Los hombres y los números

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com


El número 100 es divisible por 20, por 10, por 5, por 2. El 10 es divisible por 5 y por 2. El 9, por 3. Y todos ellos son divisibles por uno y por sí mismos, como los números primos 11, 7, 5 y 3. Las matemáticas son fiables en estas cosas.

Me pregunto si el hombre es divisible, si puede ser bueno y malo, justo e injusto, feliz y desdichado. Me pregunto cuántas veces determinado atributo, la caridad por ejemplo, cabe en una misma persona, y cuántas otras cabe el egoísmo. Si un hombre puede ser lo uno y también lo otro o si los atributos opuestos se excluyen mutuamente.

Este artículo quiere discurrir sobre esta vacilación. Y quiere exponer a su autor al juicio de unos lectores poco piadosos cuando se transgrede la medianía que propalan los medios de comunicación y los que por su oficio hablan desde las tribunas. Quiere abolir, aunque sea por un momento, el buen pensar urbano y formal e invitar a ese dislate fecundo que sólo viene cuando nos internamos en territorios inexplorados. Por eso, a quien recorra estas columnas desde ya lo exonero del deber de cortesía.

Y para conservar el crédito que alguna vez pude merecer del lector, me refugio en el género ficcional que el ejercicio de las letras favorece, y en la libertad que el ensayo literario le concede a los que desentrañan perplejidades. Uno y otro me abren las puertas en pares para instigar al lector, si esto es posible, a abandonar el rigor libresco y la timidez de las cátedras y buscar más allá, en la extensa república del dislate, lo que la severidad de la cultura le niega.

La divisibilidad de la conciencia

A propósito de la matanza de toda una población en May Lai, Vietnam, dice M. Scott Peck, jefe del grupo investigador: “La especialización contribuye a la (...) fragmentación de la conciencia. Si en la época de My Lai, paseándome por los corredores del Pentágono, me hubiera detenido a hablar con los responsables de dirigir la manufactura de napalm y su transporte a Vietnam, y si hubiera cuestionado a esos hombres sobre la moralidad de la guerra y, por lo tanto, de su ocupación, éste es el tipo de respuesta que invariablemente habría recibido: ‘Ah, apreciamos su preocupación pero nosotros no somos la gente con quienes (sic) usted debe hablar. Esta no es la sección que corresponde porque nosotros no determinamos cómo y dónde se usarán esas bombas. Eso corresponde a planeamiento. Tiene que hablar con ellos, al otro lado del corredor’. Y si yo hubiera seguido esta indicación y expresara los mismos conceptos a la gente de planeamiento, me habrían dicho: ‘Ah, sabemos que hay temas muy graves en discusión, pero están más allá de nuestra esfera. Nosotros simplemente determinamos cómo se realizará la guerra, no si se llevará a cabo o no. Los militares sólo hacemos lo que se nos ordena hacer. Esos grandes temas se deciden en la esfera de la Casa Blanca, no aquí. Es allá donde debe llevar sus preocupaciones’. Y así sucesivamente”.

Esta imaginación de Scott Peck no es arbitraria y mucho menos se limita a los militares norteamericanos. Es propia de los hombres cuando viven en sociedades organizadas donde la especialización cumple una doble función: por un lado aumenta la eficiencia, por el otro permite diluir la responsabilidad dentro del caldo social y propicia la fragmentación de la conciencia individual. Si la conciencia social se divide en partes distintas del todo, la conciencia individual (el hombre) encuentra parecidas argucias para eludir su responsabilidad moral.

Ahora vienen a mi memoria unos versos que cantaba Serrat cuando la dictadura militar se devoraba a los jóvenes argentinos. Denunciando la divisibilidad de la conciencia moral, decía que los gobernantes de entonces comulgaban en las iglesias e iban a cagar a las casas de sus vecinos; aquí defendían los valores cristianos y más allá cometían las peores atrocidades. El 4 es divisible por 2, aquellos mandamases también. Pero mientras el 4 y su división son pura abstracción, las desapariciones, los tormentos y la muerte eran pura realidad.

Como el 12 se divide por 4, por 3, por 2, el hombre divide su conciencia en tantas partes como sea necesario para eludir la condena social y quizá también la de su propio censor. Como el 23 se divide por sí mismo para ser el uno, el hombre suele inmolar su identidad para ser otro más amable ante sí mismo, no importa si para lograrlo debe encender cirios en el altar piadoso de la mentira.

Monólogo de dos, de tres, de cuatro

En tren de ser autocontradictorio, me he aplicado a la tarea de anotar cuanto oxímoron hallé en los libros y a aportar otros de mi hechura. Entre estos destaco el que titula este capítulo, un ejercicio mental cuya reiteración semeja el parpadeo o a la respiración.

Me pregunto y le pregunto al lector qué hace el hombre cuando examina un hecho en su conciencia, cuando piensa, cuando mide y sopesa los favores y las contrariedades de una acción. Me pregunto si la estructura del pensamiento en esos momentos es la de un monólogo o la de un diálogo. Si es la de un monólogo, ese hombre está solo; si es la de un diálogo, ese hombre es dos hombres, o tres, o más. Y con harta frecuencia cada uno de nosotros es dos, es tres. Es un número igual al de las opciones que considera, porque cada una de ellas suele venir acompañada de un sistema de justificaciones, de valores y de causas que la determinan.

En tales circunstancias el hombre se divide, es tantos hombres cuantas opciones está considerando. Y este monólogo de dos es uno de sus ejercicios más frecuentes, el que le asemeja a los números, divisibles hasta el uno. Sólo hasta el uno, porque si queriendo emular a las matemáticas pretende dividirse aún más, como los números fraccionarios, entonces puede ingresar en la subespecie de los chalados.

Desacuerdo unánime

Cierta clase de extravagancia léxica es la que se cultiva con el uso del oxímoron. Producto de la divisibilidad de los hombres, esta práctica va extendiéndose y hoy quiere reemplazar a las metáforas y decir lo indecible u ocultar la impericia de quienes se han extraviado entre las letras. Desde luego, estas palabras no quieren desautorizar a quienes usaron felizmente este recurso extremo de la literatura; quiere denunciar cómo el fraseo contradictorio también ha servido para derogar la lógica y fragmentar las conciencias. Algunos ejemplos pueden ilustrarnos.

Entre quienes usaron con propiedad y con gracia esta especie literaria revistan Francisco de Quevedo ("es hielo abrasador, es fuego helado, es herida que duele y no se siente" y "lo fugitivo permanece y dura"), Jorge Luis Borges ("luz oscura" y “graciosa torpeza”), Rodolfo Walsh ("el fusilado que vive”), Augusto Monterroso ("mis libros están llenos de vacíos"). En ellos no hay división porque la contradicción es deliberada, sirve para que, al recorrer el texto, el lector contribuya a la construcción de imágenes y metáforas.

En cambio otras expresiones que suelen venir de la política o de la diplomacia son pruebas de la fragmentación, de la división casi aritmética de la conciencia. Derecha siniestra, que vale por derecha izquierda, suele utilizarse para denostar a una corriente de pensamiento; eterno presente quiere ofrecerle consuelo a quienes temen las contrariedades del porvenir; ejército pacificador, fuerza de paz y armas inteligentes son voces que sirven para escamotear propósitos de destrucción y dominio; tensa calma es una expresión usual en los ámbitos diplomáticos y castrenses, como crecimiento negativo lo es en los círculos económicos. En el lenguaje corriente se emplea la expresión silencio elocuente y en el literario realismo mágico, en el informático y en el cine se habla de realidad virtual y en la política de aldea global. Y la lista no se agota en estos ejemplos que, no obstante su valor expresivo, algunas veces denotan la pobreza léxica de los hablantes y otras veces la ambivalencia conceptual y hasta moral de los hombres.

