Los hombres y los bares

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

“De chiquilín te miraba de afuera / como a esas cosas que nunca se alcanzan; / la ñata contra el vidrio, / en un azul de frío, / que sólo fue después, viviendo, / igual al mío...”

Es justo iniciar estas líneas con los memorables versos de Discépolo, aquel apóstol del tango que retrató el alma del Buenos Aires profundo.

Como todos los porteños nacidos en la primera década del siglo pasado, en esto soy ducho. Frecuenté esos templos profanos que olían a café y a tabaco antes de que cayeran bajo el embate de la modernidad, resignando su calor a las fluoescencias de los american bar. Filosofadores advenedizos, bohemios que ilustraban su sobaco con algún libro de Oliverio Girondo, atorrantes pintorescos y compadritos que peinaban lacio, todos fueron víctimas de la impiedad de los tiempos.

Este poco de nostalgia sirve para afectar sapiencia y para presumir que las canas ornan las cabezas más que el gel irreverente de los muchachos de ahora. Pero hasta aquí, no más, porque la demasía en estas cosas lo expone a uno a ser motejado de cavernario.

Vengo a hablar de los bares que sirvieron de refugio a los varones que habitaron estas costas, algunos de los cuales todavía resisten la modernidad. De los bares porteños y de los de tierra adentro, de los que lucían algunas galas y de los modestos. De los servidos por gallegos y de los que toleraron el patronazgo de algún italiano o polaco o (conozco el caso) japonés que desembarcó en tierra tanguera cuando el viejo mundo se devoraba a sí mismo.

La madera filosofal

Hoy las mesas de discusión quieren ser redondas para afectar democracia. Las de los antiguos bares solían ser cuadradas, de madera elemental (luego los american las harían laminadas en plástico, con los pies cromados). Los lados de ese cuadrado marcaban el sitio desde donde cada quien decía su discurso, ora con palabras enfáticas, ora con monosílabos o con silencios envenenados por el humo de los cigarrillos. Ese maderamen era el testigo obligado de las discusiones más apasionadas: Dios y el universo, la vida y la muerte, la política, las mujeres, el fútbol, todos eran temas que se disecaban en ese cenáculo de libadores para arribar a ninguna conclusión. Pero también para intercambiar los afectos que hoy se inmolan en el altar de la tevé o en los laberintos de Internet.

Las generosidades de la ciencia y de la tecnología son bienvenidas, desde luego; pero hubiera estado bien que llegaran sin abolir la calidez de las costumbres y sin derribar aquellos refugios de nuestra cultura urbana. Me dicen que el moderno Japón lo ha hecho así, y que tras décadas de escarnio y de olvido los viejos bares de París y de otras ciudades europeas están recuperando la saludable costumbre de filosofar en ellos.

“Me diste en oro un puñado de amigos / que son los mismos que alientan mis horas”, dice el apóstol en unos versos célebres. Y no se equivoca, porque los bares eran lugares donde se cultivaba la amistad y se contaban las cuitas, más aún que en los confesionarios de las iglesias. Y luego agrega: “En tu mezcla milagrosa / de sabiondos y suicidas / yo aprendí filosofía”. Se refiere a la filosofía cafetinesca que se profesaba entre humos y confidencias y que acercaba, aún en las discusiones más acaloradas, a los habitués de ese mundo cambalachesco.

No vengo a hacer la apología de lo poco ni a desdeñar los muchos favores que la modernidad le ha prodigado a los hombres, porque mi generación más que ninguna otra debe valorar ese progreso. Vengo a subrayar cuán distante está ese Buenos Aires cansino de este otro acosado por el tiempo.

Ciertamente, los viejos bares sirvieron de aguantadero a los marginales y de refugio a tahúres* y camanduleros, pero no puede negarse que también acunaron a artistas e intelectuales que dieron lustre a la cultura urbana. Ese era un submundo holgazán y a veces delincuente, sí; pero también era un modelo de vida que no se había dejado devorar por el vértigo ni arrastrar por los vientos extranjerizantes. Los cafetines de la ciudad eran “lo único en la vida / que se pareció a mi vieja”, templos paganos presididos por dioses que habían envejecido en sus mesas y en su estaño.

El estaño del compadrito


Otra subespecie que frecuentaba los viejos bares porteños era la del compadrito, “tipo popular, jactancioso, provocativo, pendenciero, afectado en sus maneras y en su vestir”, según la feliz definición del diccionario de la lengua. Era un personaje que desde el mostrador desafiaba en elegancia y coraje a los pacíficos pobladores de las mesas. Acodado en el estaño, relojeando con fingida displicencia a los demás y con el infaltable cigarrillo entre los dedos, cultivaba la soledad. Podía amistar con los de las mesas, pero ese no era su oficio.

Los compadritos de primera generación fueron hombres de fierro y pendencia y de ellos habló Borges en poemas y cuentos memorables. Los que yo conocí habían moderado sus ímpetus cuchilleros y vestían ropas pulcras, elegantes algunas veces. Tenían parada en un solo bar al que le eran fieles, a diferencia de los filosofadores y los futboleros que podían mudar su paradero. El compadrito era un autista que no miraba mucho más allá del ala de su sombrero.

“En la timba de la vida / sos un punto sin arrastre / sobre el naipe salidor”, lo definió Cadícamo; y en verdad el compadrito sólo le aportó su estampa al bar, se agotó en su propia pinta y desapareció bajo los escombros de la última posguerra.

Salón familias

Dije que a los bares sólo iban los varones, salvo que los medianamente atusados solían destinar un sector para quienes acudían en compañía de mujeres. Era el salón familias, separado del resto con una boiserie de metro y medio o con vitrinas que exhibían licores. Ahí las mesas estaban cubiertas con manteles para agasajar con alguna fineza la presencia de las congéneres de Eva. Luego los tiempos se burlarían de esa cursilería y los bares abrirían sus puertas a todos sin distinción y esos arbitrarios escaparates caerían uno a uno.

En verdad, ese engendro que quería abolir el carácter exclusivamente varonil de los bares estaba destinado a desaparecer. Fue un invento infeliz, porque las damas que entre sí o en compañía de caballeros querían reunirse fuera de casa lo hacían en las confiterías, remedos surrealistas de los bares, que finalmente se multiplicarían y transformarían a estos, degradándolos hasta su actual condición civilizada y acuosa.

La mala fama

Es preciso reconocer que entre las gentes de buenas costumbres y de algún linaje los bares no gozaban de buena reputación. Tampoco entre los esforzados inmigrantes que, con muchas esperanzas y ningún dinero, habían desembarcado en estas tierras para reedificar sus vidas. Aquellos miraban de soslayo a la bohemia anarquizante o socializante que se congregaba en los bares, estos reprochaban el tiempo que ahí se malgastaba en ocio, en desmedro del trabajo y del salario que se precisaba para vivir.

Porque, volviendo a Discépolo, en los bares la Biblia lloraba contra un calefón y maridaban don Chicho y Napoleón, Carnera y San Martín. Esa mixtura controversial desafiaba las reglas de la sociedad pacata de entonces y arriesgaba los cuidados y las previsiones de los inmigrantes que por entonces llegaban a raudales.

