Los hombres y los dineros

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com


Cierta vez escribí un artículo bajo el título El hombre y el dinero. En él aventuré la utopía de un mundo donde no existe el dinero. Porque, dije entonces, de ser ello posible quedará abolida la explotación de unos hombres por otros y la humanidad en su conjunto aplicará toda su energía a asuntos concordantes con su naturaleza, aproximándose a la meta de la felicidad(1).

La difusión que los medios le dieron a ese artículo no me halagó menos que las reacciones a favor y en contra que suscitó. Unos suscribieron con entusiasmo aquella ensoñación y celebraron la chanza que le sirvió de sustento, la de imaginar el paraíso prometido como un lugar igual a este mundo, con la sola diferencia de que ahí no existe el dinero. Otros me reprocharon el dislate por ser impracticable, imposible de ser trasladado a la realidad. Y los más dijeron que si fuera abolido el dinero otros artificios vendrían pronto a reemplazarlo. Creo que estos últimos no comprendieron el sentido utópico de mi presagio.

Pero puede acompañarme tranquilo el lector porque hoy no vengo a defender aquella divagación. Vengo a hablar de los hombres y los dineros, entendiendo por dineros a esas invenciones de los hombres que tienen, al decir de Fernando Savater, la diabólica capacidad de reproducirse a sí mismas. Y el plural me sirve para abarcar todas las formas de esa invención, las que valen por sí y las que valen por lo que simbolizan, las de metal y las de papel, las tangibles y las intangibles, las de distintas denominaciones y variados valores y las que circulan como común denominador del poder. El peso, la libra inglesa, el marco alemán, el yen, el moderno euro comunitario y el entrecano dólar, omnipresente y todavía todopoderoso. Y aun otras curiosas formas de dinero que mencionaré brevemente.

Los dineros y las virtudes

El diccionario de la lengua, en su quinta acepción, define la virtud como integridad de ánimo y bondad de vida. Nombra a la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza como las cuatro virtudes cardinales; y nombra a la fe, la esperanza y la caridad como las tres virtudes teologales.


El ejercicio que hoy me he propuesto quiere hallar una relación entre esas virtudes y las varias clases de dinero que desvelan a los hombres. Quiere averiguar si este motor de la vida, que es el dinero, tiene alguna familiaridad con las cualidades que tenemos por buenas, o si, por el contrario, conspira contra ellas.

¿Pero no es excesivo hablar de virtudes cuando lo que se quiere saber es qué relación existe entre los hombres y los dineros? La pregunta no puede ser respondida sino con alguna audacia. Desempolvar el espejo para que nos devuelva una imagen fiel de nuestro rostro es importante en esto. Si nos apeamos del vértigo no tardaremos en ver la íntima relación que existe entre el dinero y las virtudes teologales, aquellas cuyo objeto es Dios, según lo dice el diccionario y lo predican los doctores de la Iglesia. Porque la fe, la esperanza y la caridad han mudado su paradero y hoy se hospedan en la misma casa donde el dinero ocupa el cuarto más amplio.

La modernidad nos impone aceptar el dominio del dinero como un artículo de fe. La revelación divina que predicaban los santones y los teólogos hoy se ha devaluado, y el dinero, en sus múltiples formas, es objeto de las mayores devociones. La esperanza, por su parte, es un estado de ánimo que nos presenta como posible lo que deseamos (¿qué dones esperamos que Dios nos conceda que no se adquieran con dinero?). Y la caridad, “amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a nosotros mismos”, ¿no resulta irrisoria en esta estación de la historia y de este lado del mundo?

Quiero que el lector me entienda: no estoy cuestionando las virtudes teologales ni juzgando a los hombres, ni siquiera a su invención más ilustre, el dinero. Estoy señalando el hecho de que éste ha ocupado un lugar eminente en la vida moderna, aun más eminente que las propias virtudes. Y entonces la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza, virtudes que otrora eran tenidas por cardinales, hoy son tributarias de los dineros que se acumulan aquí y allá, a la vista o soterrados, tangibles o virtuales, que calientan como el sol pero, a diferencia de él, sólo lo hacen en algunos feudos. Y el dólar norteamericano, canon del dinero, lo hace en nombre de Dios: In God we trust reza en una de sus caras, nosotros confiamos en Dios.

El oscuro George Gissing

Merece leerse esta cita de Bertrand Russell, filósofo, matemático y pacifista inglés.

“Entre los muchos novelistas sombríos de la escuela realista, acaso el más lóbrego sea Gissing. Como todos sus personajes, vive bajo el peso de una gran opresión: el poder del temido y, sin embargo, adorado ídolo del dinero. Una de sus novelas típicas es ‘El rescate de Eva’, donde la heroína, con varios subterfugios vergonzosos, desprecia al hombre pobre a quien quiere, para casarse con el hombre rico, cuyas rentas desea aún más. El pobre, dándose cuenta de que las rentas del rico le proporcionan a la joven una vida mejor y de más categoría que la que podría proporcionarle su amor, decide que ella obró muy bien y que él merece ser castigado por su falta de dinero(2)”.

Dice Russell que el dinero domina a los hombres y exige de ellos una impersonal adoración, y que esa adoración va unida a la conciencia de derrota interior. Y concluye: “En el mundo moderno, en general, la miseria de la vida es lo que ha promovido la religión de los bienes materiales, y la religión de los bienes materiales ha acelerado, a su vez, la miseria de la vida con la cual medra”.

“Q” se ha dado en llamar a una especie de moneda virtual que está amenazando a la moneda tangible de la pujante China. Su valor es parejo al del yuan, lo que representa 0,13 dólares ó 0,10 euros (según cotización que ya no es nueva), y es usada para la compra de servicios y productos por medio de Internet. Tal es la salud de que goza esta divisa que ya se la utiliza en las transacciones corrientes y hasta para el pago de salarios en algunos casos, lo cual ha decidido al Banco Popular de China, que oficia de organismo de regulación monetaria, a controlar su uso. Creo que este ejemplo, traído de un país que promete ocupar el centro de la economía mundial en una o dos décadas, ilustra sobre la potencia del dinero en sus diferentes formas.

Desde luego, para tener una idea acabada del dominio que ejerce el dinero sobre los hombres debemos hablar de los canales por los que fluye y de cómo su hiperconcentración ha trazado una nueva geografía del poder, relegando a la democracia a un ejercicio poco más que ritual. Pero esos son asuntos políticos que me he propuesto soslayar en estas anotaciones. Vamos, pues, a cosas más amables.

La capa de Nasreddín


Cuenta la leyenda que Nasreddín entró sigilosamente a palacio y ocupó un lugar en la mesa donde se servía un banquete. Como sus ropas eran pobres y raídas nadie se dignó saludarle ni sentarse cerca de él. Entonces fue a su casa, se vistió con una primorosa capa bordada con finos hilos de oro y volvió a palacio para ocupar el mismo sitio. Y todos se acercaron a él pujando por ocupar los asientos más próximos y le saludaron con reverencia. Y él se preguntó: ¿sabrán estos señores que es mi capa la que merece tales honores?

Así, el dinero ocupa un lugar eminente entre los hombres. Es objeto de adoración quienquiera lo posea y comoquiera que haya sido obtenido. El dinero es el asiento del poder y el instrumento de dominación en todos los ámbitos, desde el familiar hasta el comunitario, desde el nacional hasta el mundial. Es la cosa por antonomasia, el mayor de los atributos, el gran disimulador de fealdades. También el ornamento de los altares donde se elevan plegarias a los dioses. El dinero es la capa que a Nasreddín le hizo merecedor de halagos y reverencias.