Nasreddín, siempre Nasreddín

Los números son hijos bastardos del tiempo. Quizá sea por eso que los hombres se afanan por medirlo todo, aún lo inmensurable. Y nuestro amigo sufí se ha burlado de ese afán. Entre las muchas historias que escuché en mi infancia, me parece que ésta retrata esa vanidad: Alguien le pregunta al niño Nasreddín quién es mayor, si su hermano o él. Tras meditar un momento, Nasreddín responde: “Hace dos años mi madre me dijo que mi hermano era dos años mayor que yo, así que ahora somos iguales”.

Sólo una conciencia fragmentada puede lucubrar de esta suerte. Y visto desde su costado humorístico, debemos admitir que al traernos esta fábula el maestro sufí ha querido hacer amable una de sus muchas enseñanzas: el hombre no puede ser más que él mismo, esclavo irredento del tiempo. Por eso, quizá un camino plausible sea aliarse con el tiempo, negociar con él para que no cree espacios de fragmentación en nuestros dominios. Y pagar por ello sólo el tributo de la muerte, nada más. Nada menos, claro; pero pagarlo sin anticipar su precio mientras dura la vida.

Nota: Texto revisado y corregido por el autor en mayo de 2010.

Lo hombres y las muertes

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

No sé si el lector sentirá aprensión al leer estas anotaciones, si prefiere distraer su atención en temas más amables. Puedo comprender eso, pero no puedo eludir la única certeza que acompaña a los hombres durante su vida, la de su finitud. Puedo confortarle diciendo que muchos hombres han nacido y transitado la vida desde el principio, que su cuenta es infinita, su cálculo imposible y, sin embargo, todos han culminado en esa estación final.

Pero no quiero ser escatológico. Antes bien, quiero discurrir sobre el tema de las varias muertes que la vida le depara a los hombres sin que me abandone el humor, esa “propensión más o menos duradera a mostrarse alegre y complaciente”, según lo define el diccionario de la lengua.

Ignoro qué es la vida, qué es la muerte, por qué vinimos y adónde vamos. Esas cuestiones son para los presuntuosos émulos de Dios o para quienes dicen conocer su voluntad. Yo no me cuento entre ellos. Miro con modestia y digo qué veo, qué sospecho cuando la bruma me rodea y, si tengo la virtud que los sabios predicaron, intento comprender la infinita extensión de mi ignorancia. Los textos del budismo dicen que “si hubiera tantos Ganges como hay granos de arena en el Ganges y otra vez tantos Ganges como granos de arena en los nuevos Ganges, el número de los granos de arena sería menor que el número de cosas que ignora el Buddha”(1). Por eso hablar de la muerte es presuntuoso, pero hablar de las muertes puede merecer la indulgencia del lector si se hace con la humildad del cronista.

Hace algunos años le escribí a un amigo madrileño que lloraba la súbita muerte de un amigo. La vida y la muerte, le dije, suelen salir juntas de paseo, ahora acuden al alumbramiento de un niño, luego a una boda y más tarde a una misa, a las fiestas del carnaval y a la derrota en la batalla, a la consumación del amor y a su entierro. La vida y la muerte suelen pasear juntas y tú no sabes quién será tu huésped, quién compartirá tu mesa. Ellas abrevan de la misma fuente, comen del mismo pan y cantan las mismas canciones. Entonces, ¿por qué has de reír hoy y llorar mañana? ¿Se han terminado los mañanas del que ahora lloras? ¿Acaso no son tus mañanas sin tu amigo los que lloras? Yo no sé responder a estas preguntas. ¿Sabes responderlas tú?

Algunas divagaciones pueden ayudarme a eludir los filosofismos que arriesga quien se mete en estas cosas, y también las intrincadas cuestiones de la metafísica y los tortuosos caminos que recorren los sabedores.

La muerte biológica

La primera cuestión que nos asalta es la de la muerte como aniquilación y pérdida. Pérdida de este cuerpo que nos acompaña, pérdida de la memoria que fuimos construyendo, pérdida de esa cosa misteriosa en cuya existencia algunos creen y llaman alma.

Dice San Agustín en un exaltado discurso: “¿Qué quiero deciros, pues, Señor, sino que ignoro de dónde he venido aquí, debo decirlo, a esta vida moribunda, o bien a esta viviente muerte? No lo sé”(2). No sabe el obispo de Hipona de dónde ha venido, no saben los hombres cuál era su casa antes de venir a la vida, y sin embargo uno y otros hurgan afanosamente para encontrar lo que se oculta a la razón: el antes, el después. Desentrañar esta duda es un afán que no cede a la razón, sino a la fe.

Si el alma sigue la suerte del cuerpo cuando muere, es un tema que discutirán los hombres hasta el fin de los tiempos. Sospecho, sólo sospecho, que es a la memoria que vamos acumulando en nuestras vidas a lo que llamamos alma, que así como las sociedades humanas son el producto de la historia (la memoria colectiva de los hechos ocurridos antes de ahora), la conciencia de cada quien es el sedimento de sus experiencias personales.

Bien sé que estas palabras tienen un dejo de escepticismo, quizá también de malicia. Pero no puedo cargar sobre mis espaldas la fe que los hombres necesitan para sufragar tamaña duda, y tampoco puedo acumular todo el saber que se precisa para razonar estas cosas. Entonces, dudo.

El olvido

Otra forma de muerte es el olvido. La memoria lo abandona al hombre y se establece un nuevo punto de partida, o ninguno y la vida discurre de instante en instante. Con su pasado el amnésico pierde su alma, pero no como un castigo, sino como un hecho venturoso que le permite sortear la angustia de saberse prematuramente muerto. El que ha extraviado su alma entre los cachivaches del olvido regresa a su casa por un camino siempre nuevo, se sorprende ante cada piedra que encuentra, ante cada hierba, ante cada persona que le saluda. Él ha muerto para su pasado.

El olvido es una bienaventuranza para el hombre que sufre, para el que merece un castigo, para el que, por alguna razón, siente el pasado como un tormento. Es la forma más benigna de la muerte, la que lo sitúa en un tiempo nuevo para que no sufra las penalidades del ayer y no lo acosen las ansiedades del porvenir. El olvido es muerte porque después de él viene lo nuevo.

La muerte civil

La muerte es separación, enterramiento y despojo, es trasponer un límite para cesar. Y la muerte civil es, precisamente, eso. Las sociedades antiguas la aplicaron como pena suprema, a veces más severa que la muerte a manos del verdugo. El hombre era despojado de todos sus derechos y apartado de la comunidad, su condición era la de las bestias y el calor de la vida en comunidad le era negado para siempre.