Hoy, cuando el flujo inmigratorio ha cesado y muchos de esos reductos han sido derribados o cedieron al imperio de la moda, cuando son más bien parte de la historia, nos permitimos recuperar algunos de los bares que subsisten (notables se les llama) y hasta organizar peregrinaciones que, partiendo de algún templo de San Telmo y pasando por un shoping baratero, recalan for export en algún bar lustroso, como el abrigo que los muertos llevan a la tierra.

Pero sería injusto terminar así estas líneas. Porque los hombres y los bares también debían cambiar con los tiempos, como todas las cosas. La segunda mitad del siglo pasado, al tiempo que mudaba el espíritu de sus bares, también los democratizaba, cada vez más los hombres y mujeres de todas las condiciones poblaban sus mesas. Y hoy, aún cuando los constructores de utopías y los hacedores de arte se han refugiado en otros sitios, todavía nos queda el recuerdo de esos vahos de café, de esos humos irreverentes que nos regalaron las páginas más lucidas de la literatura y del pensamiento rioplatense.

* La edición 2001 del Diccionario de la Real Academia Española dice que la voz tahúr viene “del árabe takfūr, y este del armenio tagevor (¿takavor?), título de los reyes de esta nación posteriormente con valor negativo por sus difíciles relaciones con los cruzados”.

Nota: Texto revisado y corregido por el autor en marzo de 2010.


Los hombres y los sueños

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com


Dice Goethe que el sueño es “aquello que, ignorado o desatinado por los hombres, vaga durante la noche a través del laberinto de nuestro pecho”. Por su parte Coleridge anota en uno de sus libros: “Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano... ¿Entonces, qué?”(1).

Para el alemán los sueños habitan en el hombre, para el inglés el hombre forma parte del universo de los sueños. Para aquel el hombre es el continente y el sueño es parte del contenido, para éste es al revés, el hombre está contenido en el universo paralelo de los sueños (quizá ni siquiera de su propio sueño).

Los hombres suelen suscribir la cultura onírica predicada por Goethe y categorizar las historias: delante ponen las que forman parte de la vigilia, detrás las que transcurren mientras duermen. Las que ocurren en la vida vigilante son verdaderas y las que recuerdan de sus noches son ficcionales, fantasmas que los visitan sin que los hayan convocado. Las primeras quedan, como las capas geológicas que pisan, las otras pronto caen en el saco del olvido. Unas dejan su sello, las otras no.

No sé qué opinará el lector. Yo no me atrevo a suscribir esta teoría. Es más, simpatizo con la invención de Coleridge y creo que no conviene desdeñar las historias que nos visitan durante el sueño. A diferencia de los sueños, donde la voluntad está ausente y las imágenes se enlazan arbitrariamente, los hechos de la vigilia están sometidos al rigor del tiempo. Son ilustrativas las ficciones que transportan a los personajes hacia atrás o hacia adelante en el tiempo, porque en ellas toda acción del viajero puede abolir la realidad. No así, por ocurrir fuera del tiempo los sueños someten la realidad a su arbitrio y construyen historias adonde el soñador puede ser una marioneta o un espectador remiso que incorporará lo soñado al universo de sus experiencias, aún cuando después lo trabaje el olvido.

Sueños célebres y de los otros

Cuenta Liehtse que un leñador mató a un ciervo y lo escondió en el bosque. Luego olvidó el lugar donde lo había ocultado y creyendo que todo había ocurrido en un sueño lo contó en la aldea. Uno de los oyentes fue a buscar el ciervo, lo encontró y le dijo a su mujer: “Un leñador soñó que había matado un ciervo y olvidó donde lo había escondido, y ahora yo lo he encontrado”. Incrédula, la mujer replicó: “Tu habrás soñado que viste a un leñador que había matado un ciervo”. Esa noche el leñador soñó y en el sueño vio quién había encontrado al ciervo. Al despertar fue a la casa del otro y encontró al ciervo. Ambos discutieron y fueron ante un juez que, para terminar el asunto, mandó repartir la presa entre los dos. Un vendedor de especias que desde su sitio observaba todo, se preguntó: “¿Y ese juez no estará soñando que reparte un ciervo?”

Más allá del juego que propone la fábula, más allá también de la perplejidad que causa la confusión entre el mundo de la vigilia y el mundo de los sueños, la historia puede formar parte de la crónica diaria si se reemplaza el sustento onírico por el deseo del aldeano. Irrealidad por irrealidad. Así, los hombres y los sueños, las historias de la vigilia y las que vivimos mientras dormimos podrían conciliarse y Freud podría descansar de sus fatigas psicoanalíticas.

Otro sueño famoso es el que anoté para un debate del Café Filosófico Heráclito y que hace algún tiempo se publicó en estas columnas(2). Chuang Tzu soñó que era una mariposa y al despertar se preguntó si él era Chuang Tzu que había soñado que era una mariposa o ahora era una mariposa que soñaba ser Chuang Tzu. Según algunos, el intríngulis chino sólo quiere burlarse del lector, según otros quiere decir que es en los sueños donde el hombre puede buscar su identidad siempre sospechosa. Y hay quienes creen hallar en este sueño la fina sugerencia de que la existencia se desarrolla en diferentes dimensiones que trascienden el tiempo de una vida biológica.

Y el sueño de José, aquel en el que “el ángel del Señor se le aparece, diciendo: José, hijo de David, no temas de recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es. Y parirá un hijo, y llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su Pueblo de sus pecados”(3). Tamaña anunciación fue hecha en un sueño que con el correr de los siglos iba a cambiar la historia de la humanidad. Porque el advenimiento de Jesús como hijo de Dios o la creencia en ese advenimiento, cambió, primero, el rostro del judaísmo, luego dio origen al cristianismo y más tarde creó las condiciones para el nacimiento del Islam (esta vez en revelaciones sucesivas del ángel a Muhammad).

Por eso, bien puede conjeturarse que los sueños construyen la vida de los hombres tanto como sus acciones de la vigilia. Otros sueños que ha registrado la crónica han sido determinantes, pero baste con estos para ilustrar al lector.

Entre los sueños soñados por personas huérfanas de fama, merece contarse el que repetidas veces visitaba a una señora armenia que había llegado a estas costas siendo aún niña. Me decía que cuando tenía veintitantos años soñaba que no lograba casarse, que quedaba soltera de toda soltería y que sufría como una desventura esos sueños, verdaderas pesadillas que se repetían una y otra vez.

No estoy calificado para hacer una interpretación freudiana de este sueño. Sólo lo miro, considero las circunstancias personales de la soñadora y las culturales de los armenios llegados de Anatolia y ensayo esta explicación: la buena señora era dueña o víctima (¿cómo prefiere el lector?) de un atavismo que le imponía casarse o sufrir el escarnio de la soltería. Como quien sueña con la muerte que viene a llevarle o con la ingravidez o la impotencia para escapar de una acechanza, ella soñaba la vergüenza de quedar soltera. Tan fuerte era el bagaje cultural que había traído de aquellas tierras de Oriente que perforaba el día e invadía sus noches. Porque además de gobernar la vigilia, la cultura también inficiona los sueños y, entonces, la vida vigilante y la vida soñada tienen pareja entidad, ambas construyen universos superpuestos que se sostienen mutuamente.