¿Qué otras historias habría inventado ese viejo maestro que visitó el mundo hace ya siete siglos si hubiera conocido los dineros que se atesoran en minúsculos chips bajo la especie de números binarios? ¿Qué enseñanzas nos habría dejado si supiera que alguna vez tendríamos dineros de la misma sustancia que nuestras almas, intangibles, invisibles, que tan pronto están aquí como ahí, que recorren el planeta en el tiempo que dura un parpadeo?

(1) El artículo fue publicado el 23 de junio de 2000 en Heráclito Filosofía y Arte y de ahí lo tomaron otros medios de lengua hispana.
(2) Bertrand Russell, Escritos Básicos - La propiedad, Editorial Planeta, Barcelona 1985, T. II, p. 423, trad. Aníbal Froufe.
Nota: Texto revisado y corregido por el autor en julio de 2010.

Los hombres y las sombras

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

Una duda me asaltó cuando decidí escribir este artículo. Vacilé entre dos títulos aparentemente contradictorios, Los hombres y las luces y Los hombres y las sombras. De seguir el dictamen de Albert Einstein –“La luz es la sombra de Dios” (Lux umbra Dei, lo bendijo alguien en latín)- me habría inclinado por el primero, pero preferí el título más profano porque, vanidosamente, me permitía recordar algunos cuentos breves que escribí hace ya unos años. Por lo demás, prefiero poblar estas columnas con conjeturas antes que con los difíciles cálculos de aquel sabio.

Tengo otra razón que me hizo preferir las sombras. Cuando era niño sentía un particular interés por ellas, hacía mil malabares para burlarme de mi sombra pero siempre era ella la que se burlaba de mí. Entonces decidí que cuando fuera grande vencería aquella obstinación que solía meterse debajo de mis zapatos. Y me hice grande. Primero, a favor de mi deseo, luego, a pesar de él. Y finalmente me resigné a pactar con mi sombra: mientras ella se obstinara en aprisionarme yo seguiría ensayando mis alegorías. No fue una comunión sino una división lo que pactamos.

Pero antes de explicarte cómo fue eso, déjame decirte, lector, que muchos fatigaron sus plumas escribiendo sobre cosas parecidas. Unos imaginaron el alma bajo la especie de una sombra, otros soñaron un mundo habitado sólo por sombras y hay quienes dijeron que en el paraíso que nuestros padres comunes perdieron por causa del pecado no existían las sombras. El mismísimo Platón predicó que todo cuanto conocemos son sombras de realidades que transcurren a nuestras espaldas. Pero ninguno de ellos, que yo sepa, pactó con su sombra.

Con toda la irreverencia de que soy capaz, ignoraré esas famas y traeré a estas columnas aquellas de mis invenciones que son hijas del pacto.

La sombra y el viento

En un cuento que escribí hace algunos años premedité una teoría de las sombras. Este es su texto resumido:

Cuando el viento cesaba el hombre podía descansar de sus fatigas. Pero eso ocurría pocas veces porque en aquellos parajes el viento era incesante, impiadoso. Si soplaba desde el interior de los campos, su sombra se extendía sobre la playa, y si venía del mar, su sombra se recostaba en los campos yermos. El viento cálido del norte arrastraba su sombra hacia el sur. Y así, siguiendo los caprichos del aire inquieto, el hombre tenía que soportar sobre sus piernas la fuerza de esa sombra que quería desprenderse y volar por sus fueros.

Por eso, en los raros días de calma él y su sombra eran uno. Sólo él era visible, su sombra no. Al mediodía, por ejemplo, cuando las gentes deambulaban pisando la mísera sombra que había bajo su carnadura, él andaba con su umbrosa compañera ora a izquierda, ora a derecha, atrás o adelante, más o menos larga según fuera el viento. Y en los atardeceres calmos, cuando todos proyectaban unas sombras de parecida longitud semejando un universo de seres paralelos, él andaba solo, quizá con la sombra metida en su pellejo, quizá sin ella, no lo sé.

Y un día, no hace muchos meses, el hombre partió. A nadie le dijo adonde iba, tampoco si regresaría. Y desde entonces ningún viento sopla en esos parajes, ni la más leve brisa acaricia los rostros de sus habitantes. Se fue y se llevó el viento consigo. También su sombra.

Quizá a estas horas Platón me está regañando, quizá los lectores más severos retiren el poco crédito que alguna vez me concedieron. Puedo cargar ese reproche y este recelo, pero no podría cargar la mirada extranjera de aquel niño que fui ni el oprobio de violar el pacto que hice con mi sombra.

Mi partida

En otro cuento subordiné la sombra a la muerte. Dije, más o menos, estas cosas:

- No regresarás jamás.

No contesté. Y transitamos juntos el camino de tierra. En silencio anduvimos durante una hora cruzando tranqueras hasta llegar al almacén, una típica posta de campo con palenque y cancha de bochas a uno y otro lado de la puerta. Adentro, un mostrador donde los paisanos se acodan para beber y conversar, o guardar, simplemente, silencio. Y tras el mostrador, Zoilo, incapaz de regalar una sonrisa. Más allá, un mozo bien ataviado alardeaba de su participación en la carrera de sortijas del pasado domingo.

Más tarde, picados por la ginebra y abrazados por la noche tibia, nuevamente en silencio desandamos el mismo camino, rumbo a las casas. Y cuando hubimos traspuesto la tranquera principal, repentinamente se detuvo.

- Ya es tiempo de que partas –me dijo.

- Quiero estar más tiempo contigo –respondí-. Ahora que conozco el camino quiero quedarme para encender la lámpara en las noches y apagarla con el alba.

- Debes partir, es tiempo.

Su voz, serena pero imperativa, no impidió que insistiera una vez más:

- Es que..., me has dicho que no regresaré.

- No regresarás.

- ¿Y qué haré con mi nombre? ¿Quién heredará mi sombra? Dime, al menos, que podré llevar mi sombra.

- Partirás sin tu nombre –dijo-. La noche guardará tu sombra.

Y luego me ordenó:

- Mírame al rostro.

Alcé los ojos y lo miré. Era yo. Y aunque era noche de luna, cuando volví mis ojos al suelo vi que mi sombra ya me había abandonado.

A decir verdad, es difícil saber si mi sombra me había abandonado o si yo la había abandonado a ella. Difícil decir de qué lado de la vida (de la muerte) estábamos una y otro. Pero una cosa es cierta: ese misterioso paseo, esos alcoholes baratos que bebimos juntos y la noche joven que nos envolvía fueron propicios para que ambos cumpliéramos el pacto.

Herzog

Aún a riesgo de ser iterativo, vuelvo sobre aquel personaje del filme de Werner Herzog que tanto me impresionó. El hombre quería saltar sobre su propia sombra: una y otra vez lo intentaba, una y otra vez fracasaba. Sin duda Herzog milita entre quienes creen que la sombra es un atributo inescindible de la cosa, del hombre en este caso. Yo hubiera esperado que él, que alguna vez se atrevió a cruzar una montaña en barco, le permitiera al ebrio saltar por encima de su sombra.

No sé si la luz es la dueña de la sombra o si lo es la muerte, si debo dar crédito a la historia del viento o a la del que perdió su sombra entre los vahos del alcohol. Pero una historia me pide que le crea: es la de Caperucita que se encontró con el viejo Heráclito, el que llora, en algún lugar del tiempo, para que la instruyera en las cosas de la vida. En el río que fluye y no es el mismo, en el fuego que se enciende y se apaga, en la noche que sigue al día. Y cuando la niña aprendió estas cosas, el viejo se la confió a Demócrito, el que ríe, para que la ayude a recorrer la vida sin pesadumbre. Sombras que no nos prodigó la luz ni el viento, tampoco la muerte o su residuo, el alma, sino la imaginación. Sombras que nos visitan cuando somos sabios y que nos abandonan tan pronto la adultez nos devora.