En la antigüedad, en el medievo y aún en los primeros tiempos de la modernidad la expulsión del hombre de su lugar de arraigo, con la completa pérdida de sus derechos y, entonces, de su condición de persona, era una desventura que no conoce parangón en nuestro tiempo. Cuando se le acusó de no creer en la religión del Estado y de corromper a los jóvenes enseñándoles a no reconocer los dioses de la República, Sócrates se defendió ante el tribunal: “Temer la muerte no es otra cosa que tenerse por sabio no siéndolo, dado que es creer que se sabe lo que no se sabe. Nadie conoce la muerte, ni sabe si es ella el mayor bien de los bienes para el hombre. Sin embargo, todos la temen como si se supiera de cierto que es el mayor mal de los males. ¿Y no es la más vergonzosa ignorancia el presumir de saber lo que no se sabe? Por mi parte –y en esto difiero tal vez de la mayoría de los hombres-, de atreverme a decir que soy más sabio que otro en algo, diría que lo soy en que no sabiendo a ciencia cierta lo que sucede en los infiernos, tampoco creo que me lo sé”(3). Y prefirió la muerte antes que el ominoso destierro que buenamente le ofrecía su amigo Critón(4).

¿Qué haré yo con mi alma?


Un niño mira por la ventana de su casa y ve pasar por la calle a un grupo de personas. Los hombres llevan sobre sus hombros una tabla y sobre ella a un hombre acostado, lívido, inmóvil. Detrás marcha un cortejo de mujeres llorosas y un grupo de niños fuertemente asidos a sus faldas. La escena es morosa y triste y el niño nunca ha visto una cosa igual. Le pregunta a su padre qué es eso, y el padre le dice que es un hombre que ha muerto y que sus deudos lo llevan para devolverlo a la tierra. Pregunta más cosas el niño y el padre le responde, le dice que el tránsito por la vida es efímero y que todos moriremos. “¿Tú también morirás? ¿Y mi madre y mis hermanos? ¿Yo también voy a morir, papá, y me sepultarán en la tierra?” Al ver tamaña tribulación, el padre conforta a su hijo explicándole que él, como todos los hombres, tiene un alma que sobrevivirá a la muerte del cuerpo. Entonces el niño pregunta: “¿Y qué haré yo con mi alma?”

Tenía unos diez años cuando leí este cuento de Beshiktashlian, Meguerdich o Neshan, no lo recuerdo. Tampoco recuerdo si leí su versión original en armenio o alguna traducción al español. Pero recuerdo cuánto me conmovió la pregunta final y que excitado se lo mostré a mi padre. Era la primera vez que la presciencia de la muerte golpeaba mi entendimiento y que hablaba de ello con mi padre.

Esto me remite al tema de la resurrección, de la que hablan las mitologías y las religiones. Algunas de ellas enseñan que los hombres nacen y mueren un número infinito de veces, que la rueda de las encarnaciones no cesa jamás, a menos que, como Gotama El Buddha, alcancen la bienaventuranza y la aniquilación liberadora.

El libro de los libros de Occidente famosamente habla de la resurrección de Lázaro(5). Y de la de Jesús(6), que tras anunciar su muerte redentora resucitó y subió a los cielos. Aún más, dijo que volvería para juzgar a los hombres, no sabemos si en una segunda encarnación o en una revelación como la que tuvo Mahoma cuando recibió El Corán.

(1) Debo esta cita a J. L. Borges, De alguien a nadie, Otras inquisiciones, Emecé, Buenos Aires 1996, pág. 230.
(2) San Agustín, Las confesiones, Juventud, Barcelona 1968, pág. 21, trad. de Agustín Esclasans.
(3) Platón, Apología de Sócrates, Espasa-Calpe, Buenos Aires 1947, págs. 55 y 56.
(4) Platón, op. cit., Critón o el deber del ciudadano.
(5) Juan, 11, 1-43.
(6) Mateo, 28, 1-8; Apocalipsis, 20, 13-14; y 22, 12.

Nota: Texto revisado y corregido por el autor en abril de 2010.

Los hombres y los bares

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

“De chiquilín te miraba de afuera / como a esas cosas que nunca se alcanzan; / la ñata contra el vidrio, / en un azul de frío, / que sólo fue después, viviendo, / igual al mío...”

Es justo iniciar estas líneas con los memorables versos de Discépolo, aquel apóstol del tango que retrató el alma del Buenos Aires profundo.

Como todos los porteños nacidos en la primera década del siglo pasado, en esto soy ducho. Frecuenté esos templos profanos que olían a café y a tabaco antes de que cayeran bajo el embate de la modernidad, resignando su calor a las fluoescencias de los american bar. Filosofadores advenedizos, bohemios que ilustraban su sobaco con algún libro de Oliverio Girondo, atorrantes pintorescos y compadritos que peinaban lacio, todos fueron víctimas de la impiedad de los tiempos.

Este poco de nostalgia sirve para afectar sapiencia y para presumir que las canas ornan las cabezas más que el gel irreverente de los muchachos de ahora. Pero hasta aquí, no más, porque la demasía en estas cosas lo expone a uno a ser motejado de cavernario.

Vengo a hablar de los bares que sirvieron de refugio a los varones que habitaron estas costas, algunos de los cuales todavía resisten la modernidad. De los bares porteños y de los de tierra adentro, de los que lucían algunas galas y de los modestos. De los servidos por gallegos y de los que toleraron el patronazgo de algún italiano o polaco o (conozco el caso) japonés que desembarcó en tierra tanguera cuando el viejo mundo se devoraba a sí mismo.

La madera filosofal

Hoy las mesas de discusión quieren ser redondas para afectar democracia. Las de los antiguos bares solían ser cuadradas, de madera elemental (luego los american las harían laminadas en plástico, con los pies cromados). Los lados de ese cuadrado marcaban el sitio desde donde cada quien decía su discurso, ora con palabras enfáticas, ora con monosílabos o con silencios envenenados por el humo de los cigarrillos. Ese maderamen era el testigo obligado de las discusiones más apasionadas: Dios y el universo, la vida y la muerte, la política, las mujeres, el fútbol, todos eran temas que se disecaban en ese cenáculo de libadores para arribar a ninguna conclusión. Pero también para intercambiar los afectos que hoy se inmolan en el altar de la tevé o en los laberintos de Internet.

Las generosidades de la ciencia y de la tecnología son bienvenidas, desde luego; pero hubiera estado bien que llegaran sin abolir la calidez de las costumbres y sin derribar aquellos refugios de nuestra cultura urbana. Me dicen que el moderno Japón lo ha hecho así, y que tras décadas de escarnio y de olvido los viejos bares de París y de otras ciudades europeas están recuperando la saludable costumbre de filosofar en ellos.

“Me diste en oro un puñado de amigos / que son los mismos que alientan mis horas”, dice el apóstol en unos versos célebres. Y no se equivoca, porque los bares eran lugares donde se cultivaba la amistad y se contaban las cuitas, más aún que en los confesionarios de las iglesias. Y luego agrega: “En tu mezcla milagrosa / de sabiondos y suicidas / yo aprendí filosofía”. Se refiere a la filosofía cafetinesca que se profesaba entre humos y confidencias y que acercaba, aún en las discusiones más acaloradas, a los habitués de ese mundo cambalachesco.

No vengo a hacer la apología de lo poco ni a desdeñar los muchos favores que la modernidad le ha prodigado a los hombres, porque mi generación más que ninguna otra debe valorar ese progreso. Vengo a subrayar cuán distante está ese Buenos Aires cansino de este otro acosado por el tiempo.