Voy a perder el pudor por una vez y publicar un sueño que me visitó hace algunos años. Me encontraba en el cementerio buscando una entre muchas sepulturas, creo que en compañía de algunas personas allegadas. Me senté en un banco para descansar y entre plantas, flores y multitud de monumentos funerarios vi uno que llamó mi atención. Me acerqué para ver mejor y comprobé que sobre el mármol que presidía el sepulcro estaba escrito mi nombre. Miré mejor aún y vi que bajo mi nombre estaban esculpidas las fechas de mi nacimiento y de mi muerte: yo había muerto a los ocho años de edad. La experiencia onírica era vívida. Estuve de rodillas frente a esa tumba, conmovido; luego la abracé y la besé llorando. Ahí yacía mi cuerpo y el que lloraba mi muerte niña era este que soy ahora. Conmigo había un pequeñito, niño o niña no lo sé, que lloraba conmigo. Y en medio de esa congoja desperté, tardé en situarme en la vigilia, repasé minuciosamente el sueño para no extraviar ningún detalle y lo anoté así, como te lo digo ahora.

Quién sabe por qué vengo a contarte estos sueños, unos recogidos de los libros, otros de relatos y el último de mi propia hechura. Quién puede decir que estos sueños tienen alguna estatura para sobresalir de entre tantos y tantos que han soñado los hombres en su tránsito por la historia. Acaso sea banal relatarlos aquí, acaso tenga algún significado que justifique este dispendio de papel y de tinta; pero en cualquier caso es verdad que los hombres también estamos hechos de este barro que se cuece mientras dormimos.

¿Puede haber sueño sin soñador?


Si en el sueño sólo existe el soñador, si los demás personajes que lo habitan son meras ideaciones del durmiente, quizá también lo que tenemos por vigilia sólo sea un episodio solipsista en el que habita una única conciencia. De ahí que la fábula de Chuang Tzu sea perturbadora, porque tras cuestionar la realidad pone en duda el sitio que ocupa esa conciencia: ¿En el soñador o en lo soñado? ¿Es Chuang Tzu o es la mariposa? Y aún más, lleva a preguntarse si puede haber sueño sin soñador, si la construcción onírica tiene consistencia para sostenerse sin un creador. Dicho en otros términos y con dos soluciones posibles: acaso todo sea un sueño soñado por Dios en el que los personajes tienen una entidad pareja a la categoría del soñador o, acaso, no exista ningún soñador y todo sea arbitrario, como lo es el desarrollo de los sueños mismos.

(1) El texto me llega de Borges, Otras inquisiciones, Buenos Aires, Emecé 1996, pág. 22.
(2) E.D., Chuang Tzu y la mariposa, Armenia, ed 13152 del 05.10.06.
(3) Mateo 1. 20-21.

Texto revisado y corregido por el autor en febrero 2010.

Los hombres y las casas

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

Antes de recorrer este camino –conjetural como todos los de esta serie, con más interrogantes que certezas y transitado por bastantes fantasmas y alguno que otro hombre con carnadura- quiero anticiparle al lector que cuando hablo de casas lo hago en su sentido más amplio, aún más que los muchos que le da el diccionario de la lengua en sus diferentes acepciones. Cuando hablo de casas estoy hablando de aquellos lugares reales e imaginarios, tangibles y virtuales que les dan alojo a los hombres y a sus anhelos. Transgredo el buen decir y nombro casa a todo aquello que le pone un límite al espacio y le ofrece contención a los hombres. La casa habitación, el cobertizo, la caverna, el granero, el templo, el castillo. Todas estas son casas, como lo son también los huertos y los corrales, el apostadero en el camino y la celda donde se recluye y atormenta al enemigo.

En tal sentido las casas son los primeros espacios que los hombres poseyeron, y sólo cuando el desarrollo de los medios de labranza permitió explotar la tierra, se adueñaron también de los espacios abiertos. Y hoy, cuando la navegación aérea y espacial está en pleno desarrollo, los hombres se apropian de las llamadas rutas aéreas para sus aviones y también quieren hacerlo con el espacio extragravitacional, más allá de la tierra.

Así, desde los rigores del clima hasta la vana presuntuosidad, desde la búsqueda de seguridad hasta el anhelo de levantar altares para adorar a sus dioses, muchos afanes han movido a los hombres para construir sus casas. Y las oquedades de las montañas y los refugios prodigados por el azar también sirvieron a los hombres para morar en ellos o para guardar sus alimentos o los artificios para la guerra.

La tumba de Nasreddín

Otra función cumplieron las casas: reunir a los hombres dentro de unos muros y bajo un mismo techo para albergar al clan y más tarde a otras clases más avanzadas de sociedad, hasta llegar a la familia poligámica primero, monogámica después y finalmente a la nación. Porque la nación es otra forma de casa, la que contiene a todos los hombres que comparten una misma cultura, una misma vocación y unas mismas leyes.

Los hombres han construido casas para cumplir la voluntad divina (Arca de Noé, templos, totems) y también para desafiarla (Torre de Babel). Han construido y todavía construyen casas para abrigarse, para reproducirse y para conservar el pan que comerán mañana; también para guardar las armas con las que matarán a otros hombres. Los hospitales y los orfanatos, los comedores y las escuelas son casas, los prostíbulos y los arsenales también. El disco duro de un computador guarda el saber que los hombres acumularon a lo largo de su historia, como una casa cuya puerta está cerrada con siete llaves para que nadie la viole.

Ahora viene a mi memoria el testamento del Maestro Nasreddin. Quiso él que su sepultura (su morada final, su última casa podría decirse) fuera ornamentada con una puerta grande y robusta, clausurada con cerrojos inviolables. Y así se hizo a su muerte. Y según fue también su voluntad nada había en torno a esa puerta, ni siquiera paredes. Aún hoy la sepultura existe en el cementerio de Aksehir. ¿Qué quiso significar Nasreddín con tan curiosa decisión póstuma? Quizá burlarse de la vanidad humana, quizá denunciar la estupidez de aspirar a tales honores, de los que era deseoso el hombre de entonces (y el de ahora). De cualquier manera una cosa es cierta: la megalomanía ha ido creciendo con la edad de los hombres, y si antes se manifestaba en los grandes monumentos funerarios y en los fastos, hoy se expresa en registros binarios que construyen unas casas intangibles más dúctiles que las otras.