La creencia de que cada sombra pertenece a una cosa me parece arbitraria. Y creo que su arbitrariedad viene de concederle a la luz un lugar principal en el universo. Ya lo dije antes: ni el mismo Einstein pudo eludir esta creencia y dijo lo que dijo sobre la sombra de Dios. Aún más, en sus teorías le asignó a la luz y a la velocidad con que se desplaza en el espacio una categoría que la asimila al tiempo, corruptor de todas las cosas, de las que vemos y de las que no vemos.

Pero dejo ya estas cosas para regresar a los artificios de mi imaginación y decirle al lector que por un momento, aún a manera de juego, se atreva a suponer que la sombra no es el testigo de la luz. Que la sombra tiene unos fueros, que la luz tiene otros y que entre ambos habitan los hombres. La imaginación como una república paralela a la de las contingencias. Quizá en ese momento, precisamente, regrese el niño que se extravió entre los pliegues del tiempo. Y en ese acto de lucidez fugaz comprenda que los hombres y las sombras pueden convivir en un mundo distinto al que hoy nos ofrecen los sabedores: el mundo del arte.

Nota: Texto revisado y corregido por el autor en junio de 2010.

Los hombres y los números

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com


El número 100 es divisible por 20, por 10, por 5, por 2. El 10 es divisible por 5 y por 2. El 9, por 3. Y todos ellos son divisibles por uno y por sí mismos, como los números primos 11, 7, 5 y 3. Las matemáticas son fiables en estas cosas.

Me pregunto si el hombre es divisible, si puede ser bueno y malo, justo e injusto, feliz y desdichado. Me pregunto cuántas veces determinado atributo, la caridad por ejemplo, cabe en una misma persona, y cuántas otras cabe el egoísmo. Si un hombre puede ser lo uno y también lo otro o si los atributos opuestos se excluyen mutuamente.

Este artículo quiere discurrir sobre esta vacilación. Y quiere exponer a su autor al juicio de unos lectores poco piadosos cuando se transgrede la medianía que propalan los medios de comunicación y los que por su oficio hablan desde las tribunas. Quiere abolir, aunque sea por un momento, el buen pensar urbano y formal e invitar a ese dislate fecundo que sólo viene cuando nos internamos en territorios inexplorados. Por eso, a quien recorra estas columnas desde ya lo exonero del deber de cortesía.

Y para conservar el crédito que alguna vez pude merecer del lector, me refugio en el género ficcional que el ejercicio de las letras favorece, y en la libertad que el ensayo literario le concede a los que desentrañan perplejidades. Uno y otro me abren las puertas en pares para instigar al lector, si esto es posible, a abandonar el rigor libresco y la timidez de las cátedras y buscar más allá, en la extensa república del dislate, lo que la severidad de la cultura le niega.

La divisibilidad de la conciencia

A propósito de la matanza de toda una población en May Lai, Vietnam, dice M. Scott Peck, jefe del grupo investigador: “La especialización contribuye a la (...) fragmentación de la conciencia. Si en la época de My Lai, paseándome por los corredores del Pentágono, me hubiera detenido a hablar con los responsables de dirigir la manufactura de napalm y su transporte a Vietnam, y si hubiera cuestionado a esos hombres sobre la moralidad de la guerra y, por lo tanto, de su ocupación, éste es el tipo de respuesta que invariablemente habría recibido: ‘Ah, apreciamos su preocupación pero nosotros no somos la gente con quienes (sic) usted debe hablar. Esta no es la sección que corresponde porque nosotros no determinamos cómo y dónde se usarán esas bombas. Eso corresponde a planeamiento. Tiene que hablar con ellos, al otro lado del corredor’. Y si yo hubiera seguido esta indicación y expresara los mismos conceptos a la gente de planeamiento, me habrían dicho: ‘Ah, sabemos que hay temas muy graves en discusión, pero están más allá de nuestra esfera. Nosotros simplemente determinamos cómo se realizará la guerra, no si se llevará a cabo o no. Los militares sólo hacemos lo que se nos ordena hacer. Esos grandes temas se deciden en la esfera de la Casa Blanca, no aquí. Es allá donde debe llevar sus preocupaciones’. Y así sucesivamente”.

Esta imaginación de Scott Peck no es arbitraria y mucho menos se limita a los militares norteamericanos. Es propia de los hombres cuando viven en sociedades organizadas donde la especialización cumple una doble función: por un lado aumenta la eficiencia, por el otro permite diluir la responsabilidad dentro del caldo social y propicia la fragmentación de la conciencia individual. Si la conciencia social se divide en partes distintas del todo, la conciencia individual (el hombre) encuentra parecidas argucias para eludir su responsabilidad moral.

Ahora vienen a mi memoria unos versos que cantaba Serrat cuando la dictadura militar se devoraba a los jóvenes argentinos. Denunciando la divisibilidad de la conciencia moral, decía que los gobernantes de entonces comulgaban en las iglesias e iban a cagar a las casas de sus vecinos; aquí defendían los valores cristianos y más allá cometían las peores atrocidades. El 4 es divisible por 2, aquellos mandamases también. Pero mientras el 4 y su división son pura abstracción, las desapariciones, los tormentos y la muerte eran pura realidad.

Como el 12 se divide por 4, por 3, por 2, el hombre divide su conciencia en tantas partes como sea necesario para eludir la condena social y quizá también la de su propio censor. Como el 23 se divide por sí mismo para ser el uno, el hombre suele inmolar su identidad para ser otro más amable ante sí mismo, no importa si para lograrlo debe encender cirios en el altar piadoso de la mentira.

Monólogo de dos, de tres, de cuatro

En tren de ser autocontradictorio, me he aplicado a la tarea de anotar cuanto oxímoron hallé en los libros y a aportar otros de mi hechura. Entre estos destaco el que titula este capítulo, un ejercicio mental cuya reiteración semeja el parpadeo o a la respiración.

Me pregunto y le pregunto al lector qué hace el hombre cuando examina un hecho en su conciencia, cuando piensa, cuando mide y sopesa los favores y las contrariedades de una acción. Me pregunto si la estructura del pensamiento en esos momentos es la de un monólogo o la de un diálogo. Si es la de un monólogo, ese hombre está solo; si es la de un diálogo, ese hombre es dos hombres, o tres, o más. Y con harta frecuencia cada uno de nosotros es dos, es tres. Es un número igual al de las opciones que considera, porque cada una de ellas suele venir acompañada de un sistema de justificaciones, de valores y de causas que la determinan.

En tales circunstancias el hombre se divide, es tantos hombres cuantas opciones está considerando. Y este monólogo de dos es uno de sus ejercicios más frecuentes, el que le asemeja a los números, divisibles hasta el uno. Sólo hasta el uno, porque si queriendo emular a las matemáticas pretende dividirse aún más, como los números fraccionarios, entonces puede ingresar en la subespecie de los chalados.

Desacuerdo unánime

Cierta clase de extravagancia léxica es la que se cultiva con el uso del oxímoron. Producto de la divisibilidad de los hombres, esta práctica va extendiéndose y hoy quiere reemplazar a las metáforas y decir lo indecible u ocultar la impericia de quienes se han extraviado entre las letras. Desde luego, estas palabras no quieren desautorizar a quienes usaron felizmente este recurso extremo de la literatura; quiere denunciar cómo el fraseo contradictorio también ha servido para derogar la lógica y fragmentar las conciencias. Algunos ejemplos pueden ilustrarnos.