Ciertamente, los viejos bares sirvieron de aguantadero a los marginales y de refugio a tahúres* y camanduleros, pero no puede negarse que también acunaron a artistas e intelectuales que dieron lustre a la cultura urbana. Ese era un submundo holgazán y a veces delincuente, sí; pero también era un modelo de vida que no se había dejado devorar por el vértigo ni arrastrar por los vientos extranjerizantes. Los cafetines de la ciudad eran “lo único en la vida / que se pareció a mi vieja”, templos paganos presididos por dioses que habían envejecido en sus mesas y en su estaño.

El estaño del compadrito


Otra subespecie que frecuentaba los viejos bares porteños era la del compadrito, “tipo popular, jactancioso, provocativo, pendenciero, afectado en sus maneras y en su vestir”, según la feliz definición del diccionario de la lengua. Era un personaje que desde el mostrador desafiaba en elegancia y coraje a los pacíficos pobladores de las mesas. Acodado en el estaño, relojeando con fingida displicencia a los demás y con el infaltable cigarrillo entre los dedos, cultivaba la soledad. Podía amistar con los de las mesas, pero ese no era su oficio.

Los compadritos de primera generación fueron hombres de fierro y pendencia y de ellos habló Borges en poemas y cuentos memorables. Los que yo conocí habían moderado sus ímpetus cuchilleros y vestían ropas pulcras, elegantes algunas veces. Tenían parada en un solo bar al que le eran fieles, a diferencia de los filosofadores y los futboleros que podían mudar su paradero. El compadrito era un autista que no miraba mucho más allá del ala de su sombrero.

“En la timba de la vida / sos un punto sin arrastre / sobre el naipe salidor”, lo definió Cadícamo; y en verdad el compadrito sólo le aportó su estampa al bar, se agotó en su propia pinta y desapareció bajo los escombros de la última posguerra.

Salón familias

Dije que a los bares sólo iban los varones, salvo que los medianamente atusados solían destinar un sector para quienes acudían en compañía de mujeres. Era el salón familias, separado del resto con una boiserie de metro y medio o con vitrinas que exhibían licores. Ahí las mesas estaban cubiertas con manteles para agasajar con alguna fineza la presencia de las congéneres de Eva. Luego los tiempos se burlarían de esa cursilería y los bares abrirían sus puertas a todos sin distinción y esos arbitrarios escaparates caerían uno a uno.

En verdad, ese engendro que quería abolir el carácter exclusivamente varonil de los bares estaba destinado a desaparecer. Fue un invento infeliz, porque las damas que entre sí o en compañía de caballeros querían reunirse fuera de casa lo hacían en las confiterías, remedos surrealistas de los bares, que finalmente se multiplicarían y transformarían a estos, degradándolos hasta su actual condición civilizada y acuosa.

La mala fama

Es preciso reconocer que entre las gentes de buenas costumbres y de algún linaje los bares no gozaban de buena reputación. Tampoco entre los esforzados inmigrantes que, con muchas esperanzas y ningún dinero, habían desembarcado en estas tierras para reedificar sus vidas. Aquellos miraban de soslayo a la bohemia anarquizante o socializante que se congregaba en los bares, estos reprochaban el tiempo que ahí se malgastaba en ocio, en desmedro del trabajo y del salario que se precisaba para vivir.

Porque, volviendo a Discépolo, en los bares la Biblia lloraba contra un calefón y maridaban don Chicho y Napoleón, Carnera y San Martín. Esa mixtura controversial desafiaba las reglas de la sociedad pacata de entonces y arriesgaba los cuidados y las previsiones de los inmigrantes que por entonces llegaban a raudales.

Hoy, cuando el flujo inmigratorio ha cesado y muchos de esos reductos han sido derribados o cedieron al imperio de la moda, cuando son más bien parte de la historia, nos permitimos recuperar algunos de los bares que subsisten (notables se les llama) y hasta organizar peregrinaciones que, partiendo de algún templo de San Telmo y pasando por un shoping baratero, recalan for export en algún bar lustroso, como el abrigo que los muertos llevan a la tierra.

Pero sería injusto terminar así estas líneas. Porque los hombres y los bares también debían cambiar con los tiempos, como todas las cosas. La segunda mitad del siglo pasado, al tiempo que mudaba el espíritu de sus bares, también los democratizaba, cada vez más los hombres y mujeres de todas las condiciones poblaban sus mesas. Y hoy, aún cuando los constructores de utopías y los hacedores de arte se han refugiado en otros sitios, todavía nos queda el recuerdo de esos vahos de café, de esos humos irreverentes que nos regalaron las páginas más lucidas de la literatura y del pensamiento rioplatense.

* La edición 2001 del Diccionario de la Real Academia Española dice que la voz tahúr viene “del árabe takfūr, y este del armenio tagevor (¿takavor?), título de los reyes de esta nación posteriormente con valor negativo por sus difíciles relaciones con los cruzados”.

Nota: Texto revisado y corregido por el autor en marzo de 2010.


Los hombres y los sueños

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com


Dice Goethe que el sueño es “aquello que, ignorado o desatinado por los hombres, vaga durante la noche a través del laberinto de nuestro pecho”. Por su parte Coleridge anota en uno de sus libros: “Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano... ¿Entonces, qué?”(1).

Para el alemán los sueños habitan en el hombre, para el inglés el hombre forma parte del universo de los sueños. Para aquel el hombre es el continente y el sueño es parte del contenido, para éste es al revés, el hombre está contenido en el universo paralelo de los sueños (quizá ni siquiera de su propio sueño).

Los hombres suelen suscribir la cultura onírica predicada por Goethe y categorizar las historias: delante ponen las que forman parte de la vigilia, detrás las que transcurren mientras duermen. Las que ocurren en la vida vigilante son verdaderas y las que recuerdan de sus noches son ficcionales, fantasmas que los visitan sin que los hayan convocado. Las primeras quedan, como las capas geológicas que pisan, las otras pronto caen en el saco del olvido. Unas dejan su sello, las otras no.

No sé qué opinará el lector. Yo no me atrevo a suscribir esta teoría. Es más, simpatizo con la invención de Coleridge y creo que no conviene desdeñar las historias que nos visitan durante el sueño. A diferencia de los sueños, donde la voluntad está ausente y las imágenes se enlazan arbitrariamente, los hechos de la vigilia están sometidos al rigor del tiempo. Son ilustrativas las ficciones que transportan a los personajes hacia atrás o hacia adelante en el tiempo, porque en ellas toda acción del viajero puede abolir la realidad. No así, por ocurrir fuera del tiempo los sueños someten la realidad a su arbitrio y construyen historias adonde el soñador puede ser una marioneta o un espectador remiso que incorporará lo soñado al universo de sus experiencias, aún cuando después lo trabaje el olvido.

Sueños célebres y de los otros

Cuenta Liehtse que un leñador mató a un ciervo y lo escondió en el bosque. Luego olvidó el lugar donde lo había ocultado y creyendo que todo había ocurrido en un sueño lo contó en la aldea. Uno de los oyentes fue a buscar el ciervo, lo encontró y le dijo a su mujer: “Un leñador soñó que había matado un ciervo y olvidó donde lo había escondido, y ahora yo lo he encontrado”. Incrédula, la mujer replicó: “Tu habrás soñado que viste a un leñador que había matado un ciervo”. Esa noche el leñador soñó y en el sueño vio quién había encontrado al ciervo. Al despertar fue a la casa del otro y encontró al ciervo. Ambos discutieron y fueron ante un juez que, para terminar el asunto, mandó repartir la presa entre los dos. Un vendedor de especias que desde su sitio observaba todo, se preguntó: “¿Y ese juez no estará soñando que reparte un ciervo?”