Las muchas clases de casas que los hombres levantaron a lo largo de la historia han ido mudando sus características, sus funciones, también su estética. Pero las que se destinaron a satisfacer razonablemente sus necesidades cambiaron menos que las que se aplicaron a satisfacer su vanidad. Unos muros y un techo resumían y resumen todavía la casa habitación de un núcleo social primario, digamos de una familia. Algunas habitaciones con más o menos enseres y servicios concluyen la obra. En cambio las casas consagradas a los dioses o a la guerra han cambiado notablemente. Hasta hace unos pocos miles de años (poco en la historia de la especie humana, poco en la historia de sus casas) el culto a la divinidad y el oficio de la guerra se practicaban en lugares que no diferían de los refugios cotidianos. Pero ya en el Egipto de los faraones la construcción de lugares de culto se fue diferenciando. Los monumentos funerarios y religiosos fueron cobrando importancia, creció su tamaño y su ornamento fue cada vez más ostentoso. Después corrieron parecida suerte las casas para la guerra: he ahí los muros de los que me ocupé en el primer artículo de esta serie* y los invulnerables arsenales que desafían la paz y amenazan barrer con fuego el rostro de la tierra.

Esas casas concentran, las primeras, los más grandes tesoros y los más estupendos lujos y primores del arte pictórico y escultórico; las segundas, todo el poder necesario para gobernar el mundo o para destruirlo. Esas casas cuestionan todo el empeño humano de ponerle límites al espacio, al menos al que necesitan los hombres para hacer amable su vida. El sufí lo sabía y por eso hace siete siglos nos gastó su última chanza y nos enseñó que la vanidad puede llegar más lejos que el hombre mismo, hasta ornar su propia tumba.

La venganza de Babel

Las casas que los hombres hicieron y las que la naturaleza les prodigó, como todas las cosas materiales que pueblan el planeta, son prisioneras de la gravedad. Pero los hombres que antaño vivían con los pies apoyados sobre la tierra, unos junto a otros en una topografía horizontal, un día se sublevaron y comenzaron a vivir unos sobre otros, en centenares de suelos. Desafiaron la horizontalidad newtoniana y se lanzaron hacia arriba, más allá de su propia estatura. Las casas empezaron a rascar el cielo y cobraron venganza por los desdichados habitantes de Babel.

Confieso que hay algo de juego en estas reflexiones, algo de divertimento y de escepticismo. Quizá también la oculta intención de excusarme por ignorar quiénes habitan en los pisos altos y bajos de mi casa vertical. Pero las casas que los hombres construyeron para honrar a sus dioses y para guardar sus máquinas de guerra no tuvieron la misma evolución. Conservaron su disposición horizontal, pegadas a la tierra madre. Es que en ellas la presuntuosidad humana no necesitó desafiar la gravedad: le bastó con invocar el poder divino y la fuerza de las armas.

La casa de fuego


Si el lector me acompañó hasta aquí, es justo que le premie con alguna digresión.

Hace más de medio siglo (a mis años puedo hablar así para afectar sapiencia) con mis amigos recorríamos el mismo camino que fatigaron los hombres al construir sus casas. Unas las hacíamos en los fondos de las casas que edificaron nuestros padres, con sillas y mantas, y ahí practicábamos el más importante oficio de los humanos: jugar. Las otras las hacíamos cada invierno cuando se aproximaba el día de San Pablo y San Pedro. Tras juntar trabajosamente los leños y las ramas que arderían en la hoguera, llegado el día armábamos la enorme pira que remataba en un muñeco de trapo. Esa pira festiva tenía un habitáculo adonde nos reuníamos en los momentos previos a la quema, una casa que pronto ofreceríamos al fuego pagano para iluminar el cielo del Bajo Flores armenio y cocer las papas y batatas que premiarían nuestro esfuerzo.

Aquella catedral de ramas y hojarasca era la casa que sabiamente construíamos los niños de entonces, efímera como todas las cosas humanas, sin más presuntuosidad que la del monigote puesto en la cumbre, que ardería por fin y sería ceniza como todo lo que ocurría la noche de cada 29 de junio.

Y así, con esa quema ritual iniciábamos un nuevo ciclo, una nueva espera que al año siguiente culminaría en otra hoguera. Y en otra más. A diferencia de los adultos que en su pretensión de detener el tiempo construyen sus casas para siempre, aquellos niños que fuimos renovábamos el ciclo de la vida. Como los napolitanos que cada año nuevo tiran por las ventanas los trastos viejos como un ritual propiciatorio que quiere resucitar el tiempo.

* Ver “Los hombres y los muros”, Armenia, ed. 13139 del 6 de julio de 2006.
Texto revisado y corregido por el autor en diciembre de 2009.

Los hombres y las leyes

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

Creo que alguna vez relaté la fábula de aquellos hombres que encontraron una bolsa repleta de nueces y al no ponerse de acuerdo para repartírselas acudieron al Maestro Nasreddín para que él lo hiciera. Les preguntó el Maestro qué Ley querían que les aplicara, la de Dios o la de los hombres, y todos eligieron la Ley de Dios. Entonces Nasreddín le entregó unas pocas nueces a uno, el resto se lo dio a otro y a los demás les dejó con las manos vacías. Al reprocharle éstos por su decisión, el sabio explicó que es así como Dios reparte los dones, que quizá otro sería el resultado si elegían la Ley de los hombres.

He querido volver sobre esta historia porque, al sernos familiar, puede acercarnos al tema que hoy ofrezco a la consideración del lector: el hombre en relación al universo de leyes que lo rodean. Un universo que por ser arbitrario es más complejo y, si se quiere, más rico que el cósmico. Un universo en el que caben las leyes físicas, morales y religiosas, las del mundo y las del ultramundo, las escritas y las que ha consagrado el uso, las que rigen sobre todos los hombres y las que sólo a algunos se aplican.

Claro que el tema debe mirarse sin escrúpulos leguleyos y con amplitud de miras, para ver qué lugar ocupan los hombres en esa jungla de leyes que los protegen unas veces y los asfixian otras. Y también debe mirarse con profundidad para saber cuál es el linde de lo justo al transgredir las leyes. Porque no se trata de alentar la anarquía y tampoco de resignarse al rigor de los elementos, por eso conviene saber cuál es el límite de la fuerza que podemos ejercer sobre los mandatos y cuál el ámbito de la libertad que consiente nuestra naturaleza. En suma, se trata de trazar con alguna certeza las fronteras de la voluntad y, si es posible, extenderlas más allá de la propia piel, hasta donde sea lícito.

Libertad y seguridad

He aquí el dilema que han afrontado los hombres a lo largo de su historia: todo lo que han ganado en libertad lo han resignado en seguridad, y toda conquista en materia de seguridad ha estrechado los límites de su libertad. En las antiguas balanzas de dos platillos no puede uno subir si no baja el otro; en el toma y daca de los mercachifles la bolsa de uno engrosa tanto como adelgaza la del otro. Libertad y seguridad no son opósitos, lo sabemos, pero no se toleran una a otra sino con unos límites, con unas leyes. Son las leyes que trazan las fronteras de los hombres, las que les castigan con alguna penalidad cuando las infringen.

Estas leyes son de diferentes clases y aquí voy a hablar de tres de ellas: las que vienen de la física, las que nos impone la biología y las que resultan de la voluntad y del imaginario colectivo.