Entre quienes usaron con propiedad y con gracia esta especie literaria revistan Francisco de Quevedo ("es hielo abrasador, es fuego helado, es herida que duele y no se siente" y "lo fugitivo permanece y dura"), Jorge Luis Borges ("luz oscura" y “graciosa torpeza”), Rodolfo Walsh ("el fusilado que vive”), Augusto Monterroso ("mis libros están llenos de vacíos"). En ellos no hay división porque la contradicción es deliberada, sirve para que, al recorrer el texto, el lector contribuya a la construcción de imágenes y metáforas.

En cambio otras expresiones que suelen venir de la política o de la diplomacia son pruebas de la fragmentación, de la división casi aritmética de la conciencia. Derecha siniestra, que vale por derecha izquierda, suele utilizarse para denostar a una corriente de pensamiento; eterno presente quiere ofrecerle consuelo a quienes temen las contrariedades del porvenir; ejército pacificador, fuerza de paz y armas inteligentes son voces que sirven para escamotear propósitos de destrucción y dominio; tensa calma es una expresión usual en los ámbitos diplomáticos y castrenses, como crecimiento negativo lo es en los círculos económicos. En el lenguaje corriente se emplea la expresión silencio elocuente y en el literario realismo mágico, en el informático y en el cine se habla de realidad virtual y en la política de aldea global. Y la lista no se agota en estos ejemplos que, no obstante su valor expresivo, algunas veces denotan la pobreza léxica de los hablantes y otras veces la ambivalencia conceptual y hasta moral de los hombres.

Nasreddín, siempre Nasreddín

Los números son hijos bastardos del tiempo. Quizá sea por eso que los hombres se afanan por medirlo todo, aún lo inmensurable. Y nuestro amigo sufí se ha burlado de ese afán. Entre las muchas historias que escuché en mi infancia, me parece que ésta retrata esa vanidad: Alguien le pregunta al niño Nasreddín quién es mayor, si su hermano o él. Tras meditar un momento, Nasreddín responde: “Hace dos años mi madre me dijo que mi hermano era dos años mayor que yo, así que ahora somos iguales”.

Sólo una conciencia fragmentada puede lucubrar de esta suerte. Y visto desde su costado humorístico, debemos admitir que al traernos esta fábula el maestro sufí ha querido hacer amable una de sus muchas enseñanzas: el hombre no puede ser más que él mismo, esclavo irredento del tiempo. Por eso, quizá un camino plausible sea aliarse con el tiempo, negociar con él para que no cree espacios de fragmentación en nuestros dominios. Y pagar por ello sólo el tributo de la muerte, nada más. Nada menos, claro; pero pagarlo sin anticipar su precio mientras dura la vida.

Nota: Texto revisado y corregido por el autor en mayo de 2010.

Lo hombres y las muertes

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

No sé si el lector sentirá aprensión al leer estas anotaciones, si prefiere distraer su atención en temas más amables. Puedo comprender eso, pero no puedo eludir la única certeza que acompaña a los hombres durante su vida, la de su finitud. Puedo confortarle diciendo que muchos hombres han nacido y transitado la vida desde el principio, que su cuenta es infinita, su cálculo imposible y, sin embargo, todos han culminado en esa estación final.

Pero no quiero ser escatológico. Antes bien, quiero discurrir sobre el tema de las varias muertes que la vida le depara a los hombres sin que me abandone el humor, esa “propensión más o menos duradera a mostrarse alegre y complaciente”, según lo define el diccionario de la lengua.

Ignoro qué es la vida, qué es la muerte, por qué vinimos y adónde vamos. Esas cuestiones son para los presuntuosos émulos de Dios o para quienes dicen conocer su voluntad. Yo no me cuento entre ellos. Miro con modestia y digo qué veo, qué sospecho cuando la bruma me rodea y, si tengo la virtud que los sabios predicaron, intento comprender la infinita extensión de mi ignorancia. Los textos del budismo dicen que “si hubiera tantos Ganges como hay granos de arena en el Ganges y otra vez tantos Ganges como granos de arena en los nuevos Ganges, el número de los granos de arena sería menor que el número de cosas que ignora el Buddha”(1). Por eso hablar de la muerte es presuntuoso, pero hablar de las muertes puede merecer la indulgencia del lector si se hace con la humildad del cronista.

Hace algunos años le escribí a un amigo madrileño que lloraba la súbita muerte de un amigo. La vida y la muerte, le dije, suelen salir juntas de paseo, ahora acuden al alumbramiento de un niño, luego a una boda y más tarde a una misa, a las fiestas del carnaval y a la derrota en la batalla, a la consumación del amor y a su entierro. La vida y la muerte suelen pasear juntas y tú no sabes quién será tu huésped, quién compartirá tu mesa. Ellas abrevan de la misma fuente, comen del mismo pan y cantan las mismas canciones. Entonces, ¿por qué has de reír hoy y llorar mañana? ¿Se han terminado los mañanas del que ahora lloras? ¿Acaso no son tus mañanas sin tu amigo los que lloras? Yo no sé responder a estas preguntas. ¿Sabes responderlas tú?

Algunas divagaciones pueden ayudarme a eludir los filosofismos que arriesga quien se mete en estas cosas, y también las intrincadas cuestiones de la metafísica y los tortuosos caminos que recorren los sabedores.

La muerte biológica

La primera cuestión que nos asalta es la de la muerte como aniquilación y pérdida. Pérdida de este cuerpo que nos acompaña, pérdida de la memoria que fuimos construyendo, pérdida de esa cosa misteriosa en cuya existencia algunos creen y llaman alma.

Dice San Agustín en un exaltado discurso: “¿Qué quiero deciros, pues, Señor, sino que ignoro de dónde he venido aquí, debo decirlo, a esta vida moribunda, o bien a esta viviente muerte? No lo sé”(2). No sabe el obispo de Hipona de dónde ha venido, no saben los hombres cuál era su casa antes de venir a la vida, y sin embargo uno y otros hurgan afanosamente para encontrar lo que se oculta a la razón: el antes, el después. Desentrañar esta duda es un afán que no cede a la razón, sino a la fe.

Si el alma sigue la suerte del cuerpo cuando muere, es un tema que discutirán los hombres hasta el fin de los tiempos. Sospecho, sólo sospecho, que es a la memoria que vamos acumulando en nuestras vidas a lo que llamamos alma, que así como las sociedades humanas son el producto de la historia (la memoria colectiva de los hechos ocurridos antes de ahora), la conciencia de cada quien es el sedimento de sus experiencias personales.

Bien sé que estas palabras tienen un dejo de escepticismo, quizá también de malicia. Pero no puedo cargar sobre mis espaldas la fe que los hombres necesitan para sufragar tamaña duda, y tampoco puedo acumular todo el saber que se precisa para razonar estas cosas. Entonces, dudo.

El olvido

Otra forma de muerte es el olvido. La memoria lo abandona al hombre y se establece un nuevo punto de partida, o ninguno y la vida discurre de instante en instante. Con su pasado el amnésico pierde su alma, pero no como un castigo, sino como un hecho venturoso que le permite sortear la angustia de saberse prematuramente muerto. El que ha extraviado su alma entre los cachivaches del olvido regresa a su casa por un camino siempre nuevo, se sorprende ante cada piedra que encuentra, ante cada hierba, ante cada persona que le saluda. Él ha muerto para su pasado.