Más allá del juego que propone la fábula, más allá también de la perplejidad que causa la confusión entre el mundo de la vigilia y el mundo de los sueños, la historia puede formar parte de la crónica diaria si se reemplaza el sustento onírico por el deseo del aldeano. Irrealidad por irrealidad. Así, los hombres y los sueños, las historias de la vigilia y las que vivimos mientras dormimos podrían conciliarse y Freud podría descansar de sus fatigas psicoanalíticas.

Otro sueño famoso es el que anoté para un debate del Café Filosófico Heráclito y que hace algún tiempo se publicó en estas columnas(2). Chuang Tzu soñó que era una mariposa y al despertar se preguntó si él era Chuang Tzu que había soñado que era una mariposa o ahora era una mariposa que soñaba ser Chuang Tzu. Según algunos, el intríngulis chino sólo quiere burlarse del lector, según otros quiere decir que es en los sueños donde el hombre puede buscar su identidad siempre sospechosa. Y hay quienes creen hallar en este sueño la fina sugerencia de que la existencia se desarrolla en diferentes dimensiones que trascienden el tiempo de una vida biológica.

Y el sueño de José, aquel en el que “el ángel del Señor se le aparece, diciendo: José, hijo de David, no temas de recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es. Y parirá un hijo, y llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su Pueblo de sus pecados”(3). Tamaña anunciación fue hecha en un sueño que con el correr de los siglos iba a cambiar la historia de la humanidad. Porque el advenimiento de Jesús como hijo de Dios o la creencia en ese advenimiento, cambió, primero, el rostro del judaísmo, luego dio origen al cristianismo y más tarde creó las condiciones para el nacimiento del Islam (esta vez en revelaciones sucesivas del ángel a Muhammad).

Por eso, bien puede conjeturarse que los sueños construyen la vida de los hombres tanto como sus acciones de la vigilia. Otros sueños que ha registrado la crónica han sido determinantes, pero baste con estos para ilustrar al lector.

Entre los sueños soñados por personas huérfanas de fama, merece contarse el que repetidas veces visitaba a una señora armenia que había llegado a estas costas siendo aún niña. Me decía que cuando tenía veintitantos años soñaba que no lograba casarse, que quedaba soltera de toda soltería y que sufría como una desventura esos sueños, verdaderas pesadillas que se repetían una y otra vez.

No estoy calificado para hacer una interpretación freudiana de este sueño. Sólo lo miro, considero las circunstancias personales de la soñadora y las culturales de los armenios llegados de Anatolia y ensayo esta explicación: la buena señora era dueña o víctima (¿cómo prefiere el lector?) de un atavismo que le imponía casarse o sufrir el escarnio de la soltería. Como quien sueña con la muerte que viene a llevarle o con la ingravidez o la impotencia para escapar de una acechanza, ella soñaba la vergüenza de quedar soltera. Tan fuerte era el bagaje cultural que había traído de aquellas tierras de Oriente que perforaba el día e invadía sus noches. Porque además de gobernar la vigilia, la cultura también inficiona los sueños y, entonces, la vida vigilante y la vida soñada tienen pareja entidad, ambas construyen universos superpuestos que se sostienen mutuamente.

Voy a perder el pudor por una vez y publicar un sueño que me visitó hace algunos años. Me encontraba en el cementerio buscando una entre muchas sepulturas, creo que en compañía de algunas personas allegadas. Me senté en un banco para descansar y entre plantas, flores y multitud de monumentos funerarios vi uno que llamó mi atención. Me acerqué para ver mejor y comprobé que sobre el mármol que presidía el sepulcro estaba escrito mi nombre. Miré mejor aún y vi que bajo mi nombre estaban esculpidas las fechas de mi nacimiento y de mi muerte: yo había muerto a los ocho años de edad. La experiencia onírica era vívida. Estuve de rodillas frente a esa tumba, conmovido; luego la abracé y la besé llorando. Ahí yacía mi cuerpo y el que lloraba mi muerte niña era este que soy ahora. Conmigo había un pequeñito, niño o niña no lo sé, que lloraba conmigo. Y en medio de esa congoja desperté, tardé en situarme en la vigilia, repasé minuciosamente el sueño para no extraviar ningún detalle y lo anoté así, como te lo digo ahora.

Quién sabe por qué vengo a contarte estos sueños, unos recogidos de los libros, otros de relatos y el último de mi propia hechura. Quién puede decir que estos sueños tienen alguna estatura para sobresalir de entre tantos y tantos que han soñado los hombres en su tránsito por la historia. Acaso sea banal relatarlos aquí, acaso tenga algún significado que justifique este dispendio de papel y de tinta; pero en cualquier caso es verdad que los hombres también estamos hechos de este barro que se cuece mientras dormimos.

¿Puede haber sueño sin soñador?


Si en el sueño sólo existe el soñador, si los demás personajes que lo habitan son meras ideaciones del durmiente, quizá también lo que tenemos por vigilia sólo sea un episodio solipsista en el que habita una única conciencia. De ahí que la fábula de Chuang Tzu sea perturbadora, porque tras cuestionar la realidad pone en duda el sitio que ocupa esa conciencia: ¿En el soñador o en lo soñado? ¿Es Chuang Tzu o es la mariposa? Y aún más, lleva a preguntarse si puede haber sueño sin soñador, si la construcción onírica tiene consistencia para sostenerse sin un creador. Dicho en otros términos y con dos soluciones posibles: acaso todo sea un sueño soñado por Dios en el que los personajes tienen una entidad pareja a la categoría del soñador o, acaso, no exista ningún soñador y todo sea arbitrario, como lo es el desarrollo de los sueños mismos.

(1) El texto me llega de Borges, Otras inquisiciones, Buenos Aires, Emecé 1996, pág. 22.
(2) E.D., Chuang Tzu y la mariposa, Armenia, ed 13152 del 05.10.06.
(3) Mateo 1. 20-21.

Texto revisado y corregido por el autor en febrero 2010.

Los hombres y las casas

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

Antes de recorrer este camino –conjetural como todos los de esta serie, con más interrogantes que certezas y transitado por bastantes fantasmas y alguno que otro hombre con carnadura- quiero anticiparle al lector que cuando hablo de casas lo hago en su sentido más amplio, aún más que los muchos que le da el diccionario de la lengua en sus diferentes acepciones. Cuando hablo de casas estoy hablando de aquellos lugares reales e imaginarios, tangibles y virtuales que les dan alojo a los hombres y a sus anhelos. Transgredo el buen decir y nombro casa a todo aquello que le pone un límite al espacio y le ofrece contención a los hombres. La casa habitación, el cobertizo, la caverna, el granero, el templo, el castillo. Todas estas son casas, como lo son también los huertos y los corrales, el apostadero en el camino y la celda donde se recluye y atormenta al enemigo.

En tal sentido las casas son los primeros espacios que los hombres poseyeron, y sólo cuando el desarrollo de los medios de labranza permitió explotar la tierra, se adueñaron también de los espacios abiertos. Y hoy, cuando la navegación aérea y espacial está en pleno desarrollo, los hombres se apropian de las llamadas rutas aéreas para sus aviones y también quieren hacerlo con el espacio extragravitacional, más allá de la tierra.

