contentos se fueron los casados a compartir la cama, como los concubinados, como los monógamos y los polígamos, los étero y los homo. Cayeron las paredes del templo, naufragaron las leyes y los leguleyos debieron aceitar su imaginación para salvar los restos del naufragio.

Los de mi generación obedecimos mandatos y nos prosternamos ante la tradición, la religión, la ley; creímos en la virtud de una moral que no habíamos diseñado, fuimos (somos) súbditos del pasado. Los que llegaron a la vida después de nosotros, en cambio, abolieron aquellas reglas y legislaron para sí y para su tiempo. En otros términos, reivindicaron su libertad de ser y fueron construyendo sus relaciones maritales a medida que discurría su vida. Era su derecho.

Si estas reglas y hábitos son mejores o peores que los anteriores, es ocioso discutirlo ahora. Son y rigen las conductas de los jóvenes aquí y en buena parte del mundo, de suerte que deben mirarse como una realidad que va afirmándose más cada vez y que no cambiará en plazos previsibles.

Estas formas de unión entre el varón y la mujer conocen algunos antecedentes, sobre todo en el siglo pasado. Quizá el más ilustre sea el de Sartre y Simone de Beauvoir. Por eso, hoy no importa su forma, sí su extensión; hoy los jóvenes sortean las mandas religiosas y legales y estrechan alianzas maritales que otrora hubieran suscitado escándalos. Las familias, aún las más tradicionales, empiezan a ver con benevolencia este nuevo estilo de apareamiento y sólo aspiran a su consistencia y perduración cuando tienen hijos. Y en lo patrimonial el viejo régimen de los bienes gananciales tiende a ser reemplazado con otro régimen aún más viejo, el del condominio. Ellos compran por mitades indivisas y así sortean los engorros de las sociedades conyugales, sobre todo cuando deben disolverse. Y las obligaciones alimentarias entre los cónyuges, fruto del diferente lugar que otrora ocupaban el hombre y la mujer en la sociedad, van perdiendo significado a partir de la irrupción de ésta en las más variadas profesiones y cargos.

Ciertamente, no es igual un condominio que una sociedad conyugal, no son parejas las consecuencias patrimoniales si muere un condómino o un esposo, y la atribución de paternidad puede suscitar engorros judiciales si el varón no ha reconocido expresamente al hijo, cosa que no ocurre cuando la pareja se ha unido en matrimonio legal. Otras dificultades pueden señalarse todavía, pero los detractores del matrimonio las van sorteando con los recursos de la legislación civil.

Confrontando valores

Más allá de los preceptos religiosos y legales y de los mandatos sociales, más allá de los excesos de moralina y de las reputaciones olorosas, creo que las nuevas formas de unión plantean una vez más el viejo dilema de la seguridad y de la libertad. Otra vez la sociedad confronta esos dos valores: la seguridad de una unión duradera que cumpla el mandato divino y humano, y la libertad de soltar amarras cuando la unión no satisface las expectativas de una de las partes. Un planteo filosófico, una forma de organización familiar que naturalmente tendrá consecuencias en la organización social, un estilo de vida y una manera de relacionarse con el otro. En definitiva, una vida, dos vidas, la vida de toda una sociedad que se está reconstruyendo sobre valores nuevos.

Y están las otras uniones, aquellas en las que se quiere romper el molde biológico y alterar las funciones que la naturaleza le asigna a cada una de sus dos mitades. Se pretende (se ha logrado en muchos casos) consagrar las uniones de personas del mismo sexo y semejarlas al matrimonio legal. Hay países que han legislado el matrimonio homosexual, otros le han reconocido un estatuto legal que lo semeja al matrimonio convencional, y los hay que autorizan a las parejas homosexuales a tomar niños en adopción. En estos casos yo tengo algunos reparos: creo que las leyes no deben desdeñar la razón biológica; creo que la sexualidad garantiza la perduración de la especie y por eso no deben equipararse las uniones heterosexuales y las homosexuales; creo que las otras diferencias, las que están más allá de las funciones reproductivas, las que tienen que ver con el goce sexual, quieren que la sociedad se construya sobre el apareamiento del hombre con la mujer, del varón con la varona en la nomenclatura bíblica**. Y creo que quienes prefieren otra clase de uniones pueden tenerlas sin forzar la razón biológica. Nadie puede ser privado de lo que la ley no prohíbe, de lo que, a esta altura de los tiempos, hasta Perogrullo autoriza.