Las ciencias físico-matemáticas y sus subespecies, la astrofísica y la física nuclear, enuncian un conjunto de leyes que algunas veces no pueden ser resistidas por los hombres y otras veces sí. La ley de gravedad, por ejemplo, no puede ser derogada, pero el hombre ha podido resistirla con la balística y la aeronavegación. Las leyes que rigen las estructuras atómicas y subatómicas están más allá de todo gobierno, pero la ciencia las utiliza poniéndolas al servicio de la medicina, de la generación de energía y de las actividades militares.

Por su parte, las leyes de la biología remiten al ciclo de nacimiento, desarrollo y muerte. La ciencia moderna ha logrado controlar algunas etapas de este ciclo, modificando el primero (en la producción agroganadera, en el control de microorganismos, etcétera). La instancia del desarrollo también ha recibido los parabienes de la ciencia, y la medicina es un ejemplo de ello. Y el ciclo final, el de la muerte, se ha retardado notablemente.

Estas son leyes que se explican por la necesidad de un orden, de un equilibrio cósmico y biológico y no pueden ser derogadas; tan sólo pueden encausarse en algunos casos, sin modificar su ciclo.

No así, las leyes sociales (morales, religiosas, jurídicas) encuentran su fundamento en el interés que tienen los hombres de organizar sus relaciones mutuas. En todos los casos son creaciones humanas, productos de la historia e hijas del arbitrio. Por eso mudan a lo largo del tiempo y en cada lugar del planeta, y con frecuencia plantean cuestiones de difícil resolución sobre las cuales hasta el fin de los tiempos debatirán los teólogos y políticos, los moralistas y relativistas, los jusnaturalistas y positivistas. Así y con todo, son asuntos que consienten algunas reflexiones comunes porque presentan, como dije antes, un rasgo: el de la puja permanente entre libertad y seguridad.

En tal sentido, las leyes sociales, sean mundanas o divinas (Código de Hammurabi, mandamientos que Moisés bajó del monte, El Corán, cualquiera de las normas del derecho moderno), construyen un marco dentro del cual los hombres habitan con más o menos contento, pero con chances de transgredirlo. El soldado con su fusil y el aviador con su máquina de volar pueden resistir la ley de gravedad pero no abolirla; el enfermo puede diferir su muerte pero no evitarla para siempre. En cambio, cualquiera de ellos puede transgredir las leyes de la moral, de su religión o del sistema jurídico y nunca más cumplirlas; aún más, puede derogarlas por el uso o por un acto de voluntad colectivo.

En este tríptico normativo la especie humana encuentra los límites de su vida, lo que equivale a decir que encuentra las fronteras de su libertad, la barrera última de sus afanes. Pero con la advertencia de que cuando consigue controlar o abolir unas leyes, otras vienen a reemplazarlas estrechando más y más su albedrío.

Paradojas, siempre paradojas


Creo que el gusto por la vida viene de su naturaleza paradojal. Suelo decir que aún cuando los hombres se saben mortales, se aferran a la vida y a nada resisten tanto como a la muerte. Quizá es por esta razón que la ciencia busca sin descanso derribar sus propias fronteras, que son las fronteras de la ignorancia, en procura de una quimera, la del saber, la que Platón puso en boca de su maestro. Sócrates, a diferencia de los otros habitantes de la polis, sabía que no sabía, y esa única ciencia alentaba su espíritu inquisidor.

El tiempo es el más prolífico constructor de paradojas. Desde los primeros registros de la historia hasta las más modernas inquisiciones de la filosofía y de la ciencia, los hombres han construido sus paradojas con la sustancia del tiempo. Aún más: han vivido quitando de aquí para agregar allí, siempre combinando dosis variables de libertad y de seguridad, como alquimistas que buscan la fórmula final a sabiendas de que es una quimera. Y así, mientras se resignaron a las leyes de la naturaleza, jugaron a ser dioses con las otras leyes, creando nuevos órdenes y aboliendo los viejos.

Lo digo en otros términos: el título de estas anotaciones anuncia por sí mismo una paradoja, la del hombre que anhela la libertad pero construye y reconstruye el cerco que la limita. Como el niño que trabajosamente edifica un palacio con la arena de la playa y pronto lo destruye, como el que junta heredad sobre heredad y termina siendo esclavo de ellas, en todas las edades de la historia el hombre ha construido paradojas. Y la mayor de ellas es la de las leyes.

Nota: Texto revisado y corregido por el autor en noviembre de 2009.

Los hombres y los muros

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

Territorios, culturas y lenguas diferentes han separado a unos hombres de otros. Dioses de una y otra clase los han enemistado; mares, ríos y montañas los distanciaron por siglos. Con frecuencia los hombres y los pueblos han transitado la historia recelándose, guerreando y cometiendo atrocidades, algunas de las cuales registra la memoria y otras cayeron para siempre en el saco del olvido. Y para conjurar estas cosas, desde antiguo los hombres han construido muros que los separan de los otros hombres, sin mirar que la humanidad es, precisamente, el conjunto de seres que se reconocen mutuamente.

El hombre no es hombre si no comparte el pan, la tierra, la cultura; en suma, si no comparte la vida con su semejante. “El individuo que rechaza el nexo social, la relación con el otro, dice Marc Augé, ya está simbólicamente muerto”. Igual ocurre con las sociedades cuando se encierran entre muros y rehúyen la relación y el intercambio con los otros. Y en tiempos de hipercomunicación y de migraciones frecuentes es grave que esto ocurra. Peligroso, además.

Los hombres

Lo dicho. El hombre no puede aislarse sin arriesgar su propia condición. Es hombre porque es relación, parte de ese conjunto que la lengua de los españoles ha dado en llamar sociedad. El obispo Berkeley lo enunció magníficamente: “Ser es ser percibido”, dijo. No voy a ensayar aquí unas filosofadas que quizá el lector no consienta. Ni voy a recorrer los caminos siempre sospechados de la metafísica. Voy a decir que así como el hombre no puede pensarse sin una referencia que sea otro hombre, las sociedades no pueden transitar la historia sin espejarse en otras sociedades, sin sentir la suave aspereza de las otras culturas.

Cuando Moisés le preguntó a Dios por su nombre, Él le respondió: “Yo Soy El Que Soy”. Dice Borges que Dios no quiso decir su nombre porque quien poseyera la palabra que lo designa también le poseería a Él. Quizá. Yo conjeturo que al guardar su nombre, Dios no condescendió a ser hombre, no se avino a una relación que por fuerza lo hominizaría. Una lucubración que no viene de la filosofía, quizá sí de la mitología, pero que en cualquier caso nos pone sobre aviso de que ningún hombre es sin ser pensado. Se trata de comprender que la condición humana viene de la sociabilidad, y también que cada grupo social no puede pensarse sin una referencia universal. Sobre todo hoy, cuando los hombres, tras sortear las barreras de la naturaleza, tras saltar sobre los muros que ellos mismos construyeron, están aboliendo las fronteras inmateriales, las únicas que restan para que la familia humana sea sólo una.

Los muros I

Una ligera alusión a las barreras de la naturaleza y a los muros que edificaron los hombres nos permitirá visualizar mejor el tema. De océanos y montañas, de desiertos y otras arideces poco hay que decir: la geografía nos ilustra con holgura y la historia nos dice cómo los hombres sortearon esos obstáculos y se aplicaron afanosamente a construir otros, fruto de su industria.