El olvido es una bienaventuranza para el hombre que sufre, para el que merece un castigo, para el que, por alguna razón, siente el pasado como un tormento. Es la forma más benigna de la muerte, la que lo sitúa en un tiempo nuevo para que no sufra las penalidades del ayer y no lo acosen las ansiedades del porvenir. El olvido es muerte porque después de él viene lo nuevo.

La muerte civil

La muerte es separación, enterramiento y despojo, es trasponer un límite para cesar. Y la muerte civil es, precisamente, eso. Las sociedades antiguas la aplicaron como pena suprema, a veces más severa que la muerte a manos del verdugo. El hombre era despojado de todos sus derechos y apartado de la comunidad, su condición era la de las bestias y el calor de la vida en comunidad le era negado para siempre.

En la antigüedad, en el medievo y aún en los primeros tiempos de la modernidad la expulsión del hombre de su lugar de arraigo, con la completa pérdida de sus derechos y, entonces, de su condición de persona, era una desventura que no conoce parangón en nuestro tiempo. Cuando se le acusó de no creer en la religión del Estado y de corromper a los jóvenes enseñándoles a no reconocer los dioses de la República, Sócrates se defendió ante el tribunal: “Temer la muerte no es otra cosa que tenerse por sabio no siéndolo, dado que es creer que se sabe lo que no se sabe. Nadie conoce la muerte, ni sabe si es ella el mayor bien de los bienes para el hombre. Sin embargo, todos la temen como si se supiera de cierto que es el mayor mal de los males. ¿Y no es la más vergonzosa ignorancia el presumir de saber lo que no se sabe? Por mi parte –y en esto difiero tal vez de la mayoría de los hombres-, de atreverme a decir que soy más sabio que otro en algo, diría que lo soy en que no sabiendo a ciencia cierta lo que sucede en los infiernos, tampoco creo que me lo sé”(3). Y prefirió la muerte antes que el ominoso destierro que buenamente le ofrecía su amigo Critón(4).

¿Qué haré yo con mi alma?


Un niño mira por la ventana de su casa y ve pasar por la calle a un grupo de personas. Los hombres llevan sobre sus hombros una tabla y sobre ella a un hombre acostado, lívido, inmóvil. Detrás marcha un cortejo de mujeres llorosas y un grupo de niños fuertemente asidos a sus faldas. La escena es morosa y triste y el niño nunca ha visto una cosa igual. Le pregunta a su padre qué es eso, y el padre le dice que es un hombre que ha muerto y que sus deudos lo llevan para devolverlo a la tierra. Pregunta más cosas el niño y el padre le responde, le dice que el tránsito por la vida es efímero y que todos moriremos. “¿Tú también morirás? ¿Y mi madre y mis hermanos? ¿Yo también voy a morir, papá, y me sepultarán en la tierra?” Al ver tamaña tribulación, el padre conforta a su hijo explicándole que él, como todos los hombres, tiene un alma que sobrevivirá a la muerte del cuerpo. Entonces el niño pregunta: “¿Y qué haré yo con mi alma?”

Tenía unos diez años cuando leí este cuento de Beshiktashlian, Meguerdich o Neshan, no lo recuerdo. Tampoco recuerdo si leí su versión original en armenio o alguna traducción al español. Pero recuerdo cuánto me conmovió la pregunta final y que excitado se lo mostré a mi padre. Era la primera vez que la presciencia de la muerte golpeaba mi entendimiento y que hablaba de ello con mi padre.

Esto me remite al tema de la resurrección, de la que hablan las mitologías y las religiones. Algunas de ellas enseñan que los hombres nacen y mueren un número infinito de veces, que la rueda de las encarnaciones no cesa jamás, a menos que, como Gotama El Buddha, alcancen la bienaventuranza y la aniquilación liberadora.

El libro de los libros de Occidente famosamente habla de la resurrección de Lázaro(5). Y de la de Jesús(6), que tras anunciar su muerte redentora resucitó y subió a los cielos. Aún más, dijo que volvería para juzgar a los hombres, no sabemos si en una segunda encarnación o en una revelación como la que tuvo Mahoma cuando recibió El Corán.

(1) Debo esta cita a J. L. Borges, De alguien a nadie, Otras inquisiciones, Emecé, Buenos Aires 1996, pág. 230.
(2) San Agustín, Las confesiones, Juventud, Barcelona 1968, pág. 21, trad. de Agustín Esclasans.
(3) Platón, Apología de Sócrates, Espasa-Calpe, Buenos Aires 1947, págs. 55 y 56.
(4) Platón, op. cit., Critón o el deber del ciudadano.
(5) Juan, 11, 1-43.
(6) Mateo, 28, 1-8; Apocalipsis, 20, 13-14; y 22, 12.

Nota: Texto revisado y corregido por el autor en abril de 2010.

Los hombres y los bares

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

“De chiquilín te miraba de afuera / como a esas cosas que nunca se alcanzan; / la ñata contra el vidrio, / en un azul de frío, / que sólo fue después, viviendo, / igual al mío...”

Es justo iniciar estas líneas con los memorables versos de Discépolo, aquel apóstol del tango que retrató el alma del Buenos Aires profundo.

Como todos los porteños nacidos en la primera década del siglo pasado, en esto soy ducho. Frecuenté esos templos profanos que olían a café y a tabaco antes de que cayeran bajo el embate de la modernidad, resignando su calor a las fluoescencias de los american bar. Filosofadores advenedizos, bohemios que ilustraban su sobaco con algún libro de Oliverio Girondo, atorrantes pintorescos y compadritos que peinaban lacio, todos fueron víctimas de la impiedad de los tiempos.

Este poco de nostalgia sirve para afectar sapiencia y para presumir que las canas ornan las cabezas más que el gel irreverente de los muchachos de ahora. Pero hasta aquí, no más, porque la demasía en estas cosas lo expone a uno a ser motejado de cavernario.

Vengo a hablar de los bares que sirvieron de refugio a los varones que habitaron estas costas, algunos de los cuales todavía resisten la modernidad. De los bares porteños y de los de tierra adentro, de los que lucían algunas galas y de los modestos. De los servidos por gallegos y de los que toleraron el patronazgo de algún italiano o polaco o (conozco el caso) japonés que desembarcó en tierra tanguera cuando el viejo mundo se devoraba a sí mismo.

La madera filosofal

Hoy las mesas de discusión quieren ser redondas para afectar democracia. Las de los antiguos bares solían ser cuadradas, de madera elemental (luego los american las harían laminadas en plástico, con los pies cromados). Los lados de ese cuadrado marcaban el sitio desde donde cada quien decía su discurso, ora con palabras enfáticas, ora con monosílabos o con silencios envenenados por el humo de los cigarrillos. Ese maderamen era el testigo obligado de las discusiones más apasionadas: Dios y el universo, la vida y la muerte, la política, las mujeres, el fútbol, todos eran temas que se disecaban en ese cenáculo de libadores para arribar a ninguna conclusión. Pero también para intercambiar los afectos que hoy se inmolan en el altar de la tevé o en los laberintos de Internet.

Las generosidades de la ciencia y de la tecnología son bienvenidas, desde luego; pero hubiera estado bien que llegaran sin abolir la calidez de las costumbres y sin derribar aquellos refugios de nuestra cultura urbana. Me dicen que el moderno Japón lo ha hecho así, y que tras décadas de escarnio y de olvido los viejos bares de París y de otras ciudades europeas están recuperando la saludable costumbre de filosofar en ellos.