Así, desde los rigores del clima hasta la vana presuntuosidad, desde la búsqueda de seguridad hasta el anhelo de levantar altares para adorar a sus dioses, muchos afanes han movido a los hombres para construir sus casas. Y las oquedades de las montañas y los refugios prodigados por el azar también sirvieron a los hombres para morar en ellos o para guardar sus alimentos o los artificios para la guerra.

La tumba de Nasreddín

Otra función cumplieron las casas: reunir a los hombres dentro de unos muros y bajo un mismo techo para albergar al clan y más tarde a otras clases más avanzadas de sociedad, hasta llegar a la familia poligámica primero, monogámica después y finalmente a la nación. Porque la nación es otra forma de casa, la que contiene a todos los hombres que comparten una misma cultura, una misma vocación y unas mismas leyes.

Los hombres han construido casas para cumplir la voluntad divina (Arca de Noé, templos, totems) y también para desafiarla (Torre de Babel). Han construido y todavía construyen casas para abrigarse, para reproducirse y para conservar el pan que comerán mañana; también para guardar las armas con las que matarán a otros hombres. Los hospitales y los orfanatos, los comedores y las escuelas son casas, los prostíbulos y los arsenales también. El disco duro de un computador guarda el saber que los hombres acumularon a lo largo de su historia, como una casa cuya puerta está cerrada con siete llaves para que nadie la viole.

Ahora viene a mi memoria el testamento del Maestro Nasreddin. Quiso él que su sepultura (su morada final, su última casa podría decirse) fuera ornamentada con una puerta grande y robusta, clausurada con cerrojos inviolables. Y así se hizo a su muerte. Y según fue también su voluntad nada había en torno a esa puerta, ni siquiera paredes. Aún hoy la sepultura existe en el cementerio de Aksehir. ¿Qué quiso significar Nasreddín con tan curiosa decisión póstuma? Quizá burlarse de la vanidad humana, quizá denunciar la estupidez de aspirar a tales honores, de los que era deseoso el hombre de entonces (y el de ahora). De cualquier manera una cosa es cierta: la megalomanía ha ido creciendo con la edad de los hombres, y si antes se manifestaba en los grandes monumentos funerarios y en los fastos, hoy se expresa en registros binarios que construyen unas casas intangibles más dúctiles que las otras.

Las muchas clases de casas que los hombres levantaron a lo largo de la historia han ido mudando sus características, sus funciones, también su estética. Pero las que se destinaron a satisfacer razonablemente sus necesidades cambiaron menos que las que se aplicaron a satisfacer su vanidad. Unos muros y un techo resumían y resumen todavía la casa habitación de un núcleo social primario, digamos de una familia. Algunas habitaciones con más o menos enseres y servicios concluyen la obra. En cambio las casas consagradas a los dioses o a la guerra han cambiado notablemente. Hasta hace unos pocos miles de años (poco en la historia de la especie humana, poco en la historia de sus casas) el culto a la divinidad y el oficio de la guerra se practicaban en lugares que no diferían de los refugios cotidianos. Pero ya en el Egipto de los faraones la construcción de lugares de culto se fue diferenciando. Los monumentos funerarios y religiosos fueron cobrando importancia, creció su tamaño y su ornamento fue cada vez más ostentoso. Después corrieron parecida suerte las casas para la guerra: he ahí los muros de los que me ocupé en el primer artículo de esta serie* y los invulnerables arsenales que desafían la paz y amenazan barrer con fuego el rostro de la tierra.

Esas casas concentran, las primeras, los más grandes tesoros y los más estupendos lujos y primores del arte pictórico y escultórico; las segundas, todo el poder necesario para gobernar el mundo o para destruirlo. Esas casas cuestionan todo el empeño humano de ponerle límites al espacio, al menos al que necesitan los hombres para hacer amable su vida. El sufí lo sabía y por eso hace siete siglos nos gastó su última chanza y nos enseñó que la vanidad puede llegar más lejos que el hombre mismo, hasta ornar su propia tumba.

La venganza de Babel

Las casas que los hombres hicieron y las que la naturaleza les prodigó, como todas las cosas materiales que pueblan el planeta, son prisioneras de la gravedad. Pero los hombres que antaño vivían con los pies apoyados sobre la tierra, unos junto a otros en una topografía horizontal, un día se sublevaron y comenzaron a vivir unos sobre otros, en centenares de suelos. Desafiaron la horizontalidad newtoniana y se lanzaron hacia arriba, más allá de su propia estatura. Las casas empezaron a rascar el cielo y cobraron venganza por los desdichados habitantes de Babel.

Confieso que hay algo de juego en estas reflexiones, algo de divertimento y de escepticismo. Quizá también la oculta intención de excusarme por ignorar quiénes habitan en los pisos altos y bajos de mi casa vertical. Pero las casas que los hombres construyeron para honrar a sus dioses y para guardar sus máquinas de guerra no tuvieron la misma evolución. Conservaron su disposición horizontal, pegadas a la tierra madre. Es que en ellas la presuntuosidad humana no necesitó desafiar la gravedad: le bastó con invocar el poder divino y la fuerza de las armas.

La casa de fuego


Si el lector me acompañó hasta aquí, es justo que le premie con alguna digresión.

Hace más de medio siglo (a mis años puedo hablar así para afectar sapiencia) con mis amigos recorríamos el mismo camino que fatigaron los hombres al construir sus casas. Unas las hacíamos en los fondos de las casas que edificaron nuestros padres, con sillas y mantas, y ahí practicábamos el más importante oficio de los humanos: jugar. Las otras las hacíamos cada invierno cuando se aproximaba el día de San Pablo y San Pedro. Tras juntar trabajosamente los leños y las ramas que arderían en la hoguera, llegado el día armábamos la enorme pira que remataba en un muñeco de trapo. Esa pira festiva tenía un habitáculo adonde nos reuníamos en los momentos previos a la quema, una casa que pronto ofreceríamos al fuego pagano para iluminar el cielo del Bajo Flores armenio y cocer las papas y batatas que premiarían nuestro esfuerzo.

Aquella catedral de ramas y hojarasca era la casa que sabiamente construíamos los niños de entonces, efímera como todas las cosas humanas, sin más presuntuosidad que la del monigote puesto en la cumbre, que ardería por fin y sería ceniza como todo lo que ocurría la noche de cada 29 de junio.

Y así, con esa quema ritual iniciábamos un nuevo ciclo, una nueva espera que al año siguiente culminaría en otra hoguera. Y en otra más. A diferencia de los adultos que en su pretensión de detener el tiempo construyen sus casas para siempre, aquellos niños que fuimos renovábamos el ciclo de la vida. Como los napolitanos que cada año nuevo tiran por las ventanas los trastos viejos como un ritual propiciatorio que quiere resucitar el tiempo.

* Ver “Los hombres y los muros”, Armenia, ed. 13139 del 6 de julio de 2006.
Texto revisado y corregido por el autor en diciembre de 2009.

Los hombres y las leyes

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

Creo que alguna vez relaté la fábula de aquellos hombres que encontraron una bolsa repleta de nueces y al no ponerse de acuerdo para repartírselas acudieron al Maestro Nasreddín para que él lo hiciera. Les preguntó el Maestro qué Ley querían que les aplicara, la de Dios o la de los hombres, y todos eligieron la Ley de Dios. Entonces Nasreddín le entregó unas pocas nueces a uno, el resto se lo dio a otro y a los demás les dejó con las manos vacías. Al reprocharle éstos por su decisión, el sabio explicó que es así como Dios reparte los dones, que quizá otro sería el resultado si elegían la Ley de los hombres.