Ignoro cuáles fueron las primeras barreras que hizo el hombre, pero la más emblemática de la antigüedad es la Gran Muralla China. Construida durante 1000 años a partir del siglo III a.C., recorre 7.300 km. de Este a Oeste. Esta obra consta de una serie de muros que protegían al imperio de los nómadas xiongnu de la Mongolia y de Manchuria.

El Muro de Adriano, de 117 km. de longitud, construido entre los años 122 y 132 d.C. para defender al territorio britano de los pictos, resultó inútil y otra muralla, la de Antonino Pío, fue la que cumplió ese propósito. Y con el nombre de Danevirke se conoce la muralla danesa de 30 km. que en el año 808 empezó a construir el rey Godfredo para defenderse de los francos.

El llamado Muro de Berlín (o de protección antifacista, en la versión RDA), de unos 150 km. de longitud, separó a ambas Alemanias durante 27 años. Primero de alambre de púas, luego fue de concreto con tela metálica, alarmas, trincheras, trescientas torres de vigilancia y treinta bunkers.

En 1983 comenzó a construirse la Muralla Marroquí, un conjunto de ocho estructuras que suman 2500 km. con bunkers y campos minados, para proteger los territorios ocupados por aquel país. También en África, la Valla de Ceuta fue construida por España con alambre de dos filos a un costo de 30 millones de euros.

El muro que Estados Unidos construyó en su frontera con México, ornado con 3000 cruces que recuerdan a otras tantas personas que perdieron su vida al intentar cruzarlo, discurre a lo largo de la frontera Tijuana-San Diego con bardas de contención, iluminación, detectores electrónicos, sensores y equipos de visión nocturna. Un sistema de comunicaciones y una flota de helicópteros artillados completa la barrera.

Y el Muro de Cisjordania (barrera de seguridad, en la nomenclatura israelí) está haciéndose hoy mismo con vallas, alambradas y tramos de hormigón de hasta siete metros de altura. Un severo control militar y sofisticados sistemas de reaseguro completan el sistema.

Otros muros se han construido aquí y allá, pero en homenaje a la brevedad omito su mención.

Los muros II


Con parecidas justificaciones pero con recursos diferentes, las sociedades modernas levantan nuevas barreras para separar a unos hombres de otros. Son las barreras electromagnéticas, informáticas y arancelarias que no pueden derribarse con las armas de antaño. Son los escudos comunicacionales que travisten los acontecimientos, las espías informáticas que todo lo exponen ante los ojos del amo. Esta clase de muro es invisible a los ojos, pero al igual que los otros pretende parcelar el universo humano. Esta clase de muro, que en algunos casos coexiste con los otros, quiere abolir las libertades que la humanidad conquistó a partir de la Revolución Francesa, y los derechos sociales que con tanto esfuerzo se impusieron a lo largo del siglo XX.

Guerra de las galaxias, subsidios agroindustriales, embargos y bloqueos comerciales, operaciones de dumping y endeudamiento forzado, son algunas de las formas en que se manifiesta esta clase de amurallamiento posmoderno. Aún más: el desarrollo simultáneo de los medios de comunicación masiva y de las disciplinas vinculadas al psiquismo humano, hoy permiten inducir las conductas y forzar los hábitos de las sociedades, de manera de orientarlas en una dirección contraria a sus propios intereses. Sofisticaciones que permite el desarrollo de la tecnociencia y que, en último análisis, obran sobre las sociedades como los antiguos muros. Los más de siete mil kilómetros de la Gran Muralla China no rodean el mundo. Las barreras comunicacionales, sí.

Paradoja

¿Cómo puede una humanidad ilustrada edificar su morada y, al mismo tiempo, alentar el encono en los extramuros? ¿Cómo el tener se ha vuelto preeminente sobre el ser, la posesión más importante que la condición? ¿Qué nos hace pensar que las diferencias que quieren consagrar los muros priman sobre las semejanzas que nos anuncia nuestra naturaleza?

Quizá pueda argüirse que el universo humano (y, entonces, sobrehumano y subhumano) siempre fue categorizado, escalafonado. Sobre el hombre estaban los dioses y semidioses, los espíritus de los ancestros, los elementos de la naturaleza, los seres que creaba la cosmogonía; y por debajo estaban las otras especies y también los congéneres menos dotados para el trabajo, para la guerra, para el entendimiento. Quizá estas cosas le han llevado al hombre y a las sociedades a segregarse. No lo sé. Y porque no lo sé, sólo puedo mirarlo como una paradoja.

En cualquier caso, de todas las paradojas ninguna remeda la de los muros. Desde Zenón de Elea hasta Schrödinger, todos pueden explicar esta clase de proposiciones. Pero los hombres que levantan muros de una y otra clase, no. De las contradicciones que mueven la historia de la humanidad, ninguna es tan malévola como la de los muros. Los muros, esas cosas hechas con tanto afán, son, en efecto, la gran paradoja que la humanidad no ha podido resolver todavía.


Nota: Texto revisado y corregido por el autor en octubre de 2009.

Excursión por el país de las flores

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com


Dios no hizo a las palabras. Las palabras fueron hechas por los hombres y con ellas los hombres nombraron a Dios y dijeron cuál era Su voluntad. Pero Dios hizo las cosas que nombran las palabras, las flores entre ellas. Así me lo enseñaron en mis años niños, así me empeño en creerlo ahora y no lo logro. Pero sé piadoso, lector, déjame creer que lo creo y haz como si lo creyeras tú también para que sea amable esta excursión por el país de las flores.

Prodigios vegetales que estallan en colores y en olores para anunciar la vida nueva, sonoridad del silencio en los prados, mensajeras del verano que cabalga hacia nosotros, las flores han merecido variados homenajes de quienes ornan con ellas sus atuendos, sus casas y las tumbas donde guardan a sus muertos.

Hoy quiero rendir mis palabras a las flores. A las que hablaron cuando mi voz fue débil y mi pluma torpe, cuando mis gestos no podían decir lo que me pedía el corazón que dijera. Sutilezas y prosaísmos que la pluma entremezcla y que el lector consiente. Aventura de papel y de tinta que quizá ocupe por un día tu mesa de lectura.

Flores para reír y flores para llorar

Es paradójico el universo de los hombres. La misma flor, digamos la rosa roja, habla de amores y calores y también de pesares y dolores. La rosa roja celebra la noche nupcial y también corona el sepulcro de los que se fueron. Ríe y llora esa flor como ríe y llora el hombre que la ofrenda. Los vivos les ofrendan flores a los vivos y también se las ofrendan a los muertos, un mismo lenguaje para decir dos cosas. Risa y llanto se concilian en una flor.

Las rosas blancas quieren ser la inocencia, la pureza, la humildad. ¿Pero cómo puede presumir humildad esa flor que se sabe la más bella entre las bellas? ¿Puede ser humilde el color que es eminente entre todos los colores, el que viste la luz, el que cubre los presuntuosos picos de las montañas más altas, el que cubre los cuerpos de los hombres cuando regresan a la tierra?