“Me diste en oro un puñado de amigos / que son los mismos que alientan mis horas”, dice el apóstol en unos versos célebres. Y no se equivoca, porque los bares eran lugares donde se cultivaba la amistad y se contaban las cuitas, más aún que en los confesionarios de las iglesias. Y luego agrega: “En tu mezcla milagrosa / de sabiondos y suicidas / yo aprendí filosofía”. Se refiere a la filosofía cafetinesca que se profesaba entre humos y confidencias y que acercaba, aún en las discusiones más acaloradas, a los habitués de ese mundo cambalachesco.

No vengo a hacer la apología de lo poco ni a desdeñar los muchos favores que la modernidad le ha prodigado a los hombres, porque mi generación más que ninguna otra debe valorar ese progreso. Vengo a subrayar cuán distante está ese Buenos Aires cansino de este otro acosado por el tiempo.

Ciertamente, los viejos bares sirvieron de aguantadero a los marginales y de refugio a tahúres* y camanduleros, pero no puede negarse que también acunaron a artistas e intelectuales que dieron lustre a la cultura urbana. Ese era un submundo holgazán y a veces delincuente, sí; pero también era un modelo de vida que no se había dejado devorar por el vértigo ni arrastrar por los vientos extranjerizantes. Los cafetines de la ciudad eran “lo único en la vida / que se pareció a mi vieja”, templos paganos presididos por dioses que habían envejecido en sus mesas y en su estaño.

El estaño del compadrito


Otra subespecie que frecuentaba los viejos bares porteños era la del compadrito, “tipo popular, jactancioso, provocativo, pendenciero, afectado en sus maneras y en su vestir”, según la feliz definición del diccionario de la lengua. Era un personaje que desde el mostrador desafiaba en elegancia y coraje a los pacíficos pobladores de las mesas. Acodado en el estaño, relojeando con fingida displicencia a los demás y con el infaltable cigarrillo entre los dedos, cultivaba la soledad. Podía amistar con los de las mesas, pero ese no era su oficio.

Los compadritos de primera generación fueron hombres de fierro y pendencia y de ellos habló Borges en poemas y cuentos memorables. Los que yo conocí habían moderado sus ímpetus cuchilleros y vestían ropas pulcras, elegantes algunas veces. Tenían parada en un solo bar al que le eran fieles, a diferencia de los filosofadores y los futboleros que podían mudar su paradero. El compadrito era un autista que no miraba mucho más allá del ala de su sombrero.

“En la timba de la vida / sos un punto sin arrastre / sobre el naipe salidor”, lo definió Cadícamo; y en verdad el compadrito sólo le aportó su estampa al bar, se agotó en su propia pinta y desapareció bajo los escombros de la última posguerra.

Salón familias

Dije que a los bares sólo iban los varones, salvo que los medianamente atusados solían destinar un sector para quienes acudían en compañía de mujeres. Era el salón familias, separado del resto con una boiserie de metro y medio o con vitrinas que exhibían licores. Ahí las mesas estaban cubiertas con manteles para agasajar con alguna fineza la presencia de las congéneres de Eva. Luego los tiempos se burlarían de esa cursilería y los bares abrirían sus puertas a todos sin distinción y esos arbitrarios escaparates caerían uno a uno.

En verdad, ese engendro que quería abolir el carácter exclusivamente varonil de los bares estaba destinado a desaparecer. Fue un invento infeliz, porque las damas que entre sí o en compañía de caballeros querían reunirse fuera de casa lo hacían en las confiterías, remedos surrealistas de los bares, que finalmente se multiplicarían y transformarían a estos, degradándolos hasta su actual condición civilizada y acuosa.

La mala fama

Es preciso reconocer que entre las gentes de buenas costumbres y de algún linaje los bares no gozaban de buena reputación. Tampoco entre los esforzados inmigrantes que, con muchas esperanzas y ningún dinero, habían desembarcado en estas tierras para reedificar sus vidas. Aquellos miraban de soslayo a la bohemia anarquizante o socializante que se congregaba en los bares, estos reprochaban el tiempo que ahí se malgastaba en ocio, en desmedro del trabajo y del salario que se precisaba para vivir.

Porque, volviendo a Discépolo, en los bares la Biblia lloraba contra un calefón y maridaban don Chicho y Napoleón, Carnera y San Martín. Esa mixtura controversial desafiaba las reglas de la sociedad pacata de entonces y arriesgaba los cuidados y las previsiones de los inmigrantes que por entonces llegaban a raudales.

Hoy, cuando el flujo inmigratorio ha cesado y muchos de esos reductos han sido derribados o cedieron al imperio de la moda, cuando son más bien parte de la historia, nos permitimos recuperar algunos de los bares que subsisten (notables se les llama) y hasta organizar peregrinaciones que, partiendo de algún templo de San Telmo y pasando por un shoping baratero, recalan for export en algún bar lustroso, como el abrigo que los muertos llevan a la tierra.

Pero sería injusto terminar así estas líneas. Porque los hombres y los bares también debían cambiar con los tiempos, como todas las cosas. La segunda mitad del siglo pasado, al tiempo que mudaba el espíritu de sus bares, también los democratizaba, cada vez más los hombres y mujeres de todas las condiciones poblaban sus mesas. Y hoy, aún cuando los constructores de utopías y los hacedores de arte se han refugiado en otros sitios, todavía nos queda el recuerdo de esos vahos de café, de esos humos irreverentes que nos regalaron las páginas más lucidas de la literatura y del pensamiento rioplatense.

* La edición 2001 del Diccionario de la Real Academia Española dice que la voz tahúr viene “del árabe takfūr, y este del armenio tagevor (¿takavor?), título de los reyes de esta nación posteriormente con valor negativo por sus difíciles relaciones con los cruzados”.

Nota: Texto revisado y corregido por el autor en marzo de 2010.


Los hombres y los sueños

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com


Dice Goethe que el sueño es “aquello que, ignorado o desatinado por los hombres, vaga durante la noche a través del laberinto de nuestro pecho”. Por su parte Coleridge anota en uno de sus libros: “Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano... ¿Entonces, qué?”(1).

Para el alemán los sueños habitan en el hombre, para el inglés el hombre forma parte del universo de los sueños. Para aquel el hombre es el continente y el sueño es parte del contenido, para éste es al revés, el hombre está contenido en el universo paralelo de los sueños (quizá ni siquiera de su propio sueño).

Los hombres suelen suscribir la cultura onírica predicada por Goethe y categorizar las historias: delante ponen las que forman parte de la vigilia, detrás las que transcurren mientras duermen. Las que ocurren en la vida vigilante son verdaderas y las que recuerdan de sus noches son ficcionales, fantasmas que los visitan sin que los hayan convocado. Las primeras quedan, como las capas geológicas que pisan, las otras pronto caen en el saco del olvido. Unas dejan su sello, las otras no.

No sé qué opinará el lector. Yo no me atrevo a suscribir esta teoría. Es más, simpatizo con la invención de Coleridge y creo que no conviene desdeñar las historias que nos visitan durante el sueño. A diferencia de los sueños, donde la voluntad está ausente y las imágenes se enlazan arbitrariamente, los hechos de la vigilia están sometidos al rigor del tiempo. Son ilustrativas las ficciones que transportan a los personajes hacia atrás o hacia adelante en el tiempo, porque en ellas toda acción del viajero puede abolir la realidad. No así, por ocurrir fuera del tiempo los sueños someten la realidad a su arbitrio y construyen historias adonde el soñador puede ser una marioneta o un espectador remiso que incorporará lo soñado al universo de sus experiencias, aún cuando después lo trabaje el olvido.