Por una parte el mundo parece encaminarse a la abolición del matrimonio; por la otra, consiente la regulación por ley de uniones que hasta ayer eran denostadas y anteayer merecían la hoguera. Y hoy mismo, en algunas partes del mundo, se castigan con la cárcel y los tormentos. Paradojas de nuestro tiempo.

* Debo esta cita a Borges, El idioma analítico de John Wilkins, en Otras Inquisiciones, Emecé, 17ª impresión, Buenos Aires 1996.
** Gén. 2.23

Londres: ensayar la muerte

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

Cuando el 3 de noviembre de 1995 estallaron los polvorines de Río Tercero no sospeché que ese hecho quería encubrir otro. Por eso, cuando ese mismo día escribí un artículo me limité a condenar la producción, venta y almacenamiento de armamentos, sin referirme a las responsabilidades que resultan del tráfico ilegal de armas. El día anterior había sido asesinado Rabin a causa de su política con relación a Palestina. Los acontecimientos eran más veloces que mi pluma, no acostumbrada correr detrás de los hechos para ponerlos en la prensa diaria.

Hoy quiero hablar del atentado múltiple que sacudió a Londres el 7 de julio, que, según las primeras informaciones, está en línea con los del 11 de septiembre en Nueva York y los del 11 de marzo en Madrid. 11-S y 11-M fueron bautizados éstos por los medios de prensa. Quizá al de Londres se le nombre 7-J, no lo sé. Y no importa. Lo que sí importa es establecer quiénes lo cometieron, en qué circunstancias y con qué propósito, cuáles fueron las complicidades domésticas si las hubo, cuáles las razones manifiestas y las ocultas, etcétera. Asuntos que tratan de averiguar los sabedores de estas cosas.

Yo transitaré caminos menos trillados, quizá menos periodísticos, y que pueden suscitar alguna controversia. Transitaré, pues, caminos de reflexión y daré mi parecer a propósito del hecho, no exactamente sobre él.

Pero antes quiero decir mi repudio por este atentado y por todo otro que importe la utilización de la violencia, mi profesión de fe por el concierto y el diálogo, por la paz y el arreglo negociado de las controversias. Porque en un tiempo –postmodernidad le llaman muchos- en que las razones siguen a los hechos consumados para justificarlos con recursos mediáticos, uno se confunde fácilmente y no sabe cuál es el origen de la violencia. No sabe con certeza si aquellos subtes volaron porque Gran Bretaña puso sus soldados en Irak, o si Gran Bretaña puso su soldadesca ahí para que, precisamente, sus subtes no volaran alguna vez (guerra preventiva). Uno no sabe si estos hechos comenzaron en 2001 o si conviene ir más atrás y a otra geografía para explicarlos, por ejemplo a la Argentina de 1992 y de 1994, o al avión de Pan Am que en 1988 se hizo pedazos en el cielo escocés de Lockerbie con sus 270 pasajeros.

Regan y Juan Pablo II, Gandhi y Luther King, Kennedy, El Sadat y otros muchos fueron atacados por la intolerancia, la discriminación, el afán de poder o de lucro, por la prepotencia de los fuertes o la desesperación de los débiles. Más allá de la notoriedad de algunas víctimas del terror, ahí están Bosnia y Croacia, Perú y Ecuador, Nicaragua y Honduras, Irán, Afganistán, Irak... medio mundo ardiendo simultánea o sucesivamente. Millones son los que caen todavía porque el hombre no ha encontrado una forma no violenta de dirimir sus conflictos. Y las víctimas de los atentados de Londres suman algunas más a las habidas en tantos lugares del mundo.