Y azul es la rosa que nació de mi pincel y de mis óleos. Esa rosa espera la Segunda Creación para ornar el altar donde se prosternarán los hombres inocentes, los que dejarán caer las piedras de sus manos y le rendirán tributo a la paz, azul como esa rosa.

Otras cosas se dicen por ahí, se dice que la gardenia es alegría, el jazmín, sensualidad, el lirio es pureza, el tulipán amarillo es desesperación y la violeta, lealtad. Se dice que el clavel se ha degradado y hoy simboliza el apego.

Flores para el amor

Los hombres hemos sido ingratos con las margaritas, las que adivinan cuál será nuestra suerte en el amor y se prodigan aquí y allá, en todos los lugares donde el asfalto y el cemento todavía no blasfemaron a la tierra. Hijas dilectas de la tierra madre, las margaritas no quieren nuestros afanes, se bastan con las lluvias que les regala el cielo y bailan la danza ritual que les enseña el viento. Son las pordioseras de la vida y, sin embargo, te acompañan adondequiera que vayas tapizando el camino que recorrerás en tu porfía.

Yo no quiero simbolizar el amor con las flores galanas. Quiero simbolizarlo con las margaritas, inocentes campesinas que me ofrendaban sus pétalos para decirme si me amaban las muchachas que visitaban mis sueños.

Flores para el bautizo

Para nombrarnos vinieron otras flores. El jacinto, el narciso, el laureano, el malvino. También la azucena, la camelia, la hortensia. Bautizo de la vida nueva, nombre que los dioses escribieron en el libro de tu vida y de la mía, distintivo de los unos y de los otros. Las flores que nombran a los hombres y a las mujeres son prodigios vegetales que le robaron su color al arco iris para decir quién eres, quién es el padre de tus días, con qué divisa llegarás al último juicio y cuál será tu lugar en el recuerdo de los que no vinieron todavía.

Y si tienes el privilegio de que una flor te nombre ¿por qué, como ella, no te regalas a la vida y a la muerte? ¿Por qué te obstinas en apurar la copa si el nombre que recibiste en el bautizo es el mismo que se escribirá sobre la lápida de tu última morada?

Flores de la política

Los argentinos quieren ser el ceibo, los bolivianos la cantuta y el patujú. Canadá es el maple, Ecuador y los Estados Unidos de América son la rosa, Guatemala es la monja blanca y Holanda es el tulipán. Pero hay más diferencias, algunas amables, otras no. ¿Que las flores nada tienen que ver con esas diferencias? Acuerdo. Pero puedo pretextarlas para hablar de la política, de la riqueza desigual, de la violencia; puedo hablar de la diferente fortuna de unos y de otros, del pan que no llega a la mesa, de los abismos que separan a los hombres.

Puedo preguntarme si sólo los hombres pecaron en el Edén o si los estados también tienen estigmas. Preguntarme si quienes laceraron la piel y el alma de la humanidad pueden sanar los males de su alma. Así como los adanes y las evas acuden a la pira ardiente de la verdad para expiar sus culpas, así también los estados pueden lavarse para recorrer sin lastres el camino de la historia. Son las flores que ofrece la política.

Flores para sanar

Que la infusión de flores de tilo te sosiega, que la del boldo favorece tu digestión y la amapola te lleva adonde no llega tu inspiración. Que la flor del clavero mitiga tus dolores y la del naranjo quita el mal de amores. Flores que rejuvenecen, que borran las arrugas, que aumentan el colágeno, nutren la piel; flores que curan la queratosis y la psoriasis, borran las cicatrices y hasta curan el cáncer. Y otras mil alquimias practican las comadronas para sanar los males. De estas cosas se habla en los mentideros.

Yo creo que las flores no sanan los males del cuerpo. Creo que sanan los males del alma. ¿Qué mujer no perdona al hombre que le obsequia una flor? ¿Qué varón no se conmueve cuando, pasados los años de miel, descubre entre las páginas de un libro la flor que antaño le regaló a su dama?

Flores al plato

Recuerdo que en sus años jóvenes mi madre solía rellenar flores de zapallo, que con las berenjenas, los zucchinis y los pimientos colmaban la olla del bienvenido dolmá. Y que mi abuela preparaba un exquisito dulce con los pétalos de las rosas aterciopeladas que se cultivaban en nuestro jardín. Esas antiguallas que sorprendían a nuestros vecinos del Bajo Flores armenio, hoy están en las cartas de los exquisitos restaurantes de Buenos Aires, donde las flores se atreven a visitar los platos de los comensales más extravagantes.

Después de deshojar las margaritas, afamados chefs sazonan las comidas con el sabor agridulce de sus pétalos. Y si buscan el picor acuden a los tacos de reina. Claveles, pensamientos, begonias y lavandas prodigan sus pétalos a las ensaladas, mientras las violetas nutren sopas, los crisantemos acompañan a las frutas cítricas, las flores de borraja reemplazan con fineza al vulgar pepino y los tulipanes reivindican el sabor de la democrática papa.

Sutilezas o vanidades, no lo sé; pero es cierto que no encontrando ya con qué agasajar sus frívolos paladares, algunos se aplican a estos desvaríos sin ver que unos pasos más allá otros arrastran sus miserias buscando el pan escaso y el afecto ausente.

Flor y truco

Huelgan las palabras para decir las lindezas de la vida. Pero si tengo que decirlas elijo las que asocian ese prodigio vegetal con el azar, y digo “flor y truco”. No para gastar una chanza que bien vale, sino para que conozcas mi ventura. Yo no he amistado con las barajas, pero sí con el azar. Las cosas del porvenir, esas que todavía no son cosas pero que lo serán mañana sin uno saber qué cosas serán, siempre atizaron mis días. De ahí la baraja con la flor.

“Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano… ¿entonces, qué?”. Quiero traducir esta invención de Coleridge del español al español, ya que antes Borges la tradujo del inglés: flor y truco vale por vida y azar. La flor como anticipo de la vida nueva y el azar para rendirnos perplejos ante lo inesperado. Belleza para nuestros sentidos y perplejidad para desaprender la vida e iniciar un tiempo nuevo, como quiso el inglés. Y Nietzsche, el alemán.


La gula ideológica no tolera la luz

Eduardo Dermardirossian
eduardodermar@gmail.com

Hay recuerdos que nacen con nosotros. O casi. Hay cosas que adquirimos en los primeros años de nuestras vidas, desde que empezamos a discernir lo uno de lo otro. Esas cosas son nuestra segunda naturaleza, enseñanzas que por habernos alcanzado desde el principio, nos acompañarán mientras transitemos la vida. O casi.

Son rasgos culturales fuertes que no querrán abandonarnos y que con frecuencia subyugarán nuestra razón, sentires que nos modelarán tanto como nuestras huellas genéticas. Un caudal arrollador que nos marcará a fuego, nos seguirá hasta el fin como el nombre que nos dieron, como la lengua que nos enseñaron. He aquí una matriz cultural que nos aprisionará y a veces oscurecerá nuestro entendimiento y nos remitirá al medioevo de las ideas.