He querido volver sobre esta historia porque, al sernos familiar, puede acercarnos al tema que hoy ofrezco a la consideración del lector: el hombre en relación al universo de leyes que lo rodean. Un universo que por ser arbitrario es más complejo y, si se quiere, más rico que el cósmico. Un universo en el que caben las leyes físicas, morales y religiosas, las del mundo y las del ultramundo, las escritas y las que ha consagrado el uso, las que rigen sobre todos los hombres y las que sólo a algunos se aplican.

Claro que el tema debe mirarse sin escrúpulos leguleyos y con amplitud de miras, para ver qué lugar ocupan los hombres en esa jungla de leyes que los protegen unas veces y los asfixian otras. Y también debe mirarse con profundidad para saber cuál es el linde de lo justo al transgredir las leyes. Porque no se trata de alentar la anarquía y tampoco de resignarse al rigor de los elementos, por eso conviene saber cuál es el límite de la fuerza que podemos ejercer sobre los mandatos y cuál el ámbito de la libertad que consiente nuestra naturaleza. En suma, se trata de trazar con alguna certeza las fronteras de la voluntad y, si es posible, extenderlas más allá de la propia piel, hasta donde sea lícito.

Libertad y seguridad

He aquí el dilema que han afrontado los hombres a lo largo de su historia: todo lo que han ganado en libertad lo han resignado en seguridad, y toda conquista en materia de seguridad ha estrechado los límites de su libertad. En las antiguas balanzas de dos platillos no puede uno subir si no baja el otro; en el toma y daca de los mercachifles la bolsa de uno engrosa tanto como adelgaza la del otro. Libertad y seguridad no son opósitos, lo sabemos, pero no se toleran una a otra sino con unos límites, con unas leyes. Son las leyes que trazan las fronteras de los hombres, las que les castigan con alguna penalidad cuando las infringen.

Estas leyes son de diferentes clases y aquí voy a hablar de tres de ellas: las que vienen de la física, las que nos impone la biología y las que resultan de la voluntad y del imaginario colectivo.

Las ciencias físico-matemáticas y sus subespecies, la astrofísica y la física nuclear, enuncian un conjunto de leyes que algunas veces no pueden ser resistidas por los hombres y otras veces sí. La ley de gravedad, por ejemplo, no puede ser derogada, pero el hombre ha podido resistirla con la balística y la aeronavegación. Las leyes que rigen las estructuras atómicas y subatómicas están más allá de todo gobierno, pero la ciencia las utiliza poniéndolas al servicio de la medicina, de la generación de energía y de las actividades militares.

Por su parte, las leyes de la biología remiten al ciclo de nacimiento, desarrollo y muerte. La ciencia moderna ha logrado controlar algunas etapas de este ciclo, modificando el primero (en la producción agroganadera, en el control de microorganismos, etcétera). La instancia del desarrollo también ha recibido los parabienes de la ciencia, y la medicina es un ejemplo de ello. Y el ciclo final, el de la muerte, se ha retardado notablemente.

Estas son leyes que se explican por la necesidad de un orden, de un equilibrio cósmico y biológico y no pueden ser derogadas; tan sólo pueden encausarse en algunos casos, sin modificar su ciclo.

No así, las leyes sociales (morales, religiosas, jurídicas) encuentran su fundamento en el interés que tienen los hombres de organizar sus relaciones mutuas. En todos los casos son creaciones humanas, productos de la historia e hijas del arbitrio. Por eso mudan a lo largo del tiempo y en cada lugar del planeta, y con frecuencia plantean cuestiones de difícil resolución sobre las cuales hasta el fin de los tiempos debatirán los teólogos y políticos, los moralistas y relativistas, los jusnaturalistas y positivistas. Así y con todo, son asuntos que consienten algunas reflexiones comunes porque presentan, como dije antes, un rasgo: el de la puja permanente entre libertad y seguridad.

En tal sentido, las leyes sociales, sean mundanas o divinas (Código de Hammurabi, mandamientos que Moisés bajó del monte, El Corán, cualquiera de las normas del derecho moderno), construyen un marco dentro del cual los hombres habitan con más o menos contento, pero con chances de transgredirlo. El soldado con su fusil y el aviador con su máquina de volar pueden resistir la ley de gravedad pero no abolirla; el enfermo puede diferir su muerte pero no evitarla para siempre. En cambio, cualquiera de ellos puede transgredir las leyes de la moral, de su religión o del sistema jurídico y nunca más cumplirlas; aún más, puede derogarlas por el uso o por un acto de voluntad colectivo.

En este tríptico normativo la especie humana encuentra los límites de su vida, lo que equivale a decir que encuentra las fronteras de su libertad, la barrera última de sus afanes. Pero con la advertencia de que cuando consigue controlar o abolir unas leyes, otras vienen a reemplazarlas estrechando más y más su albedrío.

Paradojas, siempre paradojas


Creo que el gusto por la vida viene de su naturaleza paradojal. Suelo decir que aún cuando los hombres se saben mortales, se aferran a la vida y a nada resisten tanto como a la muerte. Quizá es por esta razón que la ciencia busca sin descanso derribar sus propias fronteras, que son las fronteras de la ignorancia, en procura de una quimera, la del saber, la que Platón puso en boca de su maestro. Sócrates, a diferencia de los otros habitantes de la polis, sabía que no sabía, y esa única ciencia alentaba su espíritu inquisidor.

El tiempo es el más prolífico constructor de paradojas. Desde los primeros registros de la historia hasta las más modernas inquisiciones de la filosofía y de la ciencia, los hombres han construido sus paradojas con la sustancia del tiempo. Aún más: han vivido quitando de aquí para agregar allí, siempre combinando dosis variables de libertad y de seguridad, como alquimistas que buscan la fórmula final a sabiendas de que es una quimera. Y así, mientras se resignaron a las leyes de la naturaleza, jugaron a ser dioses con las otras leyes, creando nuevos órdenes y aboliendo los viejos.

Lo digo en otros términos: el título de estas anotaciones anuncia por sí mismo una paradoja, la del hombre que anhela la libertad pero construye y reconstruye el cerco que la limita. Como el niño que trabajosamente edifica un palacio con la arena de la playa y pronto lo destruye, como el que junta heredad sobre heredad y termina siendo esclavo de ellas, en todas las edades de la historia el hombre ha construido paradojas. Y la mayor de ellas es la de las leyes.

Nota: Texto revisado y corregido por el autor en noviembre de 2009.

Los hombres y los muros

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

Territorios, culturas y lenguas diferentes han separado a unos hombres de otros. Dioses de una y otra clase los han enemistado; mares, ríos y montañas los distanciaron por siglos. Con frecuencia los hombres y los pueblos han transitado la historia recelándose, guerreando y cometiendo atrocidades, algunas de las cuales registra la memoria y otras cayeron para siempre en el saco del olvido. Y para conjurar estas cosas, desde antiguo los hombres han construido muros que los separan de los otros hombres, sin mirar que la humanidad es, precisamente, el conjunto de seres que se reconocen mutuamente.