¿Cómo acometer el problema de la violencia entre los estados? Más precisamente, ¿cuáles son las formas modernas de la violencia? ¿Sigue siendo la guerra el recurso final para la solución de los conflictos? ¿O hay un recurso nuevo que todavía no está en los protocolos de la diplomacia y en los manuales de los países desarrollados de Occidente?

La célula que se atribuyó los bombazos del 7 de julio declaró que “los valerosos mujahiddines han conquistado Londres, y aquí está Gran Bretaña muerta de miedo”. El miedo como arma para dirimir controversias: he aquí un arma quizá más poderosa que toda la máquina militar del Occidente opulento. Es que el concepto de guerra ha mudado y a partir de ahora los estados, grandes y pequeños, deberán mirarse de otra manera. La medida del respeto ya no es proporcional a la capacidad económica y militar de las naciones.


Desde luego esta observación no puede complacernos porque no conduce al abandono de la violencia; solamente anuncia el cambio de su signo. Y dice que los estados deberán redoblar sus esfuerzos para dirimir pacíficamente sus conflictos. Ya no alcanza el más poderoso ejército del mundo para acallar al oponente, ahora hay que sentarse a negociar para asegurarse el abastecimiento del petróleo y de los otros productos primarios. Y hay que mirar bien y ver que los países que tienen esas riquezas están habitados por pueblos paupérrimos, a veces subalimentados.

Estas reflexiones quieren disuadir a los estados poderosos de usar la violencia contra los estados pobres, y quieren que éstos empleen recursos no violentos para hacer escuchar su voz. También quieren que de una vez se comprenda que no puede desdeñarse al otro por su diferente cultura, religión o color de piel. No puede victimizársele, no importa si es norteamericano, español, inglés, afgano o iraquí.

La cuestión es ardua para el hombre moderno. Urgido por el consumo inducido y atosigado de información, internaliza los mensajes sin examinarlos y sin confrontarlos con la realidad. Fácilmente tiene por verdadera la información que escupen Al-Jazeera, BBC o CNN. El ciudadano del consumo, que ha extraviado el sentido crítico y ni siquiera administra su pequeña vida, debe rescatar los valores que abandonó en el basurero del mercado, debe dejar de mirarse el ombligo para ver que estar por la vida es estar con el otro.

Y porque ha quedado demostrado que esta transformación no vendrá de las alquimias políticas, y porque quienes debieran velar por los intereses de la comunidad no lo hacen, es que debe el hombre buscar el cambio en el terreno más promisorio y más rico de la solidaridad, el concierto y la diversidad cultural.

Y a quien diga que estas palabras vienen de una concepción utópica, le digo que sí, que es cierto, que de ahí vienen. Que el hombre justifica su existencia con sólo recorrer el camino, avizorando el fin querido. La propia muerte es inevitable y sobrevendrá de seguro, pero el hombre siempre la resistirá. Y porque la resiste vive y esa resistencia es el motor de su vida.

Nunca he creído que sea inevitable que los hombres se maten entre sí. La naturaleza tiene sus propios mecanismos para equilibrar los desórdenes que se producen en su reino y no necesita que la ayudemos con nuestras invenciones violentas para hacerlo.

Post scriptum: Después de Londres (2005) otros hechos violentos han conmovido la conciencia humana. En estos días (escribo esta nota en los primeros días del año 2009) la poderosa máquina guerrera de Israel está bombardeando indiscriminadamente la Franja de Gaza con el beneplácito de los EEUU y la aquiescencia mal disimulada de la UE. Se quiere liquidar la Cuestión Palestina liquidando a los palestinos o, cuando menos, doblegando su vocación independentista.