Dicen los cofrades de Freud que estas marcas son indelebles. Quizá sea un exceso, quizá sean malformaciones ideológicas de los psicófilos y sólo seamos cautivos de nuestros genes. Quizá -otra vez quizá- estas sinrazones sólo sirvan para expurgarnos y para eludir responsabilidades. Pero más allá de todo exceso, sin duda en la niñez fuimos arcilla blanda y adquirimos las formas de nuestros moldes familiares y sociales, formas que sólo podremos cambiar con esfuerzo y, a veces, forzando gratitudes.

No quiero hablar desde lo personal. Quiero ser amplio para que mis palabras lleguen a todos los lectores, cualesquiera sean las ideas que profesan. Su acuerdo o su disenso serán regalos igualmente valiosos para mí, y su indiferencia será el castigo. Voy, pues, a las cosas.

Sobre gulas y dogmas

Lo que es rico no hace mal, decía mi amigo más obeso cuando el plato apetecido estaba a su alcance. Sabía que su sentencia era vieja, pero la picaba y replicaba y comía hasta el hartazgo, hasta soltar el cinto para liberar su vientre. Sólo entonces recuperaba la cordura y juraba que nunca más atentaría contra su salud. Y cumplía ese juramento por el resto de la noche. Así, pues, la gula del comilón da tregua, concede unos intervalos lúcidos que duran tanto como la hinchazón del vientre. Pero la gula ideológica no tolera la luz, no da tregua, te mantiene en la penumbra. La gula ideológica, más conocida como dogmatismo o fundamentalismo según se la refiera a la política o a la religión, tiene su catecismo en esas primeras enseñanzas, en esa segunda naturaleza que quiere acompañarnos hasta el fin.

Conozco gentes así (¿quién no?), golosos de buen comer y dogmáticos de mal pensar; unos, prontos soltadores de cintos, otros, lerdos para entender razones. Unos y otros enemistados con la verdad y angurrientos comedores de sus propias heces.

Y conozco de cerca a quienes, subestimando la historia y desoyendo los ires y venires de la política, no resignan un ápice del bagaje que recibieron de sus padres o del medio social que los cobijó y les dio abrigo y pertenencia. Ellos voltean y voltean en círculos alrededor de una porfía, baten el parche de los viejos tambores y desempolvan los íconos que adoraron sus abuelos y trasabuelos. Devotos de sí mismos, se enamoran de sus ombligos y cultivan en terrenos áridos. Se engañan y, engañándose de esta laya, te mienten con toda sinceridad. No saben que sus ideas y sus anhelos yacen en el basurero de la historia y por eso viven de espaldas a la realidad, ajenos al presente. Estoy hablando de unos y de otros, de blancos y de negros, de rojos y amarillos. Estoy hablando de cómo la segunda naturaleza de los hombres puede derrotar a la razón y negar la verdad.

Sobre necrófilos y nigromantes

Uso la palabra dogma según la primera acepción del mataburros: Proposición que se asienta por firme y cierta y como principio innegable de una ciencia. Y ciencia es el conjunto de conocimientos obtenidos mediante la observación y el razonamiento, es el saber, la erudición. De suerte que ningún saber puede ser dogmático, ninguna ciencia es definitiva. Todo sistema de conocimientos debe resistir la experimentación y la comprobación. Si no las resiste y se proclama autosuficiente, entonces está fuera del territorio del saber, es una devoción, un acto de fe, una porfía. Es un dogma. Y mientras no lo arrojemos lejos opacará nuestra visión, diluirá la razón y nos expondrá a frustraciones.

A diferencia de un argentino ilustre, yo creo que las ideas pueden morirse. No sé si cometo un sacrilegio al hablar así, pero creo que hay un cementerio de las ideas donde descansan en paz los trastos viejos de las ciencias, de la política, de las religiones y de las modas. Y creo que hay un lugar refrigerado donde por algún tiempo se guardan esos vejestorios a la espera de que alguien los reclame, un creyente, un fiel, un devoto u otra clase de deudo.

Revisar las certezas que siempre nos acompañaron puede saber amargo, puede despertar sentimientos de desencanto. Derribar castillos trabajosamente construidos a lo largo del tiempo y al calor de la lucha puede parecer una ingratitud. ¿Pero qué otra cosa puede hacerse cuando la realidad nos manda levantar la picota y allanar el suelo? ¿Quién viste al neonato con las ropas de su abuelo? Hay que poner las ideas en la fragua de la verdad, someterlas a prueba y abandonarlas si no resisten el exorcismo. No hay impiedad en esto, no hay ingratitud.

Lo demás, lo que cae de la mesa de los comensales, es el excremento de la historia que sólo puede agasajar a los necrófilos y a los nigromantes.

Sobre resurrecciones y otras encarnaciones

En la pasada primavera el azar quiso reunirme con dos personajes bien diferentes y bien parecidos. Diferentes por el objeto de su devoción: uno católico a rajatabla, escrupuloso practicante de las mandas vaticanas, sobre todo de las preconciliares; el otro, libremercadista hasta el tuétano, llegó a decir que las enseñanzas smithianas tenían una correspondencia con la verdad cercana a la de la aritmética. Y parecidos por la devoción con que abrazaban sus respectivas convicciones; con uno y otro podías reflexionar sobre variadas cosas, con tolerancia y benevolencia pesaban y sopesaban razones. Pero si los contrariabas, desenvainaban sus espadas.

Yo no creo que ellos sean representativos de sus partidos, pero es cierto que en lo personal cada uno había incorporado a su haber unas certezas que no quería exponer al análisis. Ambos habían sido arcilla blanda, uno del catolicismo duro y el otro del liberalismo a ultranza, y su capacidad de percepción de la realidad estaba aniquilada, su libertad de pensar estaba abolida. El presente de ambos atrasaba. Segunda naturaleza que a dos seres sustancialmente iguales los hacía radicalmente diferentes.


Y aun cuando pude amistar y querer bien al católico y al liberal, un límite había entre nosotros. Ese límite era más estrecho para mí. Ellos compartían la certeza de estar ciertos y a mí me amonestaban a dos voces por ser pragmático (sic). Era preferible el dogma a la realidad, la certeza a la búsqueda. Pero algo quedó más allá del afecto: me enseñaron a no aprender de ellos.

Ya comprendes, lector, que no descalifico a uno ni a otro. No podría hacerlo. Que ambos sean bienvenidos al banquete de las ideas. Mi propósito es señalar el desatino de quienes se sienten saciados dentro de sus pequeños mundos sin siquiera sospechar que más allá hay quienes piensan, sienten y anhelan otras cosas.

Creo que cada instante se agota en sí mismo, que el agua del río siempre es otra, que, como lo enseñó Heráclito, el sol es nuevo cada día. Creo que no hay redentores mundanos ni ultramundanos, tampoco encarnación ni resurrección de lo viejo. Por eso conviene sacudirse el polvo de los hombros, arrojar las excrecencias de la historia y mirar con ojos nuevos cada cosa, inaugurar la vida cada día, derribar murallas y ensanchar la mesa.