Sueños célebres y de los otros

Cuenta Liehtse que un leñador mató a un ciervo y lo escondió en el bosque. Luego olvidó el lugar donde lo había ocultado y creyendo que todo había ocurrido en un sueño lo contó en la aldea. Uno de los oyentes fue a buscar el ciervo, lo encontró y le dijo a su mujer: “Un leñador soñó que había matado un ciervo y olvidó donde lo había escondido, y ahora yo lo he encontrado”. Incrédula, la mujer replicó: “Tu habrás soñado que viste a un leñador que había matado un ciervo”. Esa noche el leñador soñó y en el sueño vio quién había encontrado al ciervo. Al despertar fue a la casa del otro y encontró al ciervo. Ambos discutieron y fueron ante un juez que, para terminar el asunto, mandó repartir la presa entre los dos. Un vendedor de especias que desde su sitio observaba todo, se preguntó: “¿Y ese juez no estará soñando que reparte un ciervo?”

Más allá del juego que propone la fábula, más allá también de la perplejidad que causa la confusión entre el mundo de la vigilia y el mundo de los sueños, la historia puede formar parte de la crónica diaria si se reemplaza el sustento onírico por el deseo del aldeano. Irrealidad por irrealidad. Así, los hombres y los sueños, las historias de la vigilia y las que vivimos mientras dormimos podrían conciliarse y Freud podría descansar de sus fatigas psicoanalíticas.

Otro sueño famoso es el que anoté para un debate del Café Filosófico Heráclito y que hace algún tiempo se publicó en estas columnas(2). Chuang Tzu soñó que era una mariposa y al despertar se preguntó si él era Chuang Tzu que había soñado que era una mariposa o ahora era una mariposa que soñaba ser Chuang Tzu. Según algunos, el intríngulis chino sólo quiere burlarse del lector, según otros quiere decir que es en los sueños donde el hombre puede buscar su identidad siempre sospechosa. Y hay quienes creen hallar en este sueño la fina sugerencia de que la existencia se desarrolla en diferentes dimensiones que trascienden el tiempo de una vida biológica.

Y el sueño de José, aquel en el que “el ángel del Señor se le aparece, diciendo: José, hijo de David, no temas de recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es. Y parirá un hijo, y llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su Pueblo de sus pecados”(3). Tamaña anunciación fue hecha en un sueño que con el correr de los siglos iba a cambiar la historia de la humanidad. Porque el advenimiento de Jesús como hijo de Dios o la creencia en ese advenimiento, cambió, primero, el rostro del judaísmo, luego dio origen al cristianismo y más tarde creó las condiciones para el nacimiento del Islam (esta vez en revelaciones sucesivas del ángel a Muhammad).

Por eso, bien puede conjeturarse que los sueños construyen la vida de los hombres tanto como sus acciones de la vigilia. Otros sueños que ha registrado la crónica han sido determinantes, pero baste con estos para ilustrar al lector.

Entre los sueños soñados por personas huérfanas de fama, merece contarse el que repetidas veces visitaba a una señora armenia que había llegado a estas costas siendo aún niña. Me decía que cuando tenía veintitantos años soñaba que no lograba casarse, que quedaba soltera de toda soltería y que sufría como una desventura esos sueños, verdaderas pesadillas que se repetían una y otra vez.

No estoy calificado para hacer una interpretación freudiana de este sueño. Sólo lo miro, considero las circunstancias personales de la soñadora y las culturales de los armenios llegados de Anatolia y ensayo esta explicación: la buena señora era dueña o víctima (¿cómo prefiere el lector?) de un atavismo que le imponía casarse o sufrir el escarnio de la soltería. Como quien sueña con la muerte que viene a llevarle o con la ingravidez o la impotencia para escapar de una acechanza, ella soñaba la vergüenza de quedar soltera. Tan fuerte era el bagaje cultural que había traído de aquellas tierras de Oriente que perforaba el día e invadía sus noches. Porque además de gobernar la vigilia, la cultura también inficiona los sueños y, entonces, la vida vigilante y la vida soñada tienen pareja entidad, ambas construyen universos superpuestos que se sostienen mutuamente.

Voy a perder el pudor por una vez y publicar un sueño que me visitó hace algunos años. Me encontraba en el cementerio buscando una entre muchas sepulturas, creo que en compañía de algunas personas allegadas. Me senté en un banco para descansar y entre plantas, flores y multitud de monumentos funerarios vi uno que llamó mi atención. Me acerqué para ver mejor y comprobé que sobre el mármol que presidía el sepulcro estaba escrito mi nombre. Miré mejor aún y vi que bajo mi nombre estaban esculpidas las fechas de mi nacimiento y de mi muerte: yo había muerto a los ocho años de edad. La experiencia onírica era vívida. Estuve de rodillas frente a esa tumba, conmovido; luego la abracé y la besé llorando. Ahí yacía mi cuerpo y el que lloraba mi muerte niña era este que soy ahora. Conmigo había un pequeñito, niño o niña no lo sé, que lloraba conmigo. Y en medio de esa congoja desperté, tardé en situarme en la vigilia, repasé minuciosamente el sueño para no extraviar ningún detalle y lo anoté así, como te lo digo ahora.

Quién sabe por qué vengo a contarte estos sueños, unos recogidos de los libros, otros de relatos y el último de mi propia hechura. Quién puede decir que estos sueños tienen alguna estatura para sobresalir de entre tantos y tantos que han soñado los hombres en su tránsito por la historia. Acaso sea banal relatarlos aquí, acaso tenga algún significado que justifique este dispendio de papel y de tinta; pero en cualquier caso es verdad que los hombres también estamos hechos de este barro que se cuece mientras dormimos.

¿Puede haber sueño sin soñador?


Si en el sueño sólo existe el soñador, si los demás personajes que lo habitan son meras ideaciones del durmiente, quizá también lo que tenemos por vigilia sólo sea un episodio solipsista en el que habita una única conciencia. De ahí que la fábula de Chuang Tzu sea perturbadora, porque tras cuestionar la realidad pone en duda el sitio que ocupa esa conciencia: ¿En el soñador o en lo soñado? ¿Es Chuang Tzu o es la mariposa? Y aún más, lleva a preguntarse si puede haber sueño sin soñador, si la construcción onírica tiene consistencia para sostenerse sin un creador. Dicho en otros términos y con dos soluciones posibles: acaso todo sea un sueño soñado por Dios en el que los personajes tienen una entidad pareja a la categoría del soñador o, acaso, no exista ningún soñador y todo sea arbitrario, como lo es el desarrollo de los sueños mismos.

(1) El texto me llega de Borges, Otras inquisiciones, Buenos Aires, Emecé 1996, pág. 22.
(2) E.D., Chuang Tzu y la mariposa, Armenia, ed 13152 del 05.10.06.
(3) Mateo 1. 20-21.

Texto revisado y corregido por el autor en febrero 2010.

Los hombres y las casas

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

Antes de recorrer este camino –conjetural como todos los de esta serie, con más interrogantes que certezas y transitado por bastantes fantasmas y alguno que otro hombre con carnadura- quiero anticiparle al lector que cuando hablo de casas lo hago en su sentido más amplio, aún más que los muchos que le da el diccionario de la lengua en sus diferentes acepciones. Cuando hablo de casas estoy hablando de aquellos lugares reales e imaginarios, tangibles y virtuales que les dan alojo a los hombres y a sus anhelos. Transgredo el buen decir y nombro casa a todo aquello que le pone un límite al espacio y le ofrece contención a los hombres. La casa habitación, el cobertizo, la caverna, el granero, el templo, el castillo. Todas estas son casas, como lo son también los huertos y los corrales, el apostadero en el camino y la celda donde se recluye y atormenta al enemigo.