El hombre no es hombre si no comparte el pan, la tierra, la cultura; en suma, si no comparte la vida con su semejante. “El individuo que rechaza el nexo social, la relación con el otro, dice Marc Augé, ya está simbólicamente muerto”. Igual ocurre con las sociedades cuando se encierran entre muros y rehúyen la relación y el intercambio con los otros. Y en tiempos de hipercomunicación y de migraciones frecuentes es grave que esto ocurra. Peligroso, además.

Los hombres

Lo dicho. El hombre no puede aislarse sin arriesgar su propia condición. Es hombre porque es relación, parte de ese conjunto que la lengua de los españoles ha dado en llamar sociedad. El obispo Berkeley lo enunció magníficamente: “Ser es ser percibido”, dijo. No voy a ensayar aquí unas filosofadas que quizá el lector no consienta. Ni voy a recorrer los caminos siempre sospechados de la metafísica. Voy a decir que así como el hombre no puede pensarse sin una referencia que sea otro hombre, las sociedades no pueden transitar la historia sin espejarse en otras sociedades, sin sentir la suave aspereza de las otras culturas.

Cuando Moisés le preguntó a Dios por su nombre, Él le respondió: “Yo Soy El Que Soy”. Dice Borges que Dios no quiso decir su nombre porque quien poseyera la palabra que lo designa también le poseería a Él. Quizá. Yo conjeturo que al guardar su nombre, Dios no condescendió a ser hombre, no se avino a una relación que por fuerza lo hominizaría. Una lucubración que no viene de la filosofía, quizá sí de la mitología, pero que en cualquier caso nos pone sobre aviso de que ningún hombre es sin ser pensado. Se trata de comprender que la condición humana viene de la sociabilidad, y también que cada grupo social no puede pensarse sin una referencia universal. Sobre todo hoy, cuando los hombres, tras sortear las barreras de la naturaleza, tras saltar sobre los muros que ellos mismos construyeron, están aboliendo las fronteras inmateriales, las únicas que restan para que la familia humana sea sólo una.

Los muros I

Una ligera alusión a las barreras de la naturaleza y a los muros que edificaron los hombres nos permitirá visualizar mejor el tema. De océanos y montañas, de desiertos y otras arideces poco hay que decir: la geografía nos ilustra con holgura y la historia nos dice cómo los hombres sortearon esos obstáculos y se aplicaron afanosamente a construir otros, fruto de su industria.

Ignoro cuáles fueron las primeras barreras que hizo el hombre, pero la más emblemática de la antigüedad es la Gran Muralla China. Construida durante 1000 años a partir del siglo III a.C., recorre 7.300 km. de Este a Oeste. Esta obra consta de una serie de muros que protegían al imperio de los nómadas xiongnu de la Mongolia y de Manchuria.

El Muro de Adriano, de 117 km. de longitud, construido entre los años 122 y 132 d.C. para defender al territorio britano de los pictos, resultó inútil y otra muralla, la de Antonino Pío, fue la que cumplió ese propósito. Y con el nombre de Danevirke se conoce la muralla danesa de 30 km. que en el año 808 empezó a construir el rey Godfredo para defenderse de los francos.

El llamado Muro de Berlín (o de protección antifacista, en la versión RDA), de unos 150 km. de longitud, separó a ambas Alemanias durante 27 años. Primero de alambre de púas, luego fue de concreto con tela metálica, alarmas, trincheras, trescientas torres de vigilancia y treinta bunkers.

En 1983 comenzó a construirse la Muralla Marroquí, un conjunto de ocho estructuras que suman 2500 km. con bunkers y campos minados, para proteger los territorios ocupados por aquel país. También en África, la Valla de Ceuta fue construida por España con alambre de dos filos a un costo de 30 millones de euros.

El muro que Estados Unidos construyó en su frontera con México, ornado con 3000 cruces que recuerdan a otras tantas personas que perdieron su vida al intentar cruzarlo, discurre a lo largo de la frontera Tijuana-San Diego con bardas de contención, iluminación, detectores electrónicos, sensores y equipos de visión nocturna. Un sistema de comunicaciones y una flota de helicópteros artillados completa la barrera.

Y el Muro de Cisjordania (barrera de seguridad, en la nomenclatura israelí) está haciéndose hoy mismo con vallas, alambradas y tramos de hormigón de hasta siete metros de altura. Un severo control militar y sofisticados sistemas de reaseguro completan el sistema.

Otros muros se han construido aquí y allá, pero en homenaje a la brevedad omito su mención.

Los muros II


Con parecidas justificaciones pero con recursos diferentes, las sociedades modernas levantan nuevas barreras para separar a unos hombres de otros. Son las barreras electromagnéticas, informáticas y arancelarias que no pueden derribarse con las armas de antaño. Son los escudos comunicacionales que travisten los acontecimientos, las espías informáticas que todo lo exponen ante los ojos del amo. Esta clase de muro es invisible a los ojos, pero al igual que los otros pretende parcelar el universo humano. Esta clase de muro, que en algunos casos coexiste con los otros, quiere abolir las libertades que la humanidad conquistó a partir de la Revolución Francesa, y los derechos sociales que con tanto esfuerzo se impusieron a lo largo del siglo XX.

Guerra de las galaxias, subsidios agroindustriales, embargos y bloqueos comerciales, operaciones de dumping y endeudamiento forzado, son algunas de las formas en que se manifiesta esta clase de amurallamiento posmoderno. Aún más: el desarrollo simultáneo de los medios de comunicación masiva y de las disciplinas vinculadas al psiquismo humano, hoy permiten inducir las conductas y forzar los hábitos de las sociedades, de manera de orientarlas en una dirección contraria a sus propios intereses. Sofisticaciones que permite el desarrollo de la tecnociencia y que, en último análisis, obran sobre las sociedades como los antiguos muros. Los más de siete mil kilómetros de la Gran Muralla China no rodean el mundo. Las barreras comunicacionales, sí.

Paradoja

¿Cómo puede una humanidad ilustrada edificar su morada y, al mismo tiempo, alentar el encono en los extramuros? ¿Cómo el tener se ha vuelto preeminente sobre el ser, la posesión más importante que la condición? ¿Qué nos hace pensar que las diferencias que quieren consagrar los muros priman sobre las semejanzas que nos anuncia nuestra naturaleza?

Quizá pueda argüirse que el universo humano (y, entonces, sobrehumano y subhumano) siempre fue categorizado, escalafonado. Sobre el hombre estaban los dioses y semidioses, los espíritus de los ancestros, los elementos de la naturaleza, los seres que creaba la cosmogonía; y por debajo estaban las otras especies y también los congéneres menos dotados para el trabajo, para la guerra, para el entendimiento. Quizá estas cosas le han llevado al hombre y a las sociedades a segregarse. No lo sé. Y porque no lo sé, sólo puedo mirarlo como una paradoja.

En cualquier caso, de todas las paradojas ninguna remeda la de los muros. Desde Zenón de Elea hasta Schrödinger, todos pueden explicar esta clase de proposiciones. Pero los hombres que levantan muros de una y otra clase, no. De las contradicciones que mueven la historia de la humanidad, ninguna es tan malévola como la de los muros. Los muros, esas cosas hechas con tanto afán, son, en efecto, la gran paradoja que la humanidad no ha podido resolver todavía.


Nota: Texto revisado y corregido por el autor en octubre de 2009.