En tal sentido las casas son los primeros espacios que los hombres poseyeron, y sólo cuando el desarrollo de los medios de labranza permitió explotar la tierra, se adueñaron también de los espacios abiertos. Y hoy, cuando la navegación aérea y espacial está en pleno desarrollo, los hombres se apropian de las llamadas rutas aéreas para sus aviones y también quieren hacerlo con el espacio extragravitacional, más allá de la tierra.

Así, desde los rigores del clima hasta la vana presuntuosidad, desde la búsqueda de seguridad hasta el anhelo de levantar altares para adorar a sus dioses, muchos afanes han movido a los hombres para construir sus casas. Y las oquedades de las montañas y los refugios prodigados por el azar también sirvieron a los hombres para morar en ellos o para guardar sus alimentos o los artificios para la guerra.

La tumba de Nasreddín

Otra función cumplieron las casas: reunir a los hombres dentro de unos muros y bajo un mismo techo para albergar al clan y más tarde a otras clases más avanzadas de sociedad, hasta llegar a la familia poligámica primero, monogámica después y finalmente a la nación. Porque la nación es otra forma de casa, la que contiene a todos los hombres que comparten una misma cultura, una misma vocación y unas mismas leyes.

Los hombres han construido casas para cumplir la voluntad divina (Arca de Noé, templos, totems) y también para desafiarla (Torre de Babel). Han construido y todavía construyen casas para abrigarse, para reproducirse y para conservar el pan que comerán mañana; también para guardar las armas con las que matarán a otros hombres. Los hospitales y los orfanatos, los comedores y las escuelas son casas, los prostíbulos y los arsenales también. El disco duro de un computador guarda el saber que los hombres acumularon a lo largo de su historia, como una casa cuya puerta está cerrada con siete llaves para que nadie la viole.

Ahora viene a mi memoria el testamento del Maestro Nasreddin. Quiso él que su sepultura (su morada final, su última casa podría decirse) fuera ornamentada con una puerta grande y robusta, clausurada con cerrojos inviolables. Y así se hizo a su muerte. Y según fue también su voluntad nada había en torno a esa puerta, ni siquiera paredes. Aún hoy la sepultura existe en el cementerio de Aksehir. ¿Qué quiso significar Nasreddín con tan curiosa decisión póstuma? Quizá burlarse de la vanidad humana, quizá denunciar la estupidez de aspirar a tales honores, de los que era deseoso el hombre de entonces (y el de ahora). De cualquier manera una cosa es cierta: la megalomanía ha ido creciendo con la edad de los hombres, y si antes se manifestaba en los grandes monumentos funerarios y en los fastos, hoy se expresa en registros binarios que construyen unas casas intangibles más dúctiles que las otras.

Las muchas clases de casas que los hombres levantaron a lo largo de la historia han ido mudando sus características, sus funciones, también su estética. Pero las que se destinaron a satisfacer razonablemente sus necesidades cambiaron menos que las que se aplicaron a satisfacer su vanidad. Unos muros y un techo resumían y resumen todavía la casa habitación de un núcleo social primario, digamos de una familia. Algunas habitaciones con más o menos enseres y servicios concluyen la obra. En cambio las casas consagradas a los dioses o a la guerra han cambiado notablemente. Hasta hace unos pocos miles de años (poco en la historia de la especie humana, poco en la historia de sus casas) el culto a la divinidad y el oficio de la guerra se practicaban en lugares que no diferían de los refugios cotidianos. Pero ya en el Egipto de los faraones la construcción de lugares de culto se fue diferenciando. Los monumentos funerarios y religiosos fueron cobrando importancia, creció su tamaño y su ornamento fue cada vez más ostentoso. Después corrieron parecida suerte las casas para la guerra: he ahí los muros de los que me ocupé en el primer artículo de esta serie* y los invulnerables arsenales que desafían la paz y amenazan barrer con fuego el rostro de la tierra.

Esas casas concentran, las primeras, los más grandes tesoros y los más estupendos lujos y primores del arte pictórico y escultórico; las segundas, todo el poder necesario para gobernar el mundo o para destruirlo. Esas casas cuestionan todo el empeño humano de ponerle límites al espacio, al menos al que necesitan los hombres para hacer amable su vida. El sufí lo sabía y por eso hace siete siglos nos gastó su última chanza y nos enseñó que la vanidad puede llegar más lejos que el hombre mismo, hasta ornar su propia tumba.

La venganza de Babel

Las casas que los hombres hicieron y las que la naturaleza les prodigó, como todas las cosas materiales que pueblan el planeta, son prisioneras de la gravedad. Pero los hombres que antaño vivían con los pies apoyados sobre la tierra, unos junto a otros en una topografía horizontal, un día se sublevaron y comenzaron a vivir unos sobre otros, en centenares de suelos. Desafiaron la horizontalidad newtoniana y se lanzaron hacia arriba, más allá de su propia estatura. Las casas empezaron a rascar el cielo y cobraron venganza por los desdichados habitantes de Babel.

Confieso que hay algo de juego en estas reflexiones, algo de divertimento y de escepticismo. Quizá también la oculta intención de excusarme por ignorar quiénes habitan en los pisos altos y bajos de mi casa vertical. Pero las casas que los hombres construyeron para honrar a sus dioses y para guardar sus máquinas de guerra no tuvieron la misma evolución. Conservaron su disposición horizontal, pegadas a la tierra madre. Es que en ellas la presuntuosidad humana no necesitó desafiar la gravedad: le bastó con invocar el poder divino y la fuerza de las armas.

La casa de fuego


Si el lector me acompañó hasta aquí, es justo que le premie con alguna digresión.

Hace más de medio siglo (a mis años puedo hablar así para afectar sapiencia) con mis amigos recorríamos el mismo camino que fatigaron los hombres al construir sus casas. Unas las hacíamos en los fondos de las casas que edificaron nuestros padres, con sillas y mantas, y ahí practicábamos el más importante oficio de los humanos: jugar. Las otras las hacíamos cada invierno cuando se aproximaba el día de San Pablo y San Pedro. Tras juntar trabajosamente los leños y las ramas que arderían en la hoguera, llegado el día armábamos la enorme pira que remataba en un muñeco de trapo. Esa pira festiva tenía un habitáculo adonde nos reuníamos en los momentos previos a la quema, una casa que pronto ofreceríamos al fuego pagano para iluminar el cielo del Bajo Flores armenio y cocer las papas y batatas que premiarían nuestro esfuerzo.

Aquella catedral de ramas y hojarasca era la casa que sabiamente construíamos los niños de entonces, efímera como todas las cosas humanas, sin más presuntuosidad que la del monigote puesto en la cumbre, que ardería por fin y sería ceniza como todo lo que ocurría la noche de cada 29 de junio.

Y así, con esa quema ritual iniciábamos un nuevo ciclo, una nueva espera que al año siguiente culminaría en otra hoguera. Y en otra más. A diferencia de los adultos que en su pretensión de detener el tiempo construyen sus casas para siempre, aquellos niños que fuimos renovábamos el ciclo de la vida. Como los napolitanos que cada año nuevo tiran por las ventanas los trastos viejos como un ritual propiciatorio que quiere resucitar el tiempo.

* Ver “Los hombres y los muros”, Armenia, ed. 13139 del 6 de julio de 2006.
Texto revisado y corregido por el autor en diciembre de 